La felicidad del verano
He pasado muchos años de mi vida diciendo que odiaba el verano cuando la única verdad, por mucho que me cueste reconocerlo, era que no me gustab an mis veranos. Con el tiempo he aprendido a volver a disfrutar del verano como cuando era un crío, o al menos lo intento. Y es que, si uno obvia o procura mantenerse lejos de las playas abarrotadas, de los chiringuitos donde los hombres se sientan a comer sin camiseta y de la cola interminable de coches los fines de semana, el verano no está tan mal. Desde muy jovencito, cuando estudiaba procuraba trabajar en julio y en agosto, por una necesidad de sentirme útil o por un miedo incomprensible a instalarme en la pereza. Y luego, cuando ya no estudiaba y solo trabajaba, durante muchos veranos los días eran tan largos y había que echar tantas horas en el negocio que lo único que deseaba era que el verano terminase cuanto antes y esperar, sin éxito, que el siguiente fues e menos complicado. Fueron muchos veranos así, diez por lo menos. Y no pued...