Los perros de Viator

Escucho esta mañana en la radio que el ayuntamiento de Viator, en Almería, ha aprobado una ordenanza para multar a los vecinos que saquen a las terrazas o a los patios a los perros y a otros animales domésticos entre las tres y las cinco de la tarde y entre las diez de la noche y las ocho de la mañana. Lo escribo de memoria, pero creo que más o menos es así.

Puede que la medida resulte polémica, pero no sería mala idea que todos los alcaldes de España se fueran aplicando el cuento. Tener perro es algo estupendo (yo mismo he tenido perro muchos años), pero que los vecinos tengan que soportar los ladridos, quieran o no, ya no resulta tan agradable. A determinadas horas, cualquier urbanización o bloque de pisos que se precie acaba convirtiéndose en una tertulia canina. Y algunas veces es insoportable. Tal vez sus dueños no quieren darse cuenta. Es lo que pasa en España con el maldito ruido, que nos parece tan nuestro como las sevillanas, el paro o las peregrinaciones a la ermita del Rocío, y al que protesta enseguida acaban llamándolo aguafiestas. Pero bueno, de ruido ya he hablado aquí otras veces, y no me apetece repetirme. Es sobre todo, cuestión de educación, y en el mismo saco caben los dueños de los perros a los que no les preocupa que sus ladridos molesten a los vecinos, que la gente que deja el coche atravesado en un aparcamiento ocupando dos plazas porque le da pereza hacer maniobras, como el que tira el envoltorio del helado al suelo en lugar de buscar una papelera.

Y vaya por delante que adoro a los perros. Casi siempre más que a sus dueños. De niño y hasta bien entrado en la adolescencia, siempre he vivido en el campo, y entonces vivir en el campo significaba aislamiento. Que te instalaran un teléfono en un lugar apartado era tan insólito que cuando un día vinieron de Telefónica a ponernos la línea ni nos acordábamos ya de cuántos años habían pasado desde que la solicitamos. Eran otros tiempos, claro.

Muchos de los buenos recuerdos que tengo de entonces tienen que ver con los perros. He tenido muchos. Desde que tengo memoria. Me pasaba horas jugando con ellos cuando venía del colegio. Con ellos y con mis tebeos era feliz. Incluso tuve uno de raza fiera que hacía guardia en la puerta de mi habitación cada noche y acostumbraba a gruñir a mi madre cada vez que cruzaba el pasillo, o, si me acomodaba en el sofá, tenía que poner un pie en el suelo para que el animal se tumbase al lado. Si no lo hacía siempre se quedaba de pie, esperando cualquier movimiento mío para seguirme. Ya digo, yo tenía catorce o quince años y era feliz.

Desde hace por lo menos veinte años no he vuelto a tener perro. Y no por falta de ganas. Rara vez veo uno y me resisto a acariciarlo. Nunca me han dado miedo. Pero la vida cambia, y está muy bien que así sea, y ya no vivo en un sitio como el que vivía entonces, donde los perros podían correr y ladrar todo lo que quisieran sin molestar a nadie. Desde entonces he vivido en pisos, o en casas donde cualquier perro se sentiría enjaulado. Yo no lo soportaría. Prefiero no tener perro. Y tampoco que me gustaría que mis perros molestasen a mis vecinos.

Me temo que la ordenanza del ayuntamiento de Viator no va a servir para mucho, por desgracia. No sé si se podrá cumplir de una forma eficaz y satisfactoria y quien quiera podrá descansar o rascarse el ombligo disfrutando del silencio, y los dueños de los perros mentalizarse de que la retahíla de ladridos tendrán que aguantarlos sólo ellos. Y que esa ley municipal se extienda por todos los sitios de España sería tan utópico que casi mejor no lo pienso. O sí... ¿Por qué no? Al fin y al cabo, siempre he creído en las utopías...

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© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

Comentarios

  1. Andrés esta ordenanza tambien la tendrian que aplicar a la gente, pues en verano se creen que todo el monte es orégano y se pasan hasta las 2 o las 3 de la madrugada de chachara molestando a los que queremos dormir.
    Y a los perritos los dejan en los balcones y terrazas y se van tan contentos de juerga y como siempre sin pensar en los demás, todo es cuestión de educación y por desgracia en nuestro país cada dia hay más poca.

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  2. Efectivamente, Pakiba. Es cuestión de educación y de respeto por los demás. No es que haya que llegar al extremo de Suiza, donde en algunos sitios está prohibido usar la cisterna por la noche, pero un poco de mano dura con los ruidos (ladridos, motos, teléfonos móviles, bares y niñatos con la radio para dejar sordos a los demás) no nos vendría nada mal. Seguiremos creyendo en las utopías...

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  3. Me gustan los perros pero no tengo,en mi bloque vivia una perra grande (no me acuerdo de la raza)era muy buena jamas ladraba no sabíamos cuando estaba en casa y ahora hay dos perritos y ni se les oye.Creo que depende de como se les enseñe.Buenas noche Andrés

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  4. Rosa Mary, yo creo que es más cuestión de los dueños que de los perros...
    Un abrazo,

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  5. Pues por mi casa estoy me paso al otro barrio media docena de perro de calle que ladran y ladran Y LADRAN!!! los perros son bonitos pero no soporto 5 o 6 perros ladrando a la vez y algunos con unos pulmones que un tenor envidiaria pero bueno, no soy capaz de cargarme un perro, cuando intento trabajar en la pc y se ponen intensos salgo a la ventana y les pego un grito y se van. un dia tome piedras y lance algunas sin darle y salieron despavoridos. La culpa es de una perra de la cuadra que es prostituta y pare ds veces al año.

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