El nombre de la Rosa en versión light

Leo ayer en el periódico, y no puedo evitar sentirme algo contrariado, que el próximo otoño estará en las librerías una nueva versión de El nombre de la rosa aligerada para que las nuevas generaciones de lectores la encuentren más accesible. Yo tenía dieciséis años cuando leí El nombre de la rosa. La tarde que me dieron las vacaciones de Navidad me senté en un sillón y me acabé las últimas doscientas páginas de un tirón. Nunca antes me había zampado tantas páginas de una tacada. El nombre de la rosa jamás me pareció un libro pesado, sino todo lo contrario. Muchos años después aún no he olvidado cuánto disfruté al leerlo.

¿Quizá me gustó tanto el libro porque cuando era un adolescente no tenía ordenador y no existía Internet? No lo creo, la verdad. Eso que se van a perder los lectores adolescentes del siglo XXI. Al menos espero que la versión íntegra de El nombre de la rosa, la de toda la vida, no desaparezca de las librerías. Si yo ahora tuviera dieciséis años, sería la que buscaría. Sin duda.

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2011

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© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2011

Comentarios

  1. El hecho de "aligerar" libros es un síntoma muy claro del momento que vivimos, unos tiempos mediocres donde el nivel educativo se ha bajado hasta límites que rozan el semianalfabetismo y donde estudiantes universitarios tienen una pobre compresión lectora, comenten errores sintácticos elementales y poseen una cultura general paupérrima. Estamos inmersos en la creación de una sociedad basurilla, en el mejor de los casos hiper especializada, capaz de tragarse cualquier bazofia televisiva, una sociedad donde según el último sondeo el 49% de la población jamás lee. Y si lo hace se tira a los bestsellers de vampiros, templarios o sectas vaticanas, libros en su mayoría carentes de una mínima escrupulosidad literaria. Se ha rebajado tanto el nivel de exigencia del lector que ahora cualquiera cree que Paulo Coelo es algo así como García Márquez. Si ya me lo dijo una vez mi primer editor: dentro de 20 años los que hemos leído a Quevedo seremos unos seres extraños. Yo hace tiempo que he asumido esa condición. Cada uno sabrá qué hacer con su tiempo y su vida. Se puede vivir sin haber leído El Quijote, por supuesto. Se puede vivir y ser feliz siendo un ignorante. Pero luego no debemos sorprendernos de que la sociedad esté alienada y sea susceptible de ser engañada y manipulada.

    Feliz verano, Andrés.

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  2. Lo de "aligerar" cualquier libro me parece una aberración. Además, como dices, Andrés, "El nombre de la rosa" no es precisamente un libro difícil de leer, al contrario. Por otra parte, no es que haya que leer siempre a Proust o a Quevedo, de hecho leo bastantes best sellers que cuentan buenas historias, pero los libros deben leerse como son, sin retoques que faciliten la comprensión lectora al nivel de primaria. La educación, como dice Diego, ha rebajado los niveles hasta llegar al semialfabetismo. Y seguirá siendo así mientras esta se rija por la filosofía LOGSE-LODE-LOE. Y es una pena, pero cada vez habrá menos lectores. Saludos.

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  3. Es un libro precioso y que también me lei de tirón.

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  4. Bueno es un buen libro aunque me parecio un poco pesado pero interesante.Que tengas buen verano Andrés

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  5. Al menos me queda el placer de haber disfrutado este libro tal cual se publicó cuando tenía dieciséis años. Eso que llevan perdido los adolescentes de ahora.
    Gracias por vuestros comentarios.
    Abrazos,

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