Contestaba el otro día a un cuestionario que me envió el crítico y escritor Pedro Domene para la revista Cuadernos del Sur. La primera pregunta era, más o menos, cuánto he aprendido en estos años que llevo escribiendo. Mucho, respondí, lacónico, en lo literario y en lo personal. Colgaré aquí la entrevista cuando se publique, pero ahora que ando terminando nueva novela, y que hace diez años, justo por estas fechas, estaba arremangado hasta los codos escribiendo La clave Pinner, es cierto que yo también me he preguntado más de una vez si he aprendido algo durante todo este tiempo. El caso es que de vez en cuando se ponen en contacto conmigo escritores que no han publicado o están a punto de hacerlo y me piden consejos para acometer una novela, para publicar, si merece la pena participar en concursos. Cosas así. Que algunas personas quieran saber mi opinión sobre estos asuntos nunca dejará de producirme perplejidad. A lo mejor es que me estoy haciendo viejo... Pero supongo que no está de más poner aquí lo que pienso sobre unas cuantas cosas que tienen que ver con el trabajo de escritor, más o menos.
Vaya por delante que no son consejos. Quienes me conocen saben que no soy dado a darlos. Pienso en voz alta. Simplemente. Nadie está obligado a leerlos. Algunas cosas las sabía o las intuía cuando empecé a escribir. Otras las he ido descubriendo poco a poco.
Lo primero que uno debe saber, creo, y tal vez lo principal, es que escribir no es importante. Quiero decir que en la vida hay cosas mucho más importantes. No acabo de creerme a esos escritores que afirman que escribir para ellos lo es todo, que es lo mejor que se puede hacer en la vida. A veces son los lectores los que te lo dicen, convencidos de que te están halagando. Para quitarle hierro a la cuestión yo siempre digo, y los lectores de esta bitácora lo saben, que una de las cosas que más me gustan de este oficio es que puedes trabajar descalzo. Escribir está muy bien, desde luego, si es tu vocación, e incluso así hay veces que terminar una página se convierte en una tortura, pero no creo que sea un oficio más importante que el de barrendero el de electricista o el de fontanero. Y lo digo de verdad. Pero, para bien o para mal, la de escritor es una profesión muy prestigiada socialmente. Y a mí eso siempre me inquieta un poco. Sé que al entrar en este blog (y supongo que quienes suelen visitarlo son mis lectores) a algunos les puede parecer lo contrario, pero, si soy sincero, que cuando te encuentras con tus amigos tarde o temprano tu trabajo acabe siendo el centro de la conversación me desagrada bastante. Y con quienes no son tus amigos, también. Son momentos incómodos. Si no hablas de tu trabajo puedes parecer antipático o distante y, si lo haces, porque es lo que se espera de ti o porque la conversación se dirige hacia esos asuntos aunque no quieras, es difícil no quedar como un engreído o un idiota.
En fin. Puede que escribir sea importante. Pero no hay que darle importancia. 
Otra cuestión intrínseca al oficio de escritor es la incertidumbre. Incertidumbre respecto al pasado, al presente y al futuro. Nunca estás seguro de si lo que has escrito o publicado en realidad merece la pena o podrías haberlo hecho mejor, si en lugar de haberlo publicado en esta editorial en lugar de en aquella o presentado a este premio en lugar de a ese otro habrías tenido más o menos lectores. Cuando estás trabajando en una novela es imposible saber si a alguien le gustará: primero a un editor, luego a los lectores. Por eso creo que lo mejor es nunca pensar en eso, no dejar que te condicione ni que te dirija. Hacer lo que tú creas oportuno porque, al cabo, una de las mejores cosas que tiene este trabajo es que, mientras estás escribiendo, eres el único responsable de lo que pase en las páginas de tu libro. Tampoco está mal escuchar a los demás, pero no demasiado. Ya sabéis eso de las opiniones, que son como los culos. Cada uno tiene la suya... Yo suelo dejar los originales de mis libros a unas cuantas personas de mucha confianza para que me den su parecer. Pero nunca lo hago, o casi nunca, hasta que he terminado la historia como yo creía que debía terminarla. Siempre estaré en deuda con quienes leen mis manuscritos, porque una de las cosas más tediosas que se me ocurren es tener que leer el borrador de otro escritor. Y admiro y compadezco a los editores por eso. Ah, y una cosa más sobre esta cuestión: a ser posible, es mejor no pedir nunca la opinión de un escritor o un crítico sobre lo que has escrito. Los autores, por regla general, tenemos el colmillo retorcido y estamos demasiado condicionados por nuestra propia manera de escribir. Lo mejor siempre será un lector medio, que os diga si le ha gustado, si se lo ha pasado bien o si se ha aburrido o ni siquiera ha podido pasar de la tercera página. Eso siempre será mejor que darle tu libro a cualquier amargado con el cajón del escritorio lleno de novelas inéditas porque el mercado editorial, tan injusto con ellos y tan generoso con quienes publican sin merecerlo, los ignora. Alguien así solo podrá hacerte bostezar con un rollo sobre las oraciones subordinadas o la conveniencia de poner una docena de adjetivos rebuscados en cada frase.
Creo que se me han quedado muchas cosas por escribir. Pero por hoy está bien. Lo mejor será una segunda entrega sobre este asunto. Ya veremos.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2011
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