Para manejarse por este blog y no perderse

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martes 29 de marzo de 2011

Unas cuantas cosas que he aprendido

Contestaba el otro día a un cuestionario que me envió el crítico y escritor Pedro Domene para la revista Cuadernos del Sur. La primera pregunta era, más o menos, cuánto he aprendido en estos años que llevo escribiendo. Mucho, respondí, lacónico, en lo literario y en lo personal. Colgaré aquí la entrevista cuando se publique, pero ahora que ando terminando nueva novela, y que hace diez años, justo por estas fechas, estaba arremangado hasta los codos escribiendo La clave Pinner, es cierto que yo también me he preguntado más de una vez si he aprendido algo durante todo este tiempo. El caso es que de vez en cuando se ponen en contacto conmigo escritores que no han publicado o están a punto de hacerlo y me piden consejos para acometer una novela, para publicar, si merece la pena participar en concursos. Cosas así. Que algunas personas quieran saber mi opinión sobre estos asuntos nunca dejará de producirme perplejidad. A lo mejor es que me estoy haciendo viejo... Pero supongo que no está de más poner aquí lo que pienso sobre unas cuantas cosas que tienen que ver con el trabajo de escritor, más o menos.

Vaya por delante que no son consejos. Quienes me conocen saben que no soy dado a darlos. Pienso en voz alta. Simplemente. Nadie está obligado a leerlos. Algunas cosas las sabía o las intuía cuando empecé a escribir. Otras las he ido descubriendo poco a poco.

Lo primero que uno debe saber, creo, y tal vez lo principal, es que escribir no es importante. Quiero decir que en la vida hay cosas mucho más importantes. No acabo de creerme a esos escritores que afirman que escribir para ellos lo es todo, que es lo mejor que se puede hacer en la vida. A veces son los lectores los que te lo dicen, convencidos de que te están halagando. Para quitarle hierro a la cuestión yo siempre digo, y los lectores de esta bitácora lo saben, que una de las cosas que más me gustan de este oficio es que puedes trabajar descalzo. Escribir está muy bien, desde luego, si es tu vocación, e incluso así hay veces que terminar una página se convierte en una tortura, pero no creo que sea un oficio más importante que el de barrendero el de electricista o el de fontanero. Y lo digo de verdad. Pero, para bien o para mal, la de escritor es una profesión muy prestigiada socialmente. Y a mí eso siempre me inquieta un poco. Sé que al entrar en este blog (y supongo que quienes suelen visitarlo son mis lectores) a algunos les puede parecer lo contrario, pero, si soy sincero, que cuando te encuentras con tus amigos tarde o temprano tu trabajo acabe siendo el centro de la conversación me desagrada bastante. Y con quienes no son tus amigos, también. Son momentos incómodos. Si no hablas de tu trabajo puedes parecer antipático o distante y, si lo haces, porque es lo que se espera de ti o porque la conversación se dirige hacia esos asuntos aunque no quieras, es difícil no quedar como un engreído o un idiota.

En fin. Puede que escribir sea importante. Pero no hay que darle importancia.

Otra cuestión intrínseca al oficio de escritor es la incertidumbre. Incertidumbre respecto al pasado, al presente y al futuro. Nunca estás seguro de si lo que has escrito o publicado en realidad merece la pena o podrías haberlo hecho mejor, si en lugar de haberlo publicado en esta editorial en lugar de en aquella o presentado a este premio en lugar de a ese otro habrías tenido más o menos lectores. Cuando estás trabajando en una novela es imposible saber si a alguien le gustará: primero a un editor, luego a los lectores. Por eso creo que lo mejor es nunca pensar en eso, no dejar que te condicione ni que te dirija. Hacer lo que tú creas oportuno porque, al cabo, una de las mejores cosas que tiene este trabajo es que, mientras estás escribiendo, eres el único responsable de lo que pase en las páginas de tu libro. Tampoco está mal escuchar a los demás, pero no demasiado. Ya sabéis eso de las opiniones, que son como los culos. Cada uno tiene la suya... Yo suelo dejar los originales de mis libros a unas cuantas personas de mucha confianza para que me den su parecer. Pero nunca lo hago, o casi nunca, hasta que he terminado la historia como yo creía que debía terminarla. Siempre estaré en deuda con quienes leen mis manuscritos, porque una de las cosas más tediosas que se me ocurren es tener que leer el borrador de otro escritor. Y admiro y compadezco a los editores por eso. Ah, y una cosa más sobre esta cuestión: a ser posible, es mejor no pedir nunca la opinión de un escritor o un crítico sobre lo que has escrito. Los autores, por regla general, tenemos el colmillo retorcido y estamos demasiado condicionados por nuestra propia manera de escribir. Lo mejor siempre será un lector medio, que os diga si le ha gustado, si se lo ha pasado bien o si se ha aburrido o ni siquiera ha podido pasar de la tercera página. Eso siempre será mejor que darle tu libro a cualquier amargado con el cajón del escritorio lleno de novelas inéditas porque el mercado editorial, tan injusto con ellos y tan generoso con quienes publican sin merecerlo, los ignora. Alguien así solo podrá hacerte bostezar con un rollo sobre las oraciones subordinadas o la conveniencia de poner una docena de adjetivos rebuscados en cada frase.

Creo que se me han quedado muchas cosas por escribir. Pero por hoy está bien. Lo mejor será una segunda entrega sobre este asunto. Ya veremos.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2011

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miércoles 23 de marzo de 2011

Veinte años no es nada

La semana pasada cumplió mi sobrino veinte años, y cuando miro hacia atrás no me queda otra que reconocer que para mí es como si no hubiera pasado el tiempo. Me pasa con casi todo. Echo la vista atrás y ya recuerdo cosas de hace casi cuatro décadas, y es raro, porque yo sigo pensando que aún tengo la misma edad que tenía cuando nació mi sobrino, casi la misma que él tiene ahora; el día que llevé a su abuela, mi madre, al hospital porque su madre, mi hermana, se había puesto de parto. Parece que fue ayer cuando nació, pero mi sobrino ahora es un virtuoso de la guitarra, lleva un pendiente, y a regañadientes me pide permiso para fumar cuando estoy delante, por respeto o por costumbre. Qué raro es todo esto, le decía el otro día a mi sobrino, porque para mí es como si no hubiera pasado el tiempo, y a veces tengo que darme pellizcos para recordar que ya no soy un chaval, que jamás volveré a serlo. Y tampoco estoy seguro de haber aprendido muchas cosas o de haber alcanzado eso que llaman madurez, lo que se supone que tenemos, o debemos tener, los adultos. Quizá el paso del tiempo lo único que significa es que cada vez tenemos más responsabilidades, por la vida que se complica aunque no queramos, porque tienes que ir tomando el relevo. O tal vez cumplir años también sea ir desprendiéndote de lo que no te importa o te molesta, eliminar lo accesorio, centrarte solo en unas cuantas cosas que te complacen y evitar, en la medida de lo posible, las cosas que no te gustan y la gente que te incomoda.

Pero al ver hacerse mayores a los que vienen detrás uno termina siendo consciente del paso del tiempo, implacable. Veinte años no es nada, decía el tango, creo que para salvar el abismo entre dos personas que se aman y nacieron con dos décadas de diferencia. Yo también creo que veinte años no es nada, pero no por el mismo motivo del tango, sino porque la vida se pasa enseguida, sin que nos demos cuenta, y bastará un parpadeo para pasen otros veinte años y mi sobrino tenga la misma edad que yo tengo ahora.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2011


www.twitter.com/aperezdominguez

martes 15 de marzo de 2011

Disciplina

Hace poco tiempo muchos habíamos comentado las primeras secuencias de la última película de Clint Eastwood, Más allá de la vida, la sobrecogedora y realista recreación del maremoto en el oceáno Índico de diciembre de 2004, pero la realidad siempre sorprende, asusta más cuando uno se da cuenta de que lo que parecía ficción en realidad no es más que una posibilidad tangible, incluso una premonición. Todavía estamos aturdidos pero quizá también saturados de las imágenes del tsunami en Japón, y ahora toca especular con la radiación y con las réplicas del terremoto, pero después de haber visto tantas fotografías espeluznantes y tantas imágenes que me gustaría que las hubieran sacado de cualquiera de esas películas apocalípticas que rara vez soporto, lo que más me llama la atención en los telediarios es lo que no sale, simplemente, porque no está sucediendo: no hay disturbios en Japón a pesar de que el ánimo y el sufrimiento justificarían que hasta el más calmado perdiera los nervios o que al menos levantase la voz. Hasta donde yo sé, no ha habido el menor intento de saqueo aunque mucha gente haya abandonado sus casas por miedo al océano que corre tierra adentro destrozando todo lo que encuentra a su paso. Veo las colas de la gente mientras distribuyen alimentos, y admiro su silencio, su entereza, y sobre todo su disciplina. Para cualquiera que haya sentido curiosidad o admiración desde hace muchos años por la cultura japonesa esta actitud no resulta una novedad, pero ver ahora la disciplina sin fisuras de los japoneses después de la tragedia te deja boquiabierto. Nadie tiene dudas de que esta gente saldrá adelante aunque vengan más tsunamis. Basta verlos hacer cola mientras esperan que les repartan alimentos para saber que son invencibles.

Desde hace unos cuantos años está de moda viajar a China. Yo aún no me he decidido. Me da un poco de pereza. Sin embargo siempre me ha atraído más conocer Japón, aunque me quede un poco más lejos.

Cada vez tengo más ganas.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2011

domingo 13 de marzo de 2011

Un notable ejercicio narrativo

Eso es lo que dice Luis Vea García sobre El violinista de Mauthausen en la web La biblioteca imaginaria. Aprovecho para agradecerle sus palabras amables y colgar su reseña en mi blog.

Aparte de la cubierta del libro, las fotos que ilustran el texto corresponden a mi última visita al campo de exterminio, en noviembre de 2009. En un par de ellas aparece la famosa Escalera de la muerte. Los lectores de la novela la reconocerán enseguida.

"Andrés Pérez Domínguez es un autor archiconocido entre los que se presentaban y ganaban concursos literarios, por eso no es tan extraño que conquistase el XII Premio de novela Ateneo de Sevilla tomando el relevo al también andaluz Félix J. Palma.

No es la presente la típica novela sobre la Segunda Guerra Mundial, aunque el trasfondo de la guerra fundament e lo que sucede en la trama. Tampoco es la clá sica novela sobre los campos de concentración aunque el que uno de sus personajes esté cinco años en Mauthausen determina lo que ocurre. Ni tan siquiera es la tan vista historia de nazis

porque el supuesto nazi protagonista no es tal. En fin, una vez rotos los tópicos, El violinista de Mauthausen es literariamente un notable ejercicio narrativo en el que unos personajes principales muy bien trazados hacen no sólo creíbles, sino cercanos cada uno de los acontecimientos que transcurren en sus azoradas vidas.

La historia está construida sobre la base de una interacción de cuatro personajes fundamentales. En primer lugar Rubén Castro, refugiado político de la guerra de España en París y pareja de Anna Cavour, profesora de alemán con descendencia mitad francesa y mitad alemana. A ellos hay que añadir dos más, Robert Bishop, espía de la OSS norteamericana y Franz Müller, alemán y alguna cosa más. La trama avanza y retrocede por las vidas de estos cuatro personajes desde París hasta Berlín, desde Salzburgo hasta Mauthausen y las desgracias de tres de ellos, Franz, pero, sobre todo Anna y Rubén, parecen no tener fin.

Andrés Pérez Domínguez, al que ya había tenido ocasión de leer en La clave Pinner, traza un relato a caballo entre una historia de amor, una historia de espías, una historia bélica, una historia trágica… Va saltando de género en género torciéndolos todos ellos en pro de un argumento que nos lleva de un lado a otro, de un lugar a otro, de un personaje a otro. Es magistral el dominio de la narración que tiene el autor y que pone en marcha en una novela con un esquema muy bien trazado y roto en diversos pedazos para ser montado en un orden que puede parecer aleatorio pero que no es tal. Quizá sólo habría que objetar una cierta caída de la tensión en el tercer cuarto de la misma para volver con un final trepidante que no desvelaremos pues va trazando zigzags hasta sorprender.

Tal vez el personaje que más nos toca el corazón es Rubén, por ser llevado a un campo de concentración. Aconsejo la lectura pausada del capítulo sobre las penurias que pasa en un vagón de tren, da la impresión de que el propio autor haya viajado en uno de esos vagones de carga para ganado al describir con tanto acierto lo que pasa por las mentes de los que son conducidos al desastre. Al final de la historia también me sorprende la actitud del propio Rubén cuando, tras ser liberado del campo (no voy a descubrir mucho más), razona del siguiente modo tal y como aparece en la página 449: Yo debía estar muerto.

No hace mucho tuve ocasión de reseñar otro libro que habla más directamente de lo que ocurrió en los campos de concentración, en este caso en Auschwitz. Se trata de El mal absoluto de José Luis Muñoz. Ahí se centra bastante más en las torturas y barbaridades que se cometieron. No es, sin embargo, lo que sucede en El violinista de Mauthausen aunque comentaba la frase extraída de la página 449 porque coincide con la actitud de Yehuda Weiss, víctima de los campos de concentración en la historia narrada por José Luis Muñoz.

Para aquellos que puedan estar interesados el año pasado apareció una edición ilustrada de El violinista de Mauthausen en donde se puede seguir con precisión fotográfica la historia.

No voy a añadir nada más sobre esta narración que el autor confiesa que creó a partir de una imagen que captó en una estación de metro en Viena. Una pareja de bailarines que bailaba en su andén sin música. Por cierto, descubra el lector el porqué del título de la novela pues constituye uno de los motivos que une a sus personajes y cierran la trama."

martes 8 de marzo de 2011

La crisis de la ira

No sé a ustedes, pero a mí cada vez me interesa menos la política. No es que no sea importante. Lo es, y mucho. Para ser sincero, los que cada vez me interesan menos son los políticos. Hace años, uno que mandaba decía que España iba bien, y los otros, los que no mandaban, enseguida lo contradecían porque no estaban de acuerdo. Hasta hace no mucho, el que ahora manda hacía como si la palabra crisis, con sus seis letras, no existiera en los diccionarios, y ahora aunque se muestra tan convencido de su capacidad para sacar las cosas adelante, da la sensación de que ni siquiera los que están más cerca de él se atreven a afirmar con la misma rotundidad sus argumentos. Mientras tanto los otros, los que antes mandaban, en lugar de dar soluciones parece que prefieran frotarse las manos mientras esperan a que les llegue el turno, como el equipo de fútbol que sabe que para ganar la eliminatoria le basta con aguantar el balón hasta que el árbitro pite el final del partido. Y entre ellos, entre los que mandan ahora y antes no mandaban y los que antes mandaban y ahora no mandan, la gente de la calle, como ustedes, como yo mismo, sentados en la grada esperando que el partido, aburrido y sin goles, acabe de una vez.

La cosa está muy mal, y me da la sensación de que todavía se tiene que poner peor. No me creo lo de los brotes verdes ni ninguna fecha en la que algunos iluminados atrevidos se aventuran a vaticinar como la del final de la crisis. Y a lo mejor es que esto ni siquiera es la crisis, sino algo que a la mayoría les da miedo reconocer: puede que esta sea la realidad, lo normal, aunque nos cueste aceptarlo, y todo lo que hemos vivido hasta ahora no haya sido más que un espejismo. Es tan triste de ver como de aceptar. Viajar por España y en los mejores sitios de cualquier ciudad encontrar las fachadas de los edificios y los locales adornadas con carteles enormes que anuncian traspasos, ofertas o urgencias de venta, como las ruinas de un pasado glorioso que parece que jamás volverá a ser igual.

Cuando estoy escribiendo acostumbro a leer novelas que no tengan nada que ver con mi trabajo, para distanciarme, porque me oxigena. No sé. Estoy estos días con Steinbeck y Las uvas de la ira. Qué curioso y qué admiración me produce leer una novela escrita hace más de setenta años, por un escritor norteamericano, que sucede en un lugar tan alejado de mi país, y que cada página me haga pensar que la historia de Tom Joad y su familia, la de todas las familias a las que la Gran Depresión empujó desde los campos de Oklahoma hasta el falso sueño de California ―los sueños acostumbran a ser falsos o son espejismos cuando uno está desesperado―, sea tan parecida a la de mucha gente ahora.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2011