Un clavo saca otro clavo

Qué raro que el tiempo pase tan rápido y el presente te haga olvidar de pronto el esfuerzo, los problemas o los sacrificios hasta haber alcanzado tu meta. Entre mis escasas virtudes se encuentra una memoria excelente, que a veces se me antoja un estorbo porque hay muchas cosas que uno debería no recordar, o si no, procurar olvidarlas, como hacía Sherlock Holmes con los conocimientos inservibles para su profesión (le traía sin cuidado, contaba perplejo su compañero Watson, que la tierra girase alrededor del sol), porque el olvido, parece, es un recurso espléndido para avanzar saludablemente. Yo no puedo evitar acordarme de caras y de nombres, de fechas remotas, del día de la semana o del mes en el que ocurrió algo, banal o importante, da lo mismo, cuando era un adolescente, y apenas pierdo unos segundos en buscar un párrafo que leí en un libro hace veinte o treinta años. Sin embargo, me afecta una tendencia estúpida a olvidarme enseguida del esfuerzo que me ha costado algo una vez que lo he conseguido. Cuando me paro a pensarlo no puedo evitar irritarme un poco conmigo mismo por no darle la importancia que debería.

Cuento esto hoy porque hace exactamente un año, un día tan caluroso como este, salí de mi casa por la tarde y dejé la ventana abierta. Nada raro, porque era verano, pero enseguida el cielo se cubrió de nubes negras, y llovió tanto que hasta los bomberos tuvieron que hacer horas extra para ayudar a los vecinos y el agua se llevó calle abajo unos cuantos coches. Los habituales de este blog sabéis (permitidme el tuteo) que al volver aquella noche me encontré tres cuadernos manuscritos de la novela en la que estaba trabajando para tirarlos a la basura. Se habían mojado tanto que las tapas estaban tatuadas en la mesa de mi despacho. Aún queda algún resto que no he querido borrar del todo, para que no se me olvide. Pero todo pasa y todo queda (hoy me levanté poético...), y aquella novela se terminó, con un poco de retraso, o tal vez cuando tenía que haberse terminado y ya está. Y ahora, apenas dos meses después de haberle puesto punto final, me afecta otra vez esa sensación tan rara (mucho de lo que tiene que ver con este oficio es bastante extraño): es como si no la hubiera escrito yo, como si el mazo de folios se debieran al esfuerzo de otra persona y ya no me perteneciera. Un clavo saca otro clavo (la poesía, otra vez), y ni siquiera pienso en ella o en los personajes con los que convivido durante tanto tiempo. Ahora lo que más me interesa es empezar una nueva historia que tengo en la cabeza y ya no me deja dormir, encontrar algunas imágenes en un viaje que tengo previsto empezar esta misma semana para usarlas en la próxima novela. Quién sabe, a lo mejor será esta alguna clase de compensación por no poder olvidar cuanto quisiera: cada vez que escribes la primera frase de una nueva novela, es como si el mundo empezara a girar otra vez, como estrenar una nueva vida llena de misterios en la que nada de lo que has escrito antes importa.

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© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

Comentarios

  1. Siii me acuerdo perfectamente como te quedo todo empapado,pero ya se arreglo .Seguro que tiene más exito ,me gusta eso de dejar un recuerdo en la mesa (para que no te vuelva a pasar)lloverá cierra la ventana .Saludos y ya diras de ese viaje que tienes pensado

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  2. Como "estrenar" un amor... Besitos.

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  3. Gracias a las dos por vuestros comentarios.
    Abrazos,

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