New York, New York

Tengo dos buenos amigos que me dan envidia estos días. La próxima semana, creo, mi querido Óscar Oliveira se marcha a Nueva York, y mi no menos apreciado Gregorio León hará lo propio, si no pasa nada, a finales de agosto. Para los dos es su primera visita a la Gran Manzana, y ayer les mandaba un correo para darles algunas recomendaciones. Después de haberlo hecho no he podido evitar acordarme de ese chiste del listillo que se cree un experto en Nueva York y le preguntan, “¿Pero tú cuántas veces viajas a al año a Nueva York”, y responde, avergonzado, “Una o ninguna...”. No es mi caso, desde luego, porque ni soy un experto en esa ciudad y en diciembre hará cinco años que estuve allí por última vez. Pero es verdad que Nueva York tiene algo especial, a pesar de que es cierto que a muchos viajeros los decepciona un poco, y de que puede llegar a ser un lugar sucio y agobiante. Lo curioso, y lo contradictorio, es que a un servidor, que abomina de las aglomeraciones y de las grandes ciudades, le fascina la ciudad de los rascacielos.

He estado cinco veces en Nueva York, a saber: en 1986, 1987, 1992, 1997 y 2006. La primera vez que estuve, a mis dieciséis primaveras, lo primero que recuerdo es que vi a un tipo en un Mercedes descapotable conducir por la Quinta Avenida, con una mano en el volante y un teléfono móvil enorme ―prehistórico ahora, pero impresionante hace veinticinco años, cuando un celular era un símbolo de poder incuestionable, igualito al que al año siguiente utilizaría Gordon Gekko, el inversor sin escrúpulos que interpretaría Michael Douglas en la espléndida Wall Street― en la otra. Una noche me crucé por la calle con uno de los actores de la serie Fama, y uno de los chavales que iba conmigo ―éramos todos estudiantes― me aseguró que había visto al mismísimo Paul Newman en el Hard Rock Café. Nunca he terminado de creérmelo, pero a lo mejor me dijo la verdad. Visitamos el edificio de la ONU y el Empire State, de noche, lo recuerdo como si fuera ayer, y de madrugada nos escapamos unos cuantos del hotel y nos fuimos andando hasta la calle 42, pero había muchos tipos con pinta poco recomendable y la aventura no duró s que un rato.

Volví en 1987 y en 1992, con un frío invernal aunque estábamos primeros del otoño. Cinco años después regresé a Nueva York con mi amigo Patricio ―que me consta que se asoma de vez en cuando por aquí―, y durante una semana de finales de abril nos pateamos la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Fue durante ese viaje cuando conocí las cadenas de librerías Barnes & Noble y Borders ―esta última, según tengo entendido, anda muy mal con la crisis puñetera―. Muy cerca del apartamento donde nos alojábamos Patricio y yo, en Tribeca, había una sucursal inmensa de Borders donde una mañana fui a desayunar maldiciendo en arameo porque con el aguanieve y el vendaval de finales de abril era imposible colocar el paraguas de una manera que sirviera para algo. Esa librería no estaba lejos de las Torres Gemelas, y creo que quedó sepultada bajo los escombros el 11 S. De aquel viaje recuerdo que Patricio y yo nos recorrimos medio Manhattan buscando los muñecos de Toy story para mi sobrino, y que, después de mucho preguntar, terminamos encontrándolos en un Toys are us (lo siento, pero no sé cómo se pone la R al revés). Creo que Patricio tiene un vídeo de entonces, hace catorce años. Aún no lo he podido ver. De vez en cuando le pregunto a mi amigo por la cinta, pero se encoge de hombros. No importa. Soy un hombre paciente.

Pero puede que los mejores recuerdos ―y las mejores fotos― que guardo de la ciudad, sean los de mi último viaje, en diciembre de 2006, cuando estaba dándole las últimas puntadas a El factor Einstein y Maribel y yo nos fuimos una semana para descubrir la casa donde el padre de la Teoría de la Relatividad había firmado una carta para animar al presidente Roosevelt a construir la primera bomba atómica de la Historia. Ya no estaban las Torres Gemelas, pero me agradó mucho ver la ciudad preparada para la Navidad: las luces, las tiendas abiertas hasta muy tarde, los tipos disfrazados de Papá Noel sacudiendo la campanilla. Me gustó encontrar la misma tienda del Soho, Evolution, ahora mucho más próspera y amplia, donde había comprado nueve años antes un pisapapeles con un escorpión que aún conservo para sujetar los mazos de folios en mi escritorio; y volver a entrar en una de mis librerías favoritas, el Barnes & Noble de Astor Place, donde recordaba haber visto a más de uno dormido junto a una ventana con un libro en la mano; y sentarme detrás de la cristalera del Starbucks, al otro lado de la acera, para tomar un capuchino mientras Maribel iba de compras. Visitamos la isla de Ellis, adonde llega mi querida Frida Klein en El factor Einstein en 1939 después de un largo viaje en barco; fuimos a ver un musical a Broadway y fotografiamos muchas de las casas del Village hasta encontrar la que podría haber sido del químico polaco Stanislaw Zukrowski (quienes hayan leído El factor Einstein sabrán de quién hablo). Cruzamos el puente de Brooklyn y en la otra orilla entramos en The River Café, y luego pasamos una mañana entera buscando los sitios por donde pasearía el bueno del profesor Alfonso Altamira, uno de los personajes principales de aquella novela que yo andaba terminando. Por fin, una mañana, muy temprano, nos subimos a un tren y localizamos, por casualidad la casa donde Albert Einstein había pasado el verano de 1939 y conocí a mi amigo Bob Rothman, que me contó muchas cosas interesantes sobre uno de los mayores genios de todos los tiempos. Fue un rato impagable. Irrepetible, creo. Pero esa ya es otra historia, y, en realidad, yo solo quería decir que Óscar Oliveira y Gregorio León me dan mucha envidia estos días porque se van a Nueva York.

Que lo paséis bien, amigos.

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© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2011

Comentarios

  1. Bueno, tanto el vídeo como el poema están en camino, ya sabes que soy lentito. Algún día tendrás la sorpresa, como la del limpiaparabrisas, jaja.
    Hay muchas anécdotas que contar de nuestro viaje a NY, como la visita a B&N que has comentado, y la caminata por toda la Quinta Av, o cuando practicamos karate en medio de Owls Head Park, y la gente nos miraba como si estuviéramos zumbados,
    Un abrazo fresquito

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  2. Que memoria la tuya .Siémpre gusta recordar donde hemos estado (y si nos gustó mucho más )es estupendo ver donde vivian los personajes sobre todo Alfonso Altamira que me gustó mucho. Saludos Andrés

    l

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  3. Patricio, espero el poema el vídeo. Como he dicho, soy un hombre paciente... Hay muchas anécdotas de aquel viaje, sí. ¿Te acuerdas del chófer del autobús del John Kennedy, yo preguntándole donde nos teníamos que bajar, y el tío no dejaba de mirar al frente sin contestarme, a pesar de que estábamos los tres solos? ¿Y aquella cena en el restaurante de Robert de Niro?

    Rosa Mary, me alegro de que hayas podido ubicar algunos de los escenarios de El factor Einstein. Fue una gran experiencia ir a Nueva York para localizar esos lugares.

    Abrazos para los dos,

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