Pasear por Madrid

Siempre persiguiendo el frío cuando llega esta época, deseando ponerme el lobo marino del capitán Ahab que abriga tanto, los guantes, enroscarme una bufanda al cuello y encasquetarme el gorro de lana si se tercia. Qué raras me parecen esas estampas navideñas de los países tropicales: Papá Noel en mangas cortas o la gente celebrando la nochevieja en bermudas. Para aprovechar unos días libres antes de que empiecen las fiestas, pero también para buscar un poco más de frío, paso unos días en Madrid, donde la temperatura no es mucho más baja que en Sevilla aunque con el inconveniente de entrar en la mayoría de las tiendas o en los bares impacientándote por que algún día inventen ―o comercialicen, si alguien la ha inventado ya― alguna clase de ropa que puedas enfríar o calentar según te apetezca: bastan unos minutos en una tienda para que el chaquetón y los guantes y la bufanda sean un estorbo y acabes haciendo posturas imposibles para sujetarlos, con lo que pesan, mientras tratas de echar un vistazo en la mesa de novedades de una librería.

Qué extraño también, qué paradójico: igual que disfruto de esta tranquilidad mientras tecleo la entrada en mi ordenador soy capaz de pasarlo tan bien en el centro de una ciudad como Madrid las vísperas de Navidad. Antes, hace no demasiados años, Madrid no me entusiasmaba, pero ahora disfruto la ciudad cada vez más. Tendrá que ver que buena parte de mi última novela transcurre en Madrid y he paseado por muchas de sus calles sin salir de mi despacho. Y es posible que la próxima novela que escriba, la que me muero por empezar pero todavía no puedo, también me lleve por las mismas calles aunque en otra época.

Mientras tanto, procuro pasear por Madrid de cuando en cuando, dejándome llevar. Sentarme en una taberna a tomar unas bravas o unos pinchos, ver a algunos amigos muy queridos, charlar con mis editores (en 2012 salen cuatro novelas mías en bolsillo además de la nueva: pronto lo contaré por aquí), dejarme un pico en los puestos de libros de la Cuesta de Moyano, entrar en el Prado para ver la impresionante colección de El Hermitage (no os la perdáis si vais por Madrid) o partirme de risa asistiendo a un monólogo. Me gusta Madrid, vaya. Quién se lo iba a decir a un tipo cuya idea de la felicidad se aproxima bastante a vivir en un sitio sin vecinos en un kilómetro a la redonda.

Termino de teclear, miro por la ventana y ya es casi de noche. Hoy es el día más corto del año. No me acordaba. La oscuridad. También me gusta.

Y, por cierto: feliz Navidad a todos (lo del "todos y todas", como siempre, ya sabéis: para los políticos... No es mi caso. Y tampoco tengo complejos...)

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© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2011

Comentarios

  1. Feliz Navidad, Andrés. A mí también me agobiaba Madrid antes. Bastaron 6 años viviendo fuera para darme cuenta de que lo añoraba con todas mis fuerzas. Desde que volví, tengo claro que de aquí no me muevo. Un abrazo.

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  2. ¡¡Feliz Navidad,Andrés!!El año que viene se cumplan todas tus metas y que continues alcanzando muchos logros en tu carrera de escritor.
    Un abrazo desde el Perú.

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  3. Feliz Navidad a ti también Andrés. Comparto tu gusto por Madrid, una ciudad en la que puedes encontrar soledad aún rodeado de gente. Desde hace algunos años además le he cogido cariño a la Navidad, será que pasados los cuarenta empieza a mirar hacia atrás incluso aquel que nunca lo hizo.
    El cambio de escritor me compensó con creces... Un abrazo.

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  4. Felices fiestas .Hombre madrid esta muy bien pero me gusta más las ciudades algo más pequeñas ( como la mia) que tambien tiene de todo .Feliz nochebuena Andrés

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  5. Paco, Rosa Mary, Naty: felicidades.
    Jesús Ybarra: me alegro de que el cambio mereciese la pena... :)

    Abrazos para todos,

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