Para manejarse por este blog y no perderse

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sábado 29 de enero de 2011

Un poco bruto

Es una semana extraña y complicada, con algunas decepciones y otras alegrías que las compensan. Llego al tramo final de la rehabilitación de mi hombro maltrecho, pero sigo un poco dolorido después de un mes de láser, electroestimulación y ultrasonidos. Lo que más me molesta de todo es no saber cuándo podré volver a hacer deporte de una manera intensa, como a mí me gusta. Mi médico me dice que todavía no, si acaso, que pruebe a nadar un poco, a ver cómo responde. Le explico que no sé si seré constante con la piscina, porque soy un poco bruto, y a no ser que termine empapado de sudor no alcanzo la satisfacción de haber hecho ejercicio. Basta con un par de largos, me aclara, no más, poco a poco, y dentro de un mes te vienes a verme otra vez.

Como trato de ser obediente con los médicos, termino comprándome un gorro y me doy un chapuzón. Es agradable, sí, y en lugar de un par de largos nado una hora entera. Ya lo he dicho, soy muy bruto, y estoy acostumbrado a hacer ejercicio hasta que ya no puedo más, pero mi médico tenía razón: el dolor aparece de nuevo, para recordarme que no debo creerme tan listo. Además, me puse el gorro pero no las gafas, y al salir de la piscina era como si tuviera conjuntivitis.

Hoy ya estoy mejor, así que he hecho propósito de enmienda. Intentaré que la próxima vez sea solo media hora de natación. Pero aún tardaré unos días en volver a la piscina. Tengo que irme de viaje mañana. Hace tiempo que no salgo, que no tomo la distancia necesaria y saludable de la rutina, de mi despacho, de mí mismo, sobre todo ahora, en el tramo final de la escritura de una nueva novela, cuando lo más complicado es luchar contra las ganas de terminarla de una vez. A pesar de que me gusta mucho estar enclaustrado jugando a imaginemos, me doy cuenta de que echo de menos el ajetreo de la promoción del año pasado, los viajes constantes, las entrevistas en las que uno acaba tan cansado. Sabía que pasaría. Claro que sí. Siempre pasa.

Esta tarde toca preparar maletas. Siempre llevo más equipaje de la cuenta: la ropa necesaria y la de por si acaso; y demasiados libros, también por si acaso. Me aterra la idea de un retraso en una estación o en un aeropuerto sin tener nada que leer; una noche de insomnio, tan frecuente cuando estoy lejos de mi cama, sin un libro en la mesita de noche para no pasarme las horas mirando el techo de la habitación del hotel en la oscuridad. Mañana, cuando tenga que cargar con los libros, ya me lamentaré porque son demasiados, pero hoy no puedo evitar buscarles un hueco en la maleta. Soy un poco bruto, sí. Pero creo que ya lo he dicho antes.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

miércoles 26 de enero de 2011

Mi abuela centenaria

Decían el otro día en el telediario que en China se está preparando una ley para castigar a los adultos que no cuiden de sus mayores, que no vayan a visitarlos o no se ocupen de ellos como es debido. Estoy seguro de que hay muchas cosas que podemos criticar o discutir sobre los chinos, su régimen político monocolor, la proliferación de tiendas que tanto parece molestar a algunos o su empeño en controlar la natalidad, sobre todo cuando los bebés son niñas; pero resulta meritorio, y tal vez ejemplarizante, que una ley obligue a visitar a los ancianos o a prestarles la atención que necesitan y, lo que me parece más importante, merecen. A mi modesto entender, pocos detalles definen más a una cultura que el respeto por las personas mayores, y nada más que por esto los chinos acaban de caerme más simpáticos.

Mi abuelo paterno, en quien me inspiré para crear el personaje de Miguel Carmona en La clave Pinner, vivió con sus hijos hasta que dejó de fumar, literalmente, a los noventa y un años. Me gustaba imaginármelo en la plenitud de su vida, con treinta y siete años, en una trama de espionaje en la que, en 1943, los servicios secretos ingleses se daban patadas en el culo para encontrarlo. Con un par: un héroe de novela como Dios manda. Nunca conocí a su mujer, porque la madre de mi padre murió cuando él era un niño, y tampoco recuerdo a mi abuelo materno, que se fue de este mundo cuando yo era apenas un bebé.

Sin embargo, la madre de mi madre cumple hoy un siglo, y aunque hace justo un año estaba tumbada en la cama de un hospital con agujas en los brazos y un tubo que le salía de la nariz, se recuperó tan milagrosa como repentinamente. Desde hace mucho tiempo mi madre siempre venía asegurando que la abuela cumpliría los cien. Y yo, aunque siempre asentía y le daba la razón ―no se debe discutir mucho, y menos con tu madre...―, lo cierto es que nunca tuve del todo claro si mi abuela cumpliría el siglo de vida y algún día llegaría a escribir esta entrada en mi blog.

Pero, ya veis: mi madre, como siempre, tenía razón. Seguro que los chinos también estarían de acuerdo.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

lunes 24 de enero de 2011

El problema de otro

El viernes por la noche hace frío, pero me gusta. Me acuerdo de cuando era niño y en casa siempre estaba encendida la chimenea en invierno y el viernes era el mejor día de la semana, cuando todavía no me había convertido en un adolescente al que le gustaba salir los fines de semana o que muchas veces lo haría por costumbre o porque lo animaran algunos amigos que nunca entendían que más de una noche me apeteciera quedarme en casa. Puede que por esto me guste recobrar la felicidad infantil de los viernes, la perspectiva todavía inabarcable del fin de semana que acabaría con tristeza el domingo por la noche. Creo que en esa melancolía inevitable de domingo por la noche nos pareceremos siempre los adultos y los niños.

La noche del viernes pasado es angustiosa porque tengo que ir a la sala de urgencias de un hospital, y aunque sepas o esperas que no sea nada no puedes evitar la preocupación mientras conduces, buscando el camino más corto, evitando los semáforos y saltándote alguna señal de tráfico para no tardar. Aparcas cerca del hospital y piensas que no es nada mientras paseas mecánicamente en la sala de espera de urgencias, que huele muy raro, como si estuviera recién pintada, y no sabes si el celador se fija en ti porque te conoce o si está mirando sin verte, como si no fueras más que una de las sillas vacías. Esperas convencido o deseando que no sea nada, pero no puedes evitar distraer la mente con lo primero que tienes a mano: cuántas sillas hay en la sala de espera, cuántos interruptores o aparatos de aire acondicionado. Luego entran varias personas: una pareja con un bebé, una madre con su hijo adolescente, y una mujer joven llorando que le cuenta al recepcionista que un perro la ha atacado en la calle. Le dice que ha ido al cuartel de la guardia civil para denunciarlo pero que le han dicho que eso es asunto de la policía local. Cuando va a sentarse la veo cojear, pero me pregunto si llora por el dolor de una dentellada o por esa rabia que produce la impotencia de pedir ayuda y saber que quien te escucha lo único que desea es que te conviertas en el problema de otro.

Por fin sale de la consulta del médico la persona a quien espero, y me tranquiliza, me dice que no es nada. Yo también respiro, con gran alivio, pero el fin de semana ya no volverá a ser tranquilo: la mañana del domingo descubro que un gamberro me ha robado la bicicleta. Solucionarlo es tan fácil como comprar una nueva, pero me digo que ya no será lo mismo. Me pongo a recordar los miles de kilómetros que había sumado pedalada a pedalada en el contador que tenía en el manillar, en cuántos buenos ratos he pasado recorriendo caminos, con el agua en la mochila y las herramientas para arreglar los pinchazos tan frecuentes en el campo.

Sé que no va a servir de mucho, pero lo mejor es poner una denuncia. Tengo suerte. Los policías son muy amables, me atienden bien, incluso uno de ellos es lector mío, me cuenta; pero mientras los buscaba no podía dejar de preguntarme si no me iba a encontrar con alguien cuyo único deseo fuera que me convirtiese en el problema de otro.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

martes 18 de enero de 2011

Los sonidos del silencio (II)

En Rescate en el tiempo, una novela de ciencia ficción del fallecido Michael Chrichton, varios personajes viajan en una máquina del tiempo, y al llegar su destino, el siglo XIV, a algunos los asalta el pánico en un bosque al escuchar el silencio de la naturaleza, la ausencia de ruido de motores, casi siempre presente en nuestra época aunque sea de una manera lejana. Sin embargo a mí no me aterra el silencio, y a menudo pedaleo muchos kilómetros campo a través para llegar a un sitio lejos de la carretera, lejos de coches y de motos, donde en ocasiones solo se puede escuchar la brisa, el croar de las ranas en una charca o esa quietud que aterrorizaba a los personajes del autor norteamericano.

Sé que sonará como una barbaridad, pero a veces me pregunto si no sería posible quedarse sordo a voluntad propia, solo durante el tiempo que uno quiera, para no tener que escuchar nada que no te apetezca.

Resulta complicado que te apasione el silencio en un país tan ruidoso como España y tan permisivo con los que no respetan el silencio, donde difícilmente nadie se atreve a llamar la atención a alguien que no respete, no ya la ley, que parece ser confusa casi siempre sobre la contaminación acústica, sino un cartel que prohíba el uso del teléfono móvil en determinados lugares. Pasa en la sala club del AVE, donde hay un área bien determinada en la que no se permite el uso el del móvil o se pide silencio, y donde pocas veces no he visto a algún despistado manteniendo una conversación telefónica.

Se vive muy bien aquí, no lo dudo, y aunque me siento orgulloso de ser español echo de menos la conciencia cívica de muchos sitios que he visitado en el extranjero, sobre todo de los Pirineos para arriba, la naturalidad con que la gente de la calle ejerce sus derechos y señala sin complejos a los listos que no cumplen las normas. Hace cuatro años, entre Inglaterra y Escocia, en el vagón de un tren que un cartel señalaba libre de ruidos, un viajero se levantó para llamar la atención a un adolescente porque el eco que le llegaba de la música de sus auriculares le molestaba. El adolescente, que viajaba con su familia, le pidio disculpas y apagó el reproductor. Ningún problema. Todo tan natural como que son las normas y hay que respetarlas. Punto.

No digo yo que tengamos que llegar al extremo de Suiza, donde en algunos sitios está prohibido usar la cisterna por la noche, pero me pregunto con qué cara habrían mirado a uno que hubiera pedido silencio en el AVE a cualquiera que hubiera estado dando la tabarra con sus cuitas durante buena parte del trayecto al resto del pasaje.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

lunes 17 de enero de 2011

Los sonidos del silencio

El otro día esuché al otro lado de la ventana de mi estudio la flauta del afilador, con esa familiaridad de un sonido que ha estado ahí durante años, pero tan distante y tan extraño que a mí siempre me pareció como de música sudamericana, y me acordé de que hace no mucho me enteré en la radio o vi en un telediario que hay gente que se está dedicando a la tarea tan interesante como quizá imposible de grabar sonidos que, a poco que nos descuidemos, desaparecerán para siempre. La música de los afiladores parece que es uno de ellos. No sé en las ciudades, pero en los pueblos del sur de España aún se escucha la flauta de un afilador, me temo que algunas veces grabada en un casete o quizá en un moderno reproductor de mp4.
Hay sonidos que se perderán con el tiempo, supongo, o que solo será posible escuchar en lugares remotos. A mí, que adoro el silencio, pocos sonidos me resultan tan agradables como el cencerro del ganado en el campo, o el tañer de una campana a lo lejos, que no sé si también corren el riesgo de no volverse a escuchar dentro de unos años. Pero lo que de verdad me gustaría que estuviera a punto de extinguirse es el estrépito de los altavoces de algunos coches cuando pasan con las ventanillas bajadas malintencionadamente por una calle silenciosa, el estruendo de algunas motos que circulan a escape libre, el timbre estridente de algunos teléfonos móviles y las conversaciones que sus dueños mantienen, que ni me importan ni tengo por qué escuchar, o los gritos de ciertos invitados a los programas del corazón.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

viernes 14 de enero de 2011

¿Qué fue de Jorge Sanz?

Me he quedado con ganas de más, la verdad es que sí. Pensé que eran más episodios, veintitantos, o al menos trece, pero parece que el sexto era el último, y por más que buscaba la información con el mando de Canal + ya no encontraba más episodios de ¿Qué fue de Jorge Sanz?

¿Que de qué va esta serie?. La verdad es que no lo sé muy bien, o tal vez sí: de un actor cuarentón que se llama Jorge Sanz y que empezó una carrera estelar en el cine como estrella infantil. Ahora los tiempos han cambiado y las cosas ya no son lo que eran: el actor se ha puesto inevitablemente barrigoncete y no es tan atractivo como antes, no le llueven precisamente las ofertas y su representante no es capaz de encontrarle algo que merezca la pena. Las mujeres lo recuerdan sobre todo por su papel en Valentina, y aunque ya no es ni una sombra de lo que fue consigue llevarse a varias al huerto...

Me han gustado mucho los seis episodios que he visto. Reírse de uno mismo no siempre parece sencillo, pero resulta la mar de saludable. Uno ve esta pequeña joya enlatada en episodios de media hora y acaba preguntándose cuánto es mentira y cuánto es verdad. Supongo que es lo que David Trueba y Jorge Sanz querían, y ya lo creo que lo han conseguido: para mí esta serie es el reverso de la fama, la parte menos glamurosa y que me temo que sucede muchas más veces de lo que la gente cree: las miserias, las renuncias, las pequeñas humillaciones que uno ha de aceptar para seguir adelante, para que te presten atención, para que no se olviden de ti.

Jorge Sanz es un actor, pero creo que daría lo mismo ver a un cantante o a un escritor; lo que sucede entre bastidores, el mundo tan difícil que está más allá de la alfombra roja. ¿Qué fue de Jorge Sanz? es una serie muy divertida, pero detrás de cada chiste hay una cortina menos amable. O a lo mejor es una serie trágica contada de una forma cómica. Tanto da, supongo.

No os la perdáis.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

domingo 9 de enero de 2011

Sin fumar espero

No me acordaba de que habían empezado las rebajas hasta encontrarme en el centro rodeado de ríos de gente que camina apresuradamente con las bolsas donde se anuncia bien grande que los saldos han llegado. Es sábado por la tarde y hace tres noches que vinieron los Reyes Magos, pero al caminar por las calles más comerciales de Sevilla la dificultad es idéntica a la de los días de Navidad. Qué curioso que apenas setenta y dos horas antes los escaparates de las tiendas estuviesen colmadas de luces y adornos navideños y ahora los carteles que anuncian bien grande las rebajas sean lo más visible. Qué extraño que ahora, el segundo día de las rebajas, cuando cae la tarde del sábado la sección de ropa de los grandes almacenes se parezca a un paisaje después de un huracán: jerséis desmadejados, pantalones hechos un gurruño, camisetas dobladas de cualquier manera y restos de envoltorios de plástico y de cartón en el suelo. En Navidad también había mucha gente en las tiendas, pero todo se me antojaba mucho más ordenado y más limpio. No sé si al bajar los precios de la ropa la gente se vuelve más descuidada o es imposible conciliar el ansia de encontrar una ganga con las normas más elementales de educación.

Al contrario que hace unos días, solo la sección de libros de El Corte Inglés parece el lugar más tranquilo de toda la tienda. Los vendedores, que durante la Navidad no daban abasto despachando y envolviendo libros, ahora ordenan las mesas, recolocan las existencias con la tranquilidad, y quizá con el alivio, de quien sabe que su departamento no será nunca el más visitado durante las rebajas.

Pero ha sucedido algo más importante, pienso, aunque todavía no lo había podido comprobar sobre el terreno, y el descubrimiento ha sido por casualidad, cuando ni siquiera pensaba en ello ni me acordaba. Nunca he fumado, ni siquiera sé hacerlo, pero menos en el coche, porque no me gusta el olor que nunca se termina de ir del todo cuando alguien ha fumado, jamás he tenido problemas con que la gente fume a mi lado, y por alguna clase de retorcida empatía siempre me he puesto del lado de los fumadores que han protestado cuando las leyes los han arrinconado. Sin embargo, al entrar en un bar al que suelo ir en el centro, me doy cuenta de que al cabo de un rato no me escuecen los ojos ni presiento un inminente aunque ligero dolor de cabeza. Ya no habrá humo en los bares, parece. Sigo entendiendo que los fumadores protesten, pero no puedo negar que ahora que no hay humo acabo de descubrir, y estoy encantado, que me gusta mucho más entrar un bar.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

miércoles 5 de enero de 2011

Festín de libros

A la mayoría de las personas con las que me relaciono habitualmente les encanta el calor, el buen tiempo, con ese ritual que a mí nunca me ha gustado de visitar las playas multitudinarias en verano. Sin embargo yo prefiero el frío, y disfruto más de los paseos los días con luz y temperaturas bajas en el sur que de esas tardes interminables de verano, cuando parece que nunca se apagará el sol y lo único que me apetece es encerrarme en una habitación con aire acondicionado.

Dos días antes de la noche de Reyes hace frío, y por la tarde doy un paseo hasta el centro, pero enseguida me doy cuenta de que todo el mundo ha decidido hacer lo mismo y a la misma hora que yo. Por algunas calles es imposible dar dos pasos seguidos sin chocarte con nadie. Entro en El Corte Inglés y me sorprende ver, como cada año por estas fechas, y a pesar de la crisis, una máquina expendedora de números en el departamento de joyería y a docenas de personas haciendo cola. Colas por todos sitios, igual que las he visto esta mañana en una pastelería donde venden el roscón de Reyes. Quiero echar un vistazo en La Casa del Libro, pero nada más entrar y saludar a Rafael ya estoy en la calle otra vez porque en la tienda hay tanta gente que es imposible asomarte a las mesas para echar un vistazo. Con todo, me alegra ver El violinista de Mauthausen, como los irreductibles galos de la aldea de Astérix, todavía colocado en un lugar preferente catorce meses después de que saliera a la venta la primera edición.

Me apetece echar un vistazo a las novedades. Ya lo sabéis quienes os asomáis por aquí: abrir los libros, leer la primera frase, sujetarlos para sentir su peso. A mí me gusta que los libros pesen: desconfío de los libros gruesos que al cogerlos resultan tan ligeros como si fueran de bolsillo. Tengo que irme lejos del centro, caminar otra vez durante un rato, para entrar en una librería donde no tenga que abrirme paso a codazos con los demás clientes.

Nunca he sido una persona dada a los vicios, pero cuando entro en una librería soy capaz de entender la tentación de quien entra en una tienda de ropa o de joyas y sale con la tarjeta de crédito en números rojos. La mesa de novedades de una librería es uno de los sitios donde siento que el tiempo se detiene, donde no me gusta que nadie me esté esperando ni me pida que me dé prisa; igual que el olor en la puerta de una panadería o en una pastelería cuando llega la hora de comer.

Me interesan muchos de los libros que encuentro. Demasiados. Tantos que necesitaría un saco para llevármelos todos. Novelas que me apetece leer y ensayos que me serán útiles para los libros que tal vez escriba en el futuro. Detrás de cada libro que veo se me ocurre una historia, como si de pronto empezase a estar rodeado de gente que no existe; un hilo del que tirar, el esbozo de una nueva novela o un relato que guardaré en mi cabeza, como un tesoro o apuntaré en mi cuaderno más tarde.

Tengo demasiados libros, varios miles, pero no puedo resistirme a llevarme alguno. Supongo que habrá escritores que disfrutan documentándose buceando en Internet, pero yo soy de los que prefiere sumergirse en los libros, sentarme con un lápiz y una libreta, como si estuviese estudiando. Y, bien mirado, para mí escribir una novela es como volver a estudiar, cada nuevo libro que empiezo es como hacer un máster; y tan estimulante como inventarme las vidas de otros me resulta investigar, aprender cosas de las que apenas sabía nada antes de empezar a trabajar. Es de las mejores cosas que te llevas de este oficio tan raro, estoy convencido: antes de escribir La clave Pinner me zampé unas cuantas biografías de espías que operaron en los años treinta y cuarenta. Artemio Corona, mi personaje favorito de esa novela, no hubiera sido posible sin un libro fantástico sobre el tráfico de armas durante la guerra civil española que cayó en mis manos, por casualidad, mientras curioseaba en una librería. Para escribir El síndrome de Mowgli me metí entre pecho y espalda todo el reglamento del boxeo profesional. Luego en la novela apenas hay golpes, como decía en una reseña Francisco Núñez Roldán, pero yo necesito saber cómo se siente un personaje, qué come, por dónde se mueve o cómo respira. En la novela apenas se ve la punta del iceberg, pero para una persona de letras fue un placer intentar comprender tantos conceptos importantes y útiles sobre Física que descubrí al preparar El factor Einstein; y para El violinista de Mauthausen leí todos los libros que encontré con testimonios de supervivientes del Holocausto. Es una tarea tan agotadora como fascinante y enriquecedora. Ya digo, quizá la parte que más me gusta de este trabajo, la más provechosa, diría.

Para la novela en la que trabajo ahora estoy leyendo algunos libros que compré hace siete u ocho años, con la vaga impresión de que me podrían ser útiles en el futuro. La experiencia me dice que cuando pasa el tiempo no resulta fácil encontrar la mayoría de los libros que se publican: es la tiranía del mercado literario. De momento me llevo un libro que necesito ahora sobre la posguerra en Austria. El de las fotografías de Robert Capa, el de Albert Einstein, ese tan curioso sobre las legiones romanas, el de las batallas medievales, el de los superhéroes, el de la caída de la bolsa en 1929 o la biografía de esa escritora que me gusta mucho tendrán que esperar.

Tengo tantos libros que no viviré para leerlos todos.

Se me ocurren tantas historias que me moriré sin poder haber escrito ni una sola línea de la mayoría.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

lunes 3 de enero de 2011

Rutina

Aún no se han terminado las fiestas, pero ya es hora de retomar el trabajo empezado. Suelo acometer las Navidades con ganas, pero rara vez no estoy deseando que terminen antes incluso de que haya llegado la noche de Reyes. Aunque puedo adaptarme a casi cualquier circunstancia, soy de los escritores que prefieren trabajar como un funcionario o un oficinista (tantas horas cada día, tantos días a la semana), y con este desbarajuste de horarios, de comidas excesivas y de falta de ejercicio (otra de las rutinas que soy incapaz de dejar a un lado) me acabo inquietando, y no veo el momento de volver a la vida aburrida y feliz de siempre: escribir por las mañanas, hacer deporte, leer, ver alguna película.

Y es que, por más que uno lo necesite, cuesta volver a la rutina. A primeros de diciembre hice una pausa en la escritura de mi nueva novela para recapitular, leerla sin prisas desde el principio y esbozar los capítulos de la segunda parte que aún me falta por escribir. Y entre tanta fiesta y tanta celebración, a uno no le queda más remedio reconocer que se está haciendo un poco el remolón (procrastinación, dicen que se llama ahora), y en lugar de coger al toro por los cuernos, en realidad lo que está es mareando la perdiz. Así que ya te vale de excusas, me he dicho esta mañana, como quien se da una orden. Ponte con tu nueva novela y termínala de una vez. Echarse una bronca uno mismo suele funcionar, así que estoy en ello, diseñando los capítulos que me quedan por escribir: diez o doce, calculo, tres o cuatro meses de trabajo. Puede que más o puede que menos. Tampoco hay prisa.

Casi siempre, al escribir una novela, que se hace tan largo, uno sigue adelante sobre todo por amor propio, porque tienes que terminar lo que has empezado. Y luego te alegras, vaya que sí. Abro el cuaderno de mi manuscrito y ya estoy en Madrid, en Alemania, en Austria, en Francia, en Italia, en Barcelona, en Andalucía, hace exactamente sesenta y un años.

Sonrío. No es mala vida, después de todo, crear el mundo a tu antojo en un cuaderno de rayas.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011