La felicidad del verano

He pasado muchos años de mi vida diciendo que odiaba el verano cuando la única verdad, por mucho que me cueste reconocerlo, era que no me gustaban mis veranos. Con el tiempo he aprendido a volver a disfrutar del verano como cuando era un crío, o al menos lo intento. Y es que, si uno obvia o procura mantenerse lejos de las playas abarrotadas, de los chiringuitos donde los hombres se sientan a comer sin camiseta y de la cola interminable de coches los fines de semana, el verano no está tan mal.

Desde muy jovencito, cuando estudiaba procuraba trabajar en julio y en agosto, por una necesidad de sentirme útil o por un miedo incomprensible a instalarme en la pereza. Y luego, cuando ya no estudiaba y solo trabajaba, durante muchos veranos los días eran tan largos y había que echar tantas horas en el negocio que lo único que deseaba era que el verano terminase cuanto antes y esperar, sin éxito, que el siguiente fuese menos complicado. Fueron muchos veranos así, diez por lo menos. Y no puedes hacerte el remolón ni quitarte de en medio cuando trabajas en tu propia empresa.

Pero fue también un verano, hace justo dieciséis años, cuando me dije que, si quería buscarme la vida haciendo algo diferente ―y lo que yo quería era escribir― y respetarme a mí mismo a pesar de ser tan loco como para intentarlo, no me quedaba otra que encontrar un par de horas al día, de donde hiciera falta, para ver si era capaz de escribir algo que pudiera gustar o interesar a alguien. Fueron muchos veranos ―y también muchos inviernos y muchos otoños y muchas primaveras― intentándolo, y todavía no he perdido las ganas.

Y hace ya unos cuantos años, cuando mi principal ocupación era la escritura, me di cuenta de que había un montón de cosas que había dejado aparcadas ―porque no tenía tiempo, por resignación quizá― y que no quería perderme. Nunca he sido capaz de despojarme de ese terror a instalarme en la pereza, y durante los últimos veranos no he parado de escribir. Este mismo año, aunque hace apenas un mes que he terminado una nueva novela ya me desvelo algunas noches porque estoy dándole vueltas a varias historias que esperan su turno para ser escritas.

Pero, decía, con el tiempo también he conseguido disfrutar de estos meses tan calurosos. Intentar recobrar esa felicidad de cuando era un niño. Un verano aprendí a bucear, y descubrí lo que ya intuía: que, a veinte metros de profundidad, el mundo es muy acogedor, silencioso, incluso más bonito de como parece en los documentales a la hora de la siesta. Otro verano aprendí a navegar en catamarán, y también me di cuenta de que, lejos de la orilla, de las neveras, las sombrillas y los botes de bronceador, el mundo tamién se ve diferente, mucho mejor. Hace unos cuantos veranos recuperé el placer infantil de montar en bicicleta, y basta un rato pedaleando para llegar hasta un sitio donde el único sonido sea el de la brisa en las hojas de los árboles o los patos en el río. Hace dos veranos descubrí, y disfruté mucho, las series Perdidos y Héroes. El verano pasado me atrapó sin remedio Mad men, y ayer por la tarde vi el tercer capítulo de Juego de tronos, que había estado grabando pacientemente desde mayo en Canal +.

Y, en realidad, quizá sea todo mucho más sencillo: basta un tinto con casera y una buena compañía; alguna escapada, aunque sea breve, a ciertas playas que prefiero callarme; hacer una visita a un buen amigo para echar unas risas; quedarte adormilado mientras ves el telediario después de comer, con el ventilador encendido o el aire acondicionado si hace mucho calor; disfrutar de esos libros o esas películas que tenías guardados para cuando tuvieras tiempo; darte cuenta de que, por raro o por increíble que te parezca, ya no es como antes, ahora no tienes ninguna gana de que se acabe el verano.

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© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2011

Comentarios

  1. Eso es lo que se llama un verano tranquilo.Es lo que hice yo sobre todo leer porque es cuando más tiempo tengo,aunque ya estoy en casa suelo leer algo menos,y a sido el más tranquilo en muchos años al cambiar la playa por la sierra.Saludos y que disfrutes del verano

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  2. jjajjajaja, ¡¡pero bueno, Andrés!! ¿Y esos fríos que tanto te gustan? Si los fríos han protagonizado más de una de tus "separatas".

    Pero tienes razón: al verando, como a todo en definitiva, hay que cogerle su puntito, ¿verdad?

    Abrazos.

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  3. Muy hermoso lo que has escrito y compartido en tu blog,Andrés.Que disfrutes mucho del verano.¡Felicidades!
    Un saludo y muchos éxitos para tí!.

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  4. Pues sí, el verano tiene algunas cosas buenas. Pero, ojo, Juanma, que sigo renegando de los atascos, las playas abarrotados, los chiringuitos con olor a fritanga y los transistores en la orilla...

    Abrazos para todos,

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