Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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lunes 28 de febrero de 2011

Sobreabundancia

El otro día se me estropeó el ordenador portátil. Supongo que se paró, de puro agotamiento, como un caballo al que han llevado al galope durante demasiado tiempo. Los que entienden de informática me dijeron que no merecía la pena arreglarlo, así que me he pasado unas cuantas tardes recorriendo el departamento de electrónica de varios centros comerciales, o perdido en Internet mirando las diferentes características de cada modelo. Que haya tanta oferta es estupendo, sí, pero, qué quieren que les diga, como no sepas muy bien qué estás buscando es para volverse loco. Pero no pasa solo con los ordenadores. Pasa con todo. Hace unos meses, un librero me contaba que veinte años atrás su trabajo era mucho más sencillo, más cómodo. Para él y para los lectores, me decía. Se publicaban menos títulos, pero al menos cuando un cliente entraba en una librería no se mareaba, y lo que era más importante para él, el librero sabía lo que tenía. Ahora es imposible, se quejaba. Por muchas horas que le eche no puedo absorber todas las novedades que me llegan cada semana. He llegado a un punto, que salvo unos cuantos nombres, ni siquiera sé lo que tengo.

Ya digo, es estupendo que haya mucho de todo, pero a no ser que tengas muy claro lo que quieres, entrar en un centro comercial para buscar cualquier cosa resulta tan mareante como las cartas con listas interminables de comidas y nombres tan raros de muchos bares, que al final siempre acabo pidiendo lo primero que leo, más que nada para no preguntar qué lleva cada plato.

Con la ropa, tres cuartos de lo mismo. Antes ibas a buscar unas zapatillas de deporte, y como solo había cuatro o cinco modelos, le pedías al dependiente tu número, te las probabas, y andando. Ahora, entras en una macrotienda de estas y te sientes tan ignorante o tan culpable como si en tu vida hubieras hecho deporte o lo hubieras estado haciendo mal todo el tiempo. Zapatillas para jugar al tenis, para montar en bici, para andar o para correr, para trotar por el campo o para navegar, y dentro de cada modalidad, por si fuera poco, también tienes que saber si es para uso frecuente u ocasional. A poco que te descuides terminas contándole tu vida y tus secretos inconfesables al vendedor para no meter la pata y llevarte a tu casa unas botas de alpinista en lugar de unas zapatillas de las de siempre, cuando hacer footing se llamaba salir a correr y pasear por el campo, como la gente ha hecho toda la vida, aún no se había bautizado como senderismo. Y luego te quedas en tu casa mirando las zapatillas un poco mosqueado antes de ponértelas, porque el vendedor, aunque te da en la nariz que tampoco sabe muy bien de lo que te está hablando, te ha preguntado si eres pronador, supinador o neutro, y a lo mejor, para no quedar mal, has dicho lo primero que se te ha ocurrido.

¿Y el ordenador para que lo quieres? Te pregunta el vendedor, que a lo mejor todavía ni siquiera se afeita. Pues para escribir, navegar de vez en cuando por Internet. Nada del otro mundo. Vamos, que no tengo pensado hacer cálculos para mandar un cohete a Marte o cosas por el estilo. Tenemos este modelo, te explica, pero para ese precio yo me llevaría este otro, que tiene más megas, mejor procesador, y se pueden ver películas en bluray. Y tú, aunque no tengas ninguna película en el bluray ese o como se llame, te preguntas si te vas a equivocar si no le haces caso, y aunque no lo necesitas ya estás dudando si comprar el que te ha ofrecido porque a lo mejor no quieres molestar más al chaval, pero aún no acabas de decidirlo cuando pasas por delante de esos notebooks, tan pequeñitos, que ahora causan furor, y te quedas mirándolos, a pesar que siempre se te hace un poco raro cuando ves a la gente en las estaciones y en los aeropuertos mirando embobados las pantallas, como si estar desconectado de internet un par de horas fuese un pecado. Y al final, para resolver el asunto, tiras por la calle de en medio, igual que cuando ya estás harto de leer la carta de un restaurante, y señalas un ordenador casi al azar, porque quieres terminar cuanto antes. Y te vas a tu casa con una caja enorme bajo el brazo y la misma incertidumbre de cuando esperas que el camarero te traiga el plato ese tan raro.

P.S: este texto está escrito con mi ordenador nuevo, así que parece que, por el momento, he acertado...

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011

miércoles 23 de febrero de 2011

23 F

Supongo que respecto al 23 F yo debo pertenecer a alguna generación perdida. Esto es, los que tenemos bastantes años para acordarnos de ese momento pero entonces no supimos qué significaba lo que estaba pasando. Recuerdo perfectamente aquel día, y también una tarde, pocas semanas antes, haciendo los deberes en mi casa y Adolfo Suárez en la tele anunciando su dimisión. Yo tenía once años el 23 de febrero de 1981, y algún compañero no fue a clase al día siguiente, pero lo que más nos llamaba la atención a los que sí fuimos era que por la noche habían puesto unas cuantas películas, para mantener entretenidos a los espectadores. Nunca supe si fue verdad o la exageración de algún compañero, pero esa fue la mayor noticia para mí, que me gustaban tanto las películas, y pensaba secretamente que si a los diputados los tenían otra noche más encerrados en el Congreso lo mismo podía aprovechar para una larga sesión nocturna de cine, si me dejaban.

De aquel día no tengo recuerdos de miedo, ni siquiera de incertidumbre. Cómo los iba a tener con once años en un pueblo de Sevilla. A lo mejor, si el levantamiento se hubiera alargado, aunque hubiera sido solo una noche más, sí me habría dado cuenta de lo que pasaba. Tal vez habrían ido desapareciendo poco a poco mis compañeros de pupitre por precaución, o a lo mejor yo mismo tampoco habría vuelto a clase hasta que las cosas se hubieran calmado. Quién sabe.

Treinta años después, las imágenes de Tejero entrando en plena sesión de investidura de Calvo Sotelo estremecen, pero también, a medida que van saliendo a la luz nuevos datos, con la perspectiva del tiempo produce cierto bochorno ver a un puñado de guardias civiles nostálgicos de Franco pegando tiros, y las cintas con las grabaciones de las voces de Tejero y García Carrés, el único civil procesado por el golpe, gritando el nombre de España como si fuera suya y de nadie más. Esos “viva España” de 1981 ahora incluso parecen ridículos. Sin embargo, ahora, al escuchar a más de uno pronunciar el nombre de España de esa manera chulesca, cuartelera, como si les perteneciera o mordiesen un bocado que solo ellos pudieran probar, igual que los golpistas de hace treinta años, siento el escalofrío que tenía que haber sentido entonces, cuando no entendía lo que estaba pasando. Supongo que es una cuestión de perspectiva: tal vez dentro de treinta años, los que ahora tienen once años sentirán vergüenza ajena al estudiar el discurso de ciertos políticos y tertulianos de los programas de televisión de hoy.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011.

viernes 18 de febrero de 2011

De vuelta de Barcelona

He llegado de Barcelona cansado y satisfecho, pero por unos cuantos errores encadenados estuve a punto de no viajar.

Cuando paso el control y estoy a punto de subir al AVE, desde la ventanilla me avisan y me dicen que me vuelva por donde he venido porque la fecha del billete es de justo hace un mes. Resulta que la agencia de viajes mandó a la institución que me había invitado los billetes, pero ninguno nos preocupamos de mirarlos, y se habían equivocado en la fecha. Lo único que puedo hacer es coger un taxi al el aeropuerto, jugármelo a una carta por si mientras tanto pueden reservarme una plaza en algún vuelo. Pocas cosas me agobian más que llegar con el tiempo justo a los sitios, tener que ir corriendo, como si te fuera la vida en ello, para coger un tren o un avión, y rara vez no llego con más de media hora de sobra. Incluso el año pasado, creo que lo conté por aquí, estuve durante un rato en la puerta de un aeropuerto hasta que abrieron.

Pero a media mañana estoy sentado en un avión rumbo a Barcelona. Prefería el AVE, la verdad. Es más cómodo, y cinco horas y media dan para mucho. He traído mis cuadernos para trabajar, pero en el avión es imposible. Demasiado estrecho, la pluma de la tinta se vuelve traviesa y a veces se escapa a chorros, y no siempre apunta al papel. La noche antes había visto en la tele que una cortina de nubes cubría España y Portugal enteritas. Menos mal que voy en AVE, me dije. Pues taza y media: antes de despegar el piloto dice que nos vamos a encontrar turbulencias. Y cuando un piloto advierte algo así es como cuando el dentista te dice que te va a doler un poco. O sea, que vamos a dar unos cuantos botes. De escribir, mejor olvidarse por hoy.

A pesar de los baches aéreos, llego a Barcelona de una pieza y por la tarde participo en una mesa redonda sobre Literatura y Holocausto. Ante un público formado por profesores de instituto, hablamos sobre ficción, realidad y otras muchas cosas; sobre lo que cada uno de los que participamos en el coloquio pensamos que es mejor para contar a los estudiantes lo que sucedió en los campos de exterminio. No está mal, pero yo no acabo de sentirme cómodo.

La ciudad, como siempre, espectacular. Decían en la tele estos días que en Barcelona no cabía un alfiler porque se estaba celebrando el Mobile World Congress, pero yo la veo tan bulliciosa y cosmopolita como siempre, igual que la primera vez que estuve, hace ya muchos años.

Cae la tarde y llueve sobre los tejados del Borne, y también lloverá al día siguiente. Pero el agua no me desanima a caminar, como me gusta hacer siempre que visito una ciudad y, a pesar de la manta de agua, por la mañana me pateo todo el Paseo de Gracia aprovechando que tengo una cita en la otra punta de Barcelona a mediodía. Me desvío un poco para entrar en Laie, una de las muchas librerías de la ciudad a las que vale la pena ir solo por ver el local y su cafetería; me quedo un momento mirando, como si no estuviera lloviendo, las fachadas de la casa Batlló y La Pedrera, que siempre se me antojaron como edificios donde los Hobbits se sentirían tan cómodos como si no hubieran salido de la Tierra Media, incluso muchos años antes de que Peter Jackson adaptase al cine la obra de Tolkien.

Es casi la hora de comer cuando vuelvo a patearme la ciudad en sentido contrario para acudir a otro encuentro. Me hubiera gustado saludar a unos cuantos amigos muy queridos de Barcelona, pero no me ha dado tiempo: por la tarde tengo que coger el AVE, y ya me han arreglado lo del billete.

Llego a Sevilla de noche, y en el autobús al que subo en la estación, una mujer joven asegura que por la tarde ha escuchado en Canal que han encontrado el cuerpo de Marta del Castillo. Lo afirma con tanta vehemencia que no parece haberse dado cuenta de que se ha debido de confundir con la otra niña, la de Huelva, Mari Luz Cortés. Tan convencida está que ni siquiera ha reparado en que aunque hubieran encontrado el cuerpo por la tarde, ni aún con el concurso de todo el equipo de CSI sería imposible tenerlo identificado a las nueve de la noche. Con gran alborozo, la joven recita uno por uno el nombre de todos los implicados en el asesinato de la joven sevillana, y ahora, puesto que ya no tienen escapatoria, celebra que los vayan a matar en la cárcel. Qué peligrosa es la ignorancia cuando se mezcla con la imaginación. Qué triste resulta a veces escuchar conversaciones que no te apetece. Saco el mp4, me coloco los auriculares y me pongo de pie aunque todavía faltan un par de paradas para bajarme. Es la única forma de no sentir que el autobús se ha convertido en el plató de Sálvame. Viendo el personal, no me extraña que estos programas que me repugnan tengan tanto éxito.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011

viernes 11 de febrero de 2011

Egipto

Termino la jornada con la alegría del viernes por la tarde. Estoy contento porque después de tantos meses solo me quedan siete u ocho semanas para terminar mi nueva novela, en bruto. Luego vendrán dos o tres meses más de trabajo, pero lo más difícil ya está a punto de terminar. Como siempre, escribo en silencio, aislado, sin estar conectado a Internet siquiera, y al encender la radio me entero de que Mubarak ha dimitido. Nadie sabe qué pasará ahora. Durante estas semanas he escuchado muchas veces en las tertulias radiofónicas a más de uno desempolvar el fantasma del integrismo como chantaje para mantener en el poder al dictador. No estoy seguro de quién ganará al final en esta revolución, si los moderados o los radicales, si la democracia o el fanatismo, pero hoy quiero creer que tantos días de protesta incansable en El Cairo han servido para algo, que los muertos no han sido en vano; que quizá, a pesar de lo que algunos sostienen con el colmillo retorcido, sea posible la esperanza sin miedo.

Desde hace años vengo retrasando un viaje a Egipto, donde nunca he estado, por pereza, por desidia, o por falta de ganas, no lo sé muy bien. Tal vez vaya siendo hora de pensar hacer las maletas para ver las pirámides en un futuro no demasiado lejano.

Ojalá.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011

miércoles 9 de febrero de 2011

Madrid (y III: El museo del ferrrocarril)

El martes es nuestro último día en Madrid, pero no tenemos el AVE hasta por la tarde. Todavía hay muchas cosas que tengo que ver, y quiero aprovechar la mañana. Lo primero es coger el metro hasta Delicias, para echar un vistazo al Museo del ferrocarril. Hay varias filas de vagones, locomotoras de vapor, y una sala con trenes eléctricos de juguete a los que, aunque ahora me gusta tanto el ferrocarril, nunca fui aficionado de niño y objetos curiosos que me servirán para amueblar unos cuantos capítulos de la novela que ando escribiendo.

Tengo unas cuantas dudas, y no puedo resolverlas sólo mirando los vagones y las locomotoras. Hay varios grupos de niños visitando el museo, y quienes hacen de guía son unos hombres mayores, tal vez jubilados voluntarios que en su día trabajaron en RENFE. Cuando un grupo de estudiantes se marcha le digo a uno de estos guías que me gustaría hacerle unas preguntas. Le cuento que estoy escribiendo una novela, y le pido que me diga cuál era el vagón que utilizaban los trenes en la época en la que está ambientada, y algunos detalles técnicos, como si, por ejemplo, entonces saltar de un tren en marcha podía ser tan simple como abrir la puerta y hacerlo. Este señor es muy amable, y los pocos minutos que paso con él son muy provechosos, tal vez los más provechosos de los tres días que he pasado en Madrid. Y aún queda media mañana para seguir pateando las calles de la ciudad, localizar exteriores, como a mí me gusta llamarlo. Incluso nos queda tiempo para pasar un rato en el Museo del Prado.

A las siete de la tarde, cuando llegamos a Atocha, me duelen los pies de tanto andar, y, como siempre que voy de viaje, me arrepiento de no haber traído una maleta más grande, y menos libros. Como de costumbre, ni siquiera me ha dado tiempo a leer los que traía, y he comprado tantos que las costuras de mi bolsa amenazan con estallar.

Va a ser una semana extraña: mañana miércoles será como si fuera lunes, y dentro de muy poco habré de marcharme de viaje otra vez. Hay que aprovechar todos los días que pueda para seguir escribiendo. Me gusta esta sensación de trabajar cada día, ver cómo la historia avanza poco a poco, la satisfacción de un deber cumplido aunque nadie te lo haya impuesto o pedido y que nunca puedes saber si alguien querrá publicar o leer cuando esté acabado. Un amigo escritor por el que siempre he sentido gran admiración me decía hace tiempo que quizá lo más difícil de mi carrera literaria ya estaba hecho, pero siempre que estoy trabajando procuro pensar que es lo mismo que cuando me puse a escribir la primera vez, aunque hayan pasado muchos años: que ni siquiera sé si alguien querrá publicarme lo que escribo, pero que eso no debe importarme, porque, al cabo, lo único que vale es la felicidad de cumplir con uno mismo. Lo que pase luego, cuando llegue ese momento impagable de escribir la palabra FIN, ya no dependerá de mí.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011

domingo 6 de febrero de 2011

Madrid (II, El club de la comedia)

El museo de Historia de Madrid está cerrado por obras, y el del Ferrocarril no abre los lunes, pero no hay problema: dedico la mañana a recorrer los mismos lugares que los personajes de mi novela. Qué curioso, y qué extraño también, caminar por sitios donde tu imaginación ha transitado tanto durante los últimos meses: el Retiro, paseo del Prado, Lavapiés, Puerta del Sol, Gran Vía, y un club de alterne imaginario en una bocacalle de esta famosa avenida. Aunque las nubes se han ido y hoy luce una mañana luminosa y fría, la realidad se confunde con la ficción, y como en mi novela nieva sobre Madrid, a pesar del sol imagino el cielo gris oscuro, igual que la tarde del domingo, los copos de nieve, los tranvías, los abrigos y los sombreros de hace sesenta y un años, la gente que camina tan encorvada que apenas se le puede ver la cara, y un hombre al que buscan otros hombres que una vez fueron sus amigos...

Subimos a la azotea del Círculo de Bellas Artes. Cómo pasa el tiempo. Pronto hará once años que asistí, camino de Bilbao, a la lectura de El Quijote en este mismo edificio. Las vistas son espléndidas, y ahora, con la misma perspectiva de un pájaro, vuelvo a ver los lugares por donde se mueven mis personajes.

Más tarde he quedado con ese torrente de energía y de entusiasmo que es mi querido Óscar Oliveira, el jefe de prensa de Algaida. Le cuento sobre mi nueva novela, algún pasaje en el que aparece nuestro amigo Gregorio León, que me ha prestado su nombre y su profesión de periodista para uno de los protagonistas, y Óscar se ríe y me anima a que la termine porque tiene ganas de leerla. No saben los amigos que muchas veces el impulso secreto que un escritor necesita para acabar una novela es el entusiasmo de los demás.

Tengo que llevarme algunos libros sobre Madrid, y prefiero comprarlos hoy y guardarlos en la maleta porque el martes no quiero estar todo el día cargando con ellos. Por la mañana he estado en los puestos de Claudio Moyano. Gregorio León me ha recomendado una librería pero no me va a dar tiempo de pasarme, así que por la tarde me entretengo en la sección de Historia de la FNAC, y luego me cuelo en la Casa del Libro.

Traigo unos cuantos títulos apuntados en una libreta, y mientras espero mi turno para que me atiendan suena la alarma. Acostumbrado a que la alarmas suenen a veces cuando entras en un comercio con el único resultado del gesto desganado del vigilante que te dice que pases, que no hay problema, no imagino que la joven que acaba de salir de la librería puede haberse llevado algo. Uno de los dependientes sale corriendo tras ella, en mangas cortas a pesar del frío que hace en la calle, y vuelven los dos a la tienda. La chica no pierde la sonrisa en ningún momento, ni siquiera cuando se encoge de hombros, como si el asunto no fuera con ella, y empieza a sacar tantas guías de viaje Lonely planet como si fuera a dar la vuelta al mundo. El empleado de la librería la lleva a una caja y le dice que son noventa y tres euros. Ella, sin pestañear, saca dos billetes de cincuenta y los pone en el mostrador. Como lleva dinero suficiente me pregunto si ha robado las guías por culpa de un impulso natural de apropiarse de lo que no es suyo o si, como el librero le ha dicho a su compañero, esta es de las que viene a robar por encargo. En fin.

Ha oscurecido ya cuando nos acercamos al teatro Häagen-dazs. Esta noche se graba el programa de televisión El club de la comedia. No es fácil conseguir entradas, y menos con tan poco tiempo, pero Maribel trabaja en la tele, y un rato después estamos los dos en la platea, en primera fila. No sabemos quiénes son los que van a participar hoy, pero Eva Hache sale y anuncia que serán Antonio Molero, Dani Mateo, Goyo González y Julián López. Me hace ilusión ver a Antonio Molero, que tanto me hizo reír en Los Serrano. Una vez una escritora arrugaba la nariz porque no entendía cómo me divertían Los Serrano. Pues sí, respondí, y Los hombres de Paco. Que me gusten El ala Oeste o Mad men no quiere decir que no sea capaz de pasar un buen rato con otras series menos elitistas. No fui capaz de convencerla. Ella a mí tampoco.

Pasamos un rato estupendo. Es divertido ver El club de la comedia en la tele, pero en vivo mucho más. Os aseguro que vale la pena pasar una hora sin parar de reírte.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011


jueves 3 de febrero de 2011

Madrid (I)

Salimos de viaje el domingo por la mañana, y aunque no es demasiado temprano la ciudad tiene ese aire desolado, como de película de ciencia ficción en la que los habitantes de la Tierra han desaparecido y solo quedamos unos pocos: el camarero del bar donde desayunamos, que también es un horno, y algún cliente que viene a comprar una barra de pan o a tomar café mientras pasa con lentitud dominical las páginas del periódico; y en la estación del AVE en Sevilla los pocos viajeros no parecen tener esa prisa tan molesta y contagiosa de quienes suben al tren entre semana.

Ahora he traído el cuaderno y la pluma, por si acaso, pero también me he prometido que durante estos tres días no voy a escribir, solo tomar notas, hacer fotografías y pasearme por los lugares de Madrid donde se mueven mis personajes. Tengo que visitar unos cuantos sitios, lo demás será improvisado. Hasta hace no demasiados años no me entusiasmaba Madrid, lo confieso, pero poco a poco he aprendido a disfrutar de la ciudad, a pesar del bullicio de muchas calles que, aunque no ha dejado nunca de parecerme molesto, he acabado por encontrar estimulante.

No soy capaz de recordar cuántas veces estuve o pasé por Madrid entre el otoño de 2009 y la primavera de 2010. Muchas, y creo que la última vez fue el día que cerraba la feria del libro, en el Retiro. Entonces hacía ya un par de meses que había empezado a escribir mi nueva novela, y muchas páginas las había escrito en el AVE, inclinado sobre la mesa, concentrado para ahuyentar las conversaciones molestas de la gente por los teléfonos móviles, mirando de cuando en cuando el paisaje por la ventana.

Tengo ganas de llegar a Despeñaperros. Las últimas semanas las he pasado escribiendo varios capítulos que suceden en un tren entre Madrid y Andalucía en enero de 1950, exactamente sesenta y un años antes de ahora, y al ver los riscos y el paisaje salvaje de Sierra Morena para mí es como viajar al pasado pero también al interior de las páginas de un libro que hasta ahora solo existe en mi cabeza y en mis cuadernos y que guardo como un tesoro. El que mira por la ventana no soy yo, sino cualquiera de los personajes que me ha acompañado desde la primavera y que seguirá acompañándome durante unos meses más.

Cuando falta muy poco para llegar a Madrid veo un poblado de chabolas. Me llaman la atención un todoterreno enorme y un turismo de lujo resguardados debajo de un sombrajo. Estremece el contraste. Me pregunto si dentro de alguna de esas chozas también habrá televisiones de plasma y ordenadores portátiles. Pero el AVE viaja tan rápido que el paisaje cambia enseguida. Al cabo de un momento hemos llegado a la estación de Atocha, y como soy uno de esos tipos tan raros a los que les gusta el frío, en el andén ya empiezo a sentirme más activo, con ganas de moverme o hacer cosas, como si cada minuto estuviera lleno de posibilidades ilimitadas, la misma sensación deliciosa de llegar a una ciudad que no es la tuya sin más obligaciones que lo que te apetezca hacer en cada momento.

Como es domingo, en cuanto dejamos las maletas en el hotel nos acercamos dando un paseo hasta el Rastro. Pasamos por el mercado de San Miguel, donde ya había estado una tarde hace más de un año, pero hoy apenas se puede andar porque hay demasiada gente. Se hace la boca agua con las vitrinas llenas de comida, con los olores: a calamares, a pinchos morunos, a cerveza, a vino, a pulpo, a verduras, a carne recién salida de la plancha.

En la Latina los bares tienen estufas en la calle, para que la gente pueda fumar sin pasar mucho frío. Dicen que en los comercios se han agotado estos aparatos. Están abiertas todas las tiendas en el centro, pero algunos de los museos que tengo que visitar están cerrados por obras o no abrirán hasta el martes. Por la Gran Vía, en dirección a Cibeles, el cielo está tan oscuro que la tormenta es inevitable. Y empieza a llover tanto que algunas calles aledañas, abarrotadas de gente un momento antes, ahora se han quedado vacías.

Nos acercamos al teatro para ver Los miserables, pero las únicas localidades que quedan son de visibilidad reducida. Yo soy muy comodón para estas cosas, así que prefiero no entrar. Mejor seguir paseando por la ciudad. Aunque llueva o haga frío.

Mañana será otro día.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011