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Mostrando entradas de julio, 2011

La felicidad del verano

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He pasado muchos años de mi vida diciendo que odiaba el verano cuando la única verdad, por mucho que me cueste reconocerlo, era que no me gustaban mis veranos. Con el tiempo he aprendido a volver a disfrutar del verano como cuando era un crío, o al menos lo intento. Y es que, si uno obvia o procura mantenerse lejos de las playas abarrotadas, de los chiringuitos donde los hombres se sientan a comer sin camiseta y de la cola interminable de coches los fines de semana, el verano no está tan mal. Desde muy jovencito, cuando estudiaba procuraba trabajar en julio y en agosto, por una necesidad de sentirme útil o por un miedo incomprensible a instalarme en la pereza. Y luego, cuando ya no estudiaba y solo trabajaba, durante muchos veranos los días eran tan largos y había que echar tantas horas en el negocio que lo único que deseaba era que el verano terminase cuanto antes y esperar, sin éxito, que el siguiente fuese menos complicado. Fueron muchos veranos así, diez por lo menos. Y no puedes …

New York, New York

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Tengo dos buenos amigos que me dan envidia estos días. La próxima semana, creo, mi querido Óscar Oliveira se marcha a Nueva York, y mi no menos apreciado Gregorio León hará lo propio, si no pasa nada, a finales de agosto. Para los dos es su primera visita a la Gran Manzana, y ayer les mandaba un correo para darles algunas recomendaciones.Después de haberlo hecho no he podido evitar acordarme de ese chiste del listillo que se cree un experto en Nueva York y le preguntan, “¿Pero tú cuántas veces viajas a al año a Nueva York”, y responde, avergonzado, “Una o ninguna...”. No es mi caso, desde luego, porque ni soy un experto en esa ciudad y en diciembre hará cinco años que estuve allí por última vez. Pero es verdad que Nueva York tiene algo especial, a pesar de que es cierto que a muchos viajeros los decepciona un poco, y de que puede llegar a ser un lugar sucio y agobiante. Lo curioso, y lo contradictorio, es que a un servidor, que abomina de las aglomeraciones y de las grandes ciudades, …

Terror escandinavo

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Dan miedo los fulanos con barba que amenazan en árabe con la guerra santa, pero a lo mejor de tanto verlos ya nos hemos acostumbrado a convivir con el terror o la incertidumbre de que en cualquier momento todo puede volar por los aires. Pero qué susto saber que los fundamentalistas de la media luna tienen su réplica en tipos nórdicos tan locos o tan inconscientes o tan peligrosos como ellos. Tal vez más. Noruega es uno de mis destinos pendientes. Este verano nos hemos planteado viajar tan al norte, y aún no lo habíamos descartado. Ni lo hemos descartado todavía. Uno quiere pensar, está claro que ingenua o benévolamente, que en los países escandinavos la vida es tan idílica que solo reina el silencio en los bosques y la paz en los fiordos, que la sociedad es tan civilizada y la gente tan educada que no queda más que sentir envidia, y aun cierto complejo, por vivir tan lejos de la verdadera civilización; que incluso el clima, tan duro, también debe de tener su encanto si te gusta el reco…

Facebook

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Lo reconozco. Las redes sociales son unas de las varias contradicciones con las que tengo que bregar en mi vida. Otras son públicas, y algunos las conocéis, como que escribo mis novelas a mano ―y a ser posible con pluma―, pero tengo un blog que me gusta mantener activo. Y las contradicciones privadas, pues eso, son privadas... Desde hace un par de años tengo perfil en Facebook, y además hay una página, donde supongo que me instalaré definitivamente antes o después porque ando ya muy cerca de los 5.000 contactos (y porque aquí nadie puede mandarte aplicaciones o incluirte en grupos), y un grupo con mi nombre. Y aunque reconozco que la red social creada por Mark Zuckerberg ―o, no del todo, si hacemos caso a la espléndida película La red social (impresionante el final, por cierto)― es muy útil para mantener un hilo abierto con los lectores y con los viejos amigos, a veces resulta muy complicado relacionarte con todos. Pero no importa: siempre he dicho que para un escritor es un deber ate…

El asedio

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Vaya por delante que esto no es una reseña. Los que os asomais por aquí sabéis que no me gusta cuando los escritores se meten a críticos. Y estoy convencido de que el autor de la novela de la que voy a hablar muy difícilmente se asomará por aquí para leer lo que digo sobre su obra. Tan solo quiero transmitir, a quien le interese, como lo he hecho tantas veces en la radio, mi entusiasmo por un libro espléndido que terminé de leer hace un par de noches y, como ya le he dado tanto la lata a cuantos amigos me he encontrado mientras estaba felizmente perdido en sus páginas, me he dicho que por qué no dejar constancia también en mi bitácora. Descubrí a Reverte como escritor el verano de 1993, muy poco después de que publicara El club Dumas, y al leer aquella novela tuve la sensación, tan gratificante, de haber encontrado algo diferente: la atmósfera, los libros viejos, el personaje de Lucas Corso. Lo he seguido desde entonces, y -como me pasa a mí y a todo el mundo, supongo- algunos de sus …

Treinta y tantos veranos

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En un viejo álbum tengo una foto que me gusta mucho: es de hace treinta y cuatro o treinta y cinco veranos, en la terraza de un hotel de playa. Como no tengo escáner ―y, también, porque cuando se trata de cosas demasiado personales pienso que es lo mejor― no puedo, o no debo, colgarla en el blog. Es una foto que me hizo mi madre, no sé si por la tarde o a última hora de la mañana, leyendo un tebeo de El guerrero del antifaz, mi héroe favorito cuando era niño. En la foto se distingue la portada del tebeo y, tantos años después, soy capaz de recordar que es el número 138, y que el héroe enmascarado estaba en una aventura en el norte de África junto a los hermanos Kir, a saber: Osmín, Soleimán y Shantal. Shantal Kir, también me acuerdo, llevaba mucho tiempo con la mosca detrás de la oreja porque la princesa Aixa, de quien estaba enamorado, andaba loca, como todas ―la mora Zoraida, la condesita Ana María, y cualquiera que se le pusiera por delante― por el atormentado Adolfo de Moncada, qu…

El nombre de la Rosa en versión light

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Leo ayer en el periódico, y no puedo evitar sentirme algo contrariado, que el próximo otoño estará en las librerías una nueva versión de El nombre de la rosa aligerada para que las nuevas generaciones de lectores la encuentren más accesible. Yo tenía dieciséis años cuando leí El nombre de la rosa. La tarde que me dieron las vacaciones de Navidad me senté en un sillón y me acabé las últimas doscientas páginas de un tirón. Nunca antes me había zampado tantas páginas de una tacada. El nombre de la rosa jamás me pareció un libro pesado, sino todo lo contrario. Muchos años después aún no he olvidado cuánto disfruté al leerlo. ¿Quizá me gustó tanto el libro porque cuando era un adolescente no tenía ordenador y no existía Internet? No lo creo, la verdad. Eso que se van a perder los lectores adolescentes del siglo XXI. Al menos espero que la versión íntegra de El nombre de la rosa, la de toda la vida, no desaparezca de las librerías. Si yo ahora tuviera dieciséis años, sería la que buscaría. S…

Juego metaliterario

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Acabo de ver en el muro de Facebook de mi amigo Gregorio León que recomienda El violinista de Mauthausen en la televisión. Ya lo he contado por aquí, y él lo sabe antes que nadie, como no podía ser de otra manera: Gregorio León me prestó su nombre y algunas cosas más para uno de los personajes principales de la novela en la que he estado trabajando durante los últimos catorce meses. Ambientada en enero de 1950, por mi nueva novela circulan algunos personajes de otros libros que he escrito, como el oscuro agente norteamericano Robert Bishop, al que recordarán los lectores de El violinista de Mauthausen. Alguna vez me ha dicho Gregorio que el de Robert Bishop es el personaje que más le gusta de El violinista de Mauthausen, y al verlo sostener el libro no quiero evitar una sonrisa: no podía imaginar Gregorio entonces que en mi próxima novela Robert Bishop y él iban a compartir unos cuantos capítulos... La vida real y la ficción se mezclan, y a veces hasta al autor le cuesta diferenciar d…

Sabina y Millás

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En los últimos años le he perdido un poco la pista y ya no busco sus discos con el entusiasmo de antes, pero yo siempre he sido muy de Joaquín Sabina. Era un niño cuando lo veía en el programa de Fernando García Tola, Si yo fuera presidente, en La 2, que antes se llamaba la segunda cadena. Creo que lo ponían los martes por la noche. Y apenas me había transformado en un adolescente cuando empecé a disfrutar de sus canciones. Era la época en la que el cantante empezaba a ser conocido, pero aún no era tan famoso como lo sería años después. En esos tiempos, cada vez que me compraba un disco suyo, lo primero que hacía era leer las letras antes de escuchar las canciones. Me las sabía ―me las sé― de memoria. Cualquiera que me conozca de largo podrá atestiguar cuánto me gustaba Joaquín Sabina, cuánto me han emocionado ―me emocionan― muchas de sus canciones. Qué curioso que puedas identificarte tanto con alguien tan diferente a ti.
Hace unos cuantos años, por casualidad terminé una noche sentad…

Ateneo, con retraso

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Quienes me conocen saben que tengo una tendencia inevitable al aislamiento, que odio el calor, que las fiestas en general y los saraos literarios en particular no me entusiasman, y que nunca acabo de sentirme cómodo dentro una chaqueta. Pero qué se le va a hacer: en la cena del Ateneo de Sevilla me salto invariablamente estos principios (sí, ciertos principios está bien saltárselos alguna vez), y a pesar del calor insoportable del miércoles pasado me puse un traje para ir a cenar a los Reales Alcázares de Sevilla (la ocasión y el sitio lo merecen, desde luego). Da gusto encontrarte con viejos amigos. Mi querido Óscar Oliveira, el jefe de prensa de Algaida, me dio la gran alegría al anunciarme que Xurxo Fernández y Pemón Bouzas venían desde Santiago. Aquí están de izquierda a derecha, Óscar Oliveira, Eva Millán, Gregorio León (la cámara era suya y por eso no he podido poner las fotos hasta ahora...), Xurxo y Pemón, refrescándose un poco antes de la cena. Al sentarme a cenar mientras espe…