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Mostrando entradas de agosto, 2011

I´m back

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Uno viaja como vive, sin saber muy bien lo que se va a encontrar. Sin querer enterarse quizá. Igual que lee un libro del que no desea saber mucho más que el título o apenas un comentario escueto sobre la trama. Pero siempre encuentras algo, sobre todo cuando no estás buscando nada. Vuelvo de unos días fuera y es como si viniera de otro mundo. Ni Internet ni la globalización han empañado el entusiasmo de viajar a un país extranjero y en unas pocas horas encontrarte en un lugar tan diferente al que vives cada día. Es la misma ilusión de la primera vez fuera de España, hace ya tantos años. La misma extrañeza al volver a casa porque ya nunca podrás ser el mismo. Sonríes al leer lo que escribiste antes de irte sobre la melancolía, pero también sabes que volverá a pasarte antes del próximo viaje. Como dice Paul Newman al final de El color del dinero, I´m back. Las vacaciones se han acabado. Mañana mismo empiezo a esbozar una nueva novela. Sin prisas (tengo una recién terminada en el cajón),…

Una extraña melancolía

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Sobreviene a veces, pero siempre de golpe, inesperadamente, antes de empezar un viaje. Estás haciendo las maletas, empaquetando tus cosas con cuidado para que quepan sobre todo los libros, por si hay retraso en un vuelo o un cataclismo te obliga a pasar fuera mucho más tiempo del que tenías previsto. Y ni siquiera la perspectiva de estar mañana en un país extranjero donde hablarás un idioma que no es el tuyo te logra apartar de una súbita y extraña melancolía que te afecta unas horas antes, como la tristeza de un domingo por la tarde, aunque sepas bien que desaparecerá dentro de un rato. Y mañana, cuando estés camino del aeropuerto, este raro quebranto no será más que un recuerdo misterioso, indescifrable, y la excitación de viajar comenzará enseguida, mucho antes de llegar a tu destino. Tal vez sea verdad eso que leí una vez, hace muchos años, sobre unos indios de Norteamérica que al viajar se sentaban de cuando en cuando para esperar a su alma, que se desplazaba más despacio. A lo m…

Harto

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Hace demasiado calor, está nublado, el cielo barrunta tormenta y uno empieza estar un poco cansado del verano. Al final siempre me pasa, aunque no quiera: el verano se me hace demasiado largo. Pero este final de verano uno también está harto de leer las noticias, y el escepticismo se hace más grande al ver lo que está pasando en Madrid. Me gustaría pensar que hemos avanzado un poco, que al final, si nos empeñamos, algún día este país será un lugar civilizado, incluso educado, pero qué va. La iglesia nunca ha gozado de mis simpatías, pero no por ello me molesta que venga el Papa, y que, quien quiera, vaya a verlo y a pasar calor mientras los riegan con una manguera, como a Carmen Maura en La ley del deseo ―total, el éxtasis también tiene mucho que ver con aquella noche madrileña de Almodóvar y la religión―. Casi siempre me entero de estas cosas en las redes sociales, o mirando de cuando en cuando el televisor sin volumen mientras estoy buscando un billete de avión y un hotel para larga…

Un clavo saca otro clavo

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Qué raro que el tiempo pase tan rápido y el presente te haga olvidar de pronto el esfuerzo, los problemas o los sacrificios hasta haber alcanzado tu meta. Entre mis escasas virtudes se encuentra una memoria excelente, que a veces se me antoja un estorbo porque hay muchas cosas que uno debería no recordar, o si no, procurar olvidarlas, como hacía Sherlock Holmes con los conocimientos inservibles para su profesión (le traía sin cuidado, contaba perplejo su compañero Watson, que la tierra girase alrededor del sol), porque el olvido, parece, es un recurso espléndido para avanzar saludablemente. Yo no puedo evitar acordarme de caras y de nombres, de fechas remotas, del día de la semana o del mes en el que ocurrió algo, banal o importante, da lo mismo, cuando era un adolescente, y apenas pierdo unos segundos en buscar un párrafo que leí en un libro hace veinte o treinta años. Sin embargo, me afecta una tendencia estúpida a olvidarme enseguida del esfuerzo que me ha costado algo una vez que …

¿Paraíso?

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Hablo por teléfono con mi madre y me cuenta que la playa está llena de sombrillas. Me asomo por la ventana y apenas puedo ver un hueco libre en la arena, me dice. Sé que no exagera. Es quince de agosto, tampoco es para extrañarse. Quizá, como siempre, el raro sea yo, que prefiere estar tecleando este post sin escuchar más que algún sonido familiar en la calle a pesar de tener todas las ventanas abiertas: la conversación indescifrable de algún vecino, el tráfico escaso un poco más allá, en la carretera, los pájaros que buscan la sombra a esta hora. Cada uno ha de encontrar su propio paraíso, supongo. Buscando un palmo de arena donde clavar la sombrilla frente al mar a mediados de agosto, o tal vez en las ciudades que en días como hoy se me antojan tan acogedoras como si hubiera sucedido un cataclismo nuclear o una epidemia hubiera barrido a sus habitantes. Aparcar en el centro sin tener que dar vueltas -incluso los gorrillas se han ido de vacaciones-, caminar protegido por la sombra de…

Los perros de Viator

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Escucho esta mañana en la radio que el ayuntamiento de Viator, en Almería, ha aprobado una ordenanza para multar a los vecinos que saquen a las terrazas o a los patios a los perros y a otros animales domésticos entre las tres y las cinco de la tarde y entre las diez de la noche y las ocho de la mañana. Lo escribo de memoria, pero creo que más o menos es así. Puede que la medida resulte polémica, pero no sería mala idea que todos los alcaldes de España se fueran aplicando el cuento. Tener perro es algo estupendo (yo mismo he tenido perro muchos años), pero que los vecinos tengan que soportar los ladridos, quieran o no, ya no resulta tan agradable. A determinadas horas, cualquier urbanización o bloque de pisos que se precie acaba convirtiéndose en una tertulia canina. Y algunas veces es insoportable. Tal vez sus dueños no quieren darse cuenta. Es lo que pasa en España con el maldito ruido, que nos parece tan nuestro como las sevillanas, el paro o las peregrinaciones a la ermita del Rocí…

¿Placeres culpables?

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Debo de ser un tipo fácil, la verdad. Cuando me gusta un libro, una película o una serie de televisión, no me pongo a darle vueltas para buscar las razones por las que los disfruto, y, si no me gustan, tampoco pierdo el tiempo en averiguar los motivos por los que sí deberían gustarme. Escribo esto porque me entero de que hay un término que está de moda, guilty pleasure (en inglés, cuando tiene su equivalente, con el mismo número de palabras, en castellano), o sea, placer culpable. El placer culpable, por lo visto, es cuando te gusta algo inconfesable o que, al menos, no te hace sentir muy bien por disfrutarlo. Me he enterado de la existencia de este término curioseando sobre la sangrienta, lujuriosa, y sobre todo la mar de entretenida serie Spartacus. Por lo visto, a mucha gente le cuesta confesar que gusta esta serie. En este blog he hablado más de una vez de muchas de las series que he disfrutado. Hace pocos días recordaba El ala oeste de la Casa Blanca; y en su día hablé de la esplé…

Las nubes del verano

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El verano es muy inestable. Pero la memoria meteorológica, dicen los que entienden, con resignación, es tan frágil que nunca nos acordamos. Nunca he sido tan consciente de lo traicionero que es el verano como desde que salgo a montar en bici por el campo. Rara es la tarde que no sopla un viento incómodo, seguro que por las mareas y la relativa cercanía del mar, y nunca puedes estar seguro de que al final de la tarde no aparecerá la lluvia, por muy al sur que vivas. Antes de salir me asomo a la ventana y escruto el cielo, como un viejo marino antes de embarcarse, y trato de calibrar la fuerza del viento por el modo en que se agitan las ramas de los árboles. Pero también bastan unas cuantas horas de cielo encapotado, de gotas que caen por sorpresa y de aire fresco para que, a poco que se descuide, uno sucumba al falso espejismo de un verano más fresco o menos duro. Porque, al cabo, en verano hace calor y en invierno hace frío. Es lo que toca. Pero ayer daba gusto pasear por el campo. El …

20 N

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El viernes pasado, durante la rueda de prensa de Zapatero, hervían las redes sociales. Y después del anuncio de la elecciones anticipadas para noviembre, también. Daba la sensación de que nada en el mundo existía antes de la oficialización de lo que todos daban por hecho, y de que tampoco existirá después. Una vez más me sentía como un bicho raro porque, sinceramente, estoy tan cansado de los que están y de los que probablemente vendrán, y también de los que protestan sin llegar a enterarme de si de verdad pueden aportar alguna solución práctica antes de que nos vayamos al carajo, que hace mucho que procuro pasar las páginas del periódico en las que aparecen Rubalcaba, Rajoy o los indignados del 15 M. Desde el viernes no he comprado ni un periódico. No me interesa. No dudo que hace falta un cambio, o un revulsivo, pero me cansa el debate. Menos mal que aún tenemos todo el mes de agosto por delante, y a lo mejor nos queda un poco de paz hasta que empiecen los debates, de nuevo, a la vu…