La imaginación desbocada


Llevaba más de una semana sin escribir y lo primero que hago esta mañana en mi despacho después de haber estado muy lejos es encender el ordenador para contar algo. Siempre digo que para qué, si no me hace falta, pero tengo que comprarme uno de esos netbooks muy pequeños que no pesan nada y ocupan en la maleta el mismo espacio que un par de libros. Cuando estoy de viaje echo de menos escribir cualquier cosa, y parece que mi libreta arrugada no es bastante. Además, con el tiempo he descubierto que me gusta mucho contar aquí lo que me va pasando para que pueda leerlo cualquiera que se asome.

A lo mejor algún día no puedo escribir más en el blog, o los lectores se hartarán de mí, o seré yo quien se canse de contar mi vida. Pero al menos, por lo que a mí respecta, ese momento aún no ha llegado. Tampoco me creo a esos que afirman escribir para ellos. No conozco a ningún escritor que sea feliz sin que le publiquen sus libros, sin lectores.

Uno sale de viaje y es como si la imaginación se desatara. No hace falta ir muy lejos, a veces basta un paseo o un rato conduciendo para que las ideas fluyan solas, como si se activase un resorte secreto con el movimiento. Ahora barajo varios proyectos nuevos, sin decidirme todavía por ninguno, pero estoy en un tren o en un avión y enseguida me vienen otras historias a la cabeza, como si antes hubieran estado atascadas o la rutina de mi vida fuera demasiado aburrida para reparar en ellas. Voy en el avión mirando de cuando en cuando el algodón de nubes al otro lado de la ventanilla y enseguida vuelvo al cuaderno para apuntar alguna cosa. Mi memoria puede ser muy buena, pero me gusta anotar lo que se me van ocurriendo.

Cuando levanto la cabeza veo en una pantalla la temperatura que hace en Budapest. Mucho frío, pero me encanta. Se encienden las luces en la cabina porque de repente se ha hecho de noche. Qué oscuridad cuando estamos a punto de aterrizar entre la niebla y apenas son las cuatro de la tarde. Estamos muy al este. Pienso en viajes interestelares, en viajes en el tiempo. Lamento no haber traído un ordenador para escribir aunque sea un rato por las noches. En Budapest los ordenadores no tienen acentos, ni eñes. Y en Praga tampoco. Y es muy engorroso escribir así.

Puedo escribirlo todo en un cuaderno y subir varias entradas al blog cuando vuelva, pero ya no será lo mismo. El blog tiene mucho que ver con la inmediatez, como un diario abierto en el que cuentas tus impresiones con la frescura de lo reciente. En diferido no es lo mismo. Tendrá que ser para el próximo viaje. Sólo diré que he disfrutado mucho pateándome ciudades, visitando museos, bebiendo vino caliente con canela y una pizca de naranja en esos mercados navideños que me gustan tanto y esbozando nuevos proyectos que ni aunque viviera dos siglos podría escribir.

Anoche, al llegar a casa, igual que la semana pasada al aterrizar en Budapest, pensé en los viajes temporales. Uno regresa tras unos días fuera y es como si hubiera estado en un agujero negro donde el tiempo se hubiera concentrado. Vuelve a su rutina y tiene la rara sensación de que todo ha cambiado, incluso pregunta a los suyos por las novedades. Pero nada cambia en una semana. Todo sigue igual. Y en el fondo es bueno que sea así.

Me alegro de volver a estar con vosotros.

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© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2011

Comentarios

  1. Hola eso pasa siempre supongo que los apuntes son para una futura novela .Bienvenido a casa

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  2. Siempre es interesante el proceso de documentación de los escritores, y si es a base de viajes, muchísimo mejor. Ahora estoy leyéndome "El terror" de Dan Simmons y la documentación que hizo el escritor al ser de un tema tan antiguo fue leerse más de 60 libros y consultar por Internet tantos enlaces como libros leídos. Son procesos diferentes, pero cada uno tiene su encanto.

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  3. ¡Felicidades por tu blog,Andrés!.
    Muchos éxitos para tí en tu carrera de escritor.
    Un abrazo.

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  4. Gracias por vuestros comentarios.
    Abrazos para todos,

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