Para manejarse por este blog y no perderse

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martes 26 de abril de 2011

Unas cuantas cosas que he aprendido (III): El desapego

Es lo que más extraño encuentran los lectores cuando se lo cuentas, pero a mí me pasa desde hace varios libros. No sabría decir cuál. Al principio uno está enfermo de literatura, de ficciones, y la idea confusa que tiene del oficio se asemeja a la de un tipo obsesionado con su trabajo. Tampoco creo que yo haya sido uno de estos. Por lo menos no tengo esa sensación. Pero sin que uno pierda el placer o la pasión por contar historias, llega un momento en que te das cuenta de que la distancia entre lo que escribes y tu propia vida es tan saludable como necesaria.

Alguna vez lo he hablado con amigos escritores. ¿No te pasa que cuantos más libros escribes la distancia que mantienes entre las horas que estás sentado jugando a imaginemos y las otras, en las que vives, es cada vez mayor? Eso es oficio, me decía un escritor hace poco. Tal vez. Es inevitable que una buena idea te sorprenda lejos de tu escritorio. Es más, las mejores cosas se te ocurren paseando, viendo la tele, tumbado en la cama, montando en bicicleta o mientras te estás duchando. Es como encontrar algo que has perdido por casualidad, cuando ya has dejado de buscarlo. Cuando no llevas mucho tiempo escribiendo cuesta aceptarlo, pero lo mejor es no obesionarse, dejar descansar la mente y hacer otra cosa.

Una de las preguntas que más veces me han formulado los lectores de El violinista de Mauthausen ha sido lo duro que me habrá resultado escribir algunos pasajes. Cada vez que he escuchado esta pregunta he pensado que el lector se iba a sentir un poco desilusionado con mi respuesta. No ha sido más duro que escribir una página en la que hay una persecución o más complicado que una escena de amor. Sé que puede parecer raro, pero el escritor tiene que mantener una distancia prudente con su libro si no quiere dejarse llevar por la emoción. Porque escribir es, en parte, dejarte llevar, pero también es controlar los impulsos y no soltar las riendas para que el resultado final se parezca a lo que quieres.

No sé si otros escritores opinarán lo mismo. Pero yo creo que la distancia, o cierto desapego, contribuyen a que una novela esté bien contada.

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© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2011

domingo 17 de abril de 2011

¡Copiad, malditos!

Acaban de emitir en la 2 de TVE un documental sobre las descargas en Internet: ¡Copiad, malditos! No ha estado mal, aunque podría haber estado mucho mejor. Me hubiera gustado saber qué opinan más autores. A Lorenzo Silva lo entrevistaron para el programa, pero apenas sale unos segundos. Sin embargo, la entrevista a Lorenzo Silva, que podéis ver completa pinchando en el enlace que está al final de esta entrada, en mi opinión resulta mucho más interesante que todo el documental. En esta bitácora he hablado hasta aburrir de la piratería, pero después de escuchar a Lorenzo, me parece que no hay nada más que añadir. Se puede decir más alto, pero no más claro, y tampoco se puede decir mejor, creo. Echadle un vistazo. Os aseguro que merece la pena.


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martes 12 de abril de 2011

Unas cuantas cosas que he aprendido (II)

Más cosas.

Hay que estar preparado para el rechazo. En realidad, que la editorial donde estás convencido de que tus libros deberían publicarse no quiera arriesgarse contigo y a lo mejor ni siquiera te conteste un año después de haberle mandado una novela no tiene por qué significar nada. Si tienes la paciencia necesaria o eres lo bastante inconsciente como para dedicarte a escribir, a lo mejor un día son los editores los que se te insinúan, así, por las buenas, como si hubieras vuelto a la adolescencia. Oye, tenía muchas ganas de saludarte. Hace tiempo que te sigo. ¿No tendrás nada para publicar con nosotros? Eso no significa que te vayan a publicar, igual que si la chica de tus sueños te llamaba un día para quedar cuando eras un adolescente tampoco quería decir que te la fueras a llevar al huerto, pero al menos te quedas un rato con el ceño fruncido, como si algo hubiera cambiado mientras andabas con la nariz metida entre las páginas de tu próximo libro.

Es cuestión de tiempo, y de tozudez. Salvo contadísimas excepciones, aquí no valen los pelotazos, y casi siempre, si es que se da el éxito repentino, es el resultado de muchos años de trabajo y de cabezazos contra una pared que nunca termina de romperse. Ya sé que enseguida se os vendrán a la cabeza unos cuantos nombres a los que el éxito parece haberles llegado de golpe, sin esperarlo, sin desearlo quizá. Pero esa es la excepción, y no la norma. Y la excepción siempre llama más la atención. Así es la vida.

Luego están las críticas. Uno quisiera que sus libros le gustaran a todo el mundo, pero eso es imposible. Para gustos, colores. Y lo mejor es darle la misma importancia a las buenas críticas que a las malas. Quiero decir que no hay que darles demasiada importancia. Por alguna razón, tal vez por eso que en psicología se llama el síndrome del impostor, tendemos a creer que solo las malas críticas de nuestros libros son las que dicen las verdad, pero no es cierto. Vaya por delante que el corporativismo nunca ha sido lo mío, y si hay algo que me gusta de este oficio es la posibilidad de ir siempre a tu aire, pero sí he encontrado siempre de mal gusto cuando los escritores se meten a críticos y ponen a parir el trabajo de un colega. Yo creo que no se debe ser juez y parte. Alguna vez he reseñado algún libro para un suplemento, pero siempre ha sido porque me lo han pedido o por un compromiso, pero no acaba de gustarme. Tengo mis filias y mis fobias, como todo el mundo, pero jamás he escrito una sola línea en contra de un libro ni he utilizado un medio de comunicación para poner a parir públicamente el trabajo de un colega. Durante años he llevado una sección de libros en un programa de radio, y la única condición que puse a mi amigo Cristóbal Cervantes antes de empezar fue hablar siempre bien de los libros, que mi función fuera recomendar los libros que me gustaran o los que pensaba que podrían gustar a los oyentes. ¿Que he recomendado a los oyentes libros que no me han gustado o que no me interesaban? Por supuesto, muchísimas veces, pero es que lo que no me guste a mí no tiene por qué no gustar a los demás, o al revés...

Quería decir con toda la parrafada anterior, que el de los escritores es un gremio muy complicado, y que me ha costado aprender algo que más de uno me había advertido: que aquí no se viene para hacer amigos. ¿Tengo amigos escritores? Pues sí, unos cuantos, y a algunos los aprecio profundamente. Pero no son amigos porque sean escritores, sino por esa razón inexplicable por la que te caen bien unas personas y otras no. Y a los demás les pasa lo mismo contigo, claro.

En fin, que se me ocurrieron unas cuantas cosas el otro día a raíz de una entrevista y quise ponerlas aquí. Podría seguir hasta aburrirme, y aburriros... Ya veremos si más adelante sigo con esta minisección.

O no...

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2011

jueves 7 de abril de 2011

La sana ignorancia

Muchas veces siento como si viviera en un mundo paralelo al que no llegan ni las noticias sobre los nuevos cantantes que se han hecho famosos sin que yo me entere ni lo que pasa en la política. Con los artistas de la canción es como si yo estuviera siempre pendiente de otra cosa; y con los políticos, lo que me pasa es que hace ya mucho tiempo que me cansé de recordar sus nombres, y casi siempre, por desgracia, de escuchar lo que dicen o prometen alegremente. Más de una vez he acudido a una entrevista con la mosca detrás de la oreja porque sé que me van a preguntar mi opinión sobre las facturas falsas del ayuntamiento de Sevilla, por las setas de la plaza de la Encarnación o el oportunismo de las obras en periodo electoral. Algunos periodistas piensan que no quiero mojarme, pero la única verdad es que no me interesa.

No debería ser así, pero hace mucho que dejé de escuchar lo que dicen los políticos. Y no es nada personal, pero no me creo a ninguno. De alcalde para abajo, apenas sé el nombre o soy capaz de reconocer la cara de algún concejal sevillano, y la información local me aburre tanto como la vida sexual de los caracoles; y como me interesa más lo que ocurre en Libia o en Japón que lo que sucede en Sevilla o en mi pueblo, suelo pasar sin detenerme las páginas de los periódicos en las que se habla de los ayuntamientos, sobre todo ahora que hay elecciones.

Y aunque los políticos locales rara vez aparecen en la portada de un suplemento dominical, con los cantantes no sucede lo mismo. El otro día, echando un vistazo al suplemento del ABC, no pude evitar enterarme de que hay un cantante llamado Justin Bieber que es el ídolo de las adolescentes. Parece que el tal Justine Bieber, de quien yo no había escuchado hablar en mi vida, tiene catorce años y es una máquina de fabricar dinero y de provocar desmayos entre las jovencitas. Cuando aparece un fenónemo de estos siempre me quedo igual de perplejo como si tuviera un encuentro con un extraterrestre.

Tengo que preguntarle a mi sobrina, que a primeros del otoño cumplirá quince años y le encanta Mario Casas, si le gusta este tal Justin Bieber del que yo nunca había escuchado hablar y del que a lo mejor he tarareado alguna canción sin saberlo. Pero confieso que, aunque suelo estar al día de las películas que se estrenan o están por venir -o de los libros que se publican o están por publicarse-, siempre he sido algo más que un poco impermeable a la música. Disfruto con algunos cantantes y algunos grupos, pero la mayoría de ellos ya no existen, se han jubilado o están a punto de hacerlo. Qué curioso que con los políticos me pase más o menos igual: también me gustaban más los de antes. Y de la misma manera que procuro practicar esta sana ignorancia respecto a nombres y cargos de políticos actuales, no me da vergüenza decir que antes del Mundial de Sudáfrica no había visto jamás la cara ni los movimientos voluptuosos de las caderas de Shakira. Hace pocos años, mi sobrina se reía cuando le decía que no tenía ni idea de quién era la cantante que ahora se echado por novio a Piqué. Ahora, cuando le pregunte por ese tal Justin Bieber lo mismo tampoco puede detener las carcajadas. Seguro que ella no sabe los nombres ni los cargos ni está al corriente de las promesas electorales de los políticos y no se habrá enterado de que los parlamentarios europeos solo son capaces de ponerse de acuerdo para mantener sus privilegios a la hora de viajar en Bussiness. Ni falta que le hace. Si yo tuviera su edad y llevase en la carpeta la foto de mi actriz o mi cantante favorita, tampoco perdería el tiempo en enterarme de lo que los del PP y los del PSOE dicen en el telediario.

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© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2011

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2011

lunes 4 de abril de 2011

Estudiantes

En noviembre pasado tuve un encuentro con los chavales del instituto de Aracena, en Huelva. Ya lo conté por aquí en su día. Hace poco me escribía Rubén Contreras, uno de los estudiantes, y me decía que había empezado La clave Pinner, se enganchó irremediablemente y la terminó en dos días. Siempre digo, y eso lo sabéis quienes me conocéis, que el mayor halago que alguien me puede hacer es que no ha podido soltar un libro mío, aunque no sepa por qué (en realidad, lo mejor es no saber nunca por qué). Pero escuchar esto de un adolescente, que además añade que no acostumbra a leer salvo por obligación, es doblemente gratificante. Al leer el comentario de Rubén, que, además, es tocayo del protagonista de El violinista de Mauthausen, me he acordado de que quería colgar en el blog una entrevista que me hicieron hace poco dos alumnas del Instituto Cauca Romana, de Segovia. Al releerla ahora, me percato de que he contado algunas cosas sobre las lecturas de mi adolescencia que no había contado nunca públicamente. Tal vez los más jóvenes tienen esa capacidad, aunque no lo sepan, que no te dejan otra opción que ser totalmente sincero...


P. En qué grado crees que influyó tu entorno familiar en tu pasión por la lectura? ¿Y tus profesores? ¿Recuerdas especialmente a alguno de estos últimos?

R. En mi casa siempre hubo libros, así que tuve donde escoger. No es que tuviéramos una biblioteca extensa, pero mis padres eran, y son, muy lectores. Pero no estoy muy seguro de hasta qué punto puede influir eso. También hay familias con bibliotecas inabarcables en las que los niños no tienen afición a la lectura. Depende de cada caso, supongo. A mí me gustaba mucho leer de pequeño. Y disfrutaba con los tebeos, las novelas o los libros de Historia.

P. Puede que si sólo me hubiera acercado a la libros mediante las lecturas obligatorias del colegio, no habría llegado a ser el lector que fui de adolescente. Mi formación como lector fue intuitiva, curiosa. Tuve la suerte de descubrir a Stevenson y a Dumas siendo muy jovencito.

Guardo en mi biblioteca un ejemplar de 1984, de Orwell, que me regaló un profesor. Muchos años después le mandé unos cuantos libros míos dedicados. Era una manera de devolverle aquel regalo que me hizo, más los intereses...

P. ¿Qué tipo de libros leías de pequeño? ¿Y durante tu adolescencia?

R. Leía todo lo que me apetecía, con la ingenuidad y la falta de complejos que pienso que nunca deberían perderse de adulto. De muy pequeño, con seis años, empecé mi colección de tebeos de El guerrero del antifaz, el que puede que haya sido mi héroe favorito de tebeo. También me gustaban El capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, Astérix, y los superhéroes norteamericanos, claro: Spiderman, Batman, Supermán... Además, me gustaba mucho dibujar, y al mismo tiempo que devoraba las historias también copiaba los rasgos de los personajes en un papel. El dibujo es una afición que no he perdido del todo.

Con nueve años leí mi primer libro sin ilustraciones: La flecha negra, de Stevenson, e inmediatamente después, lo recuerdo, Los tres mosqueteros, de Dumas. Desde entonces no recuerdo una sola etapa de mi vida en la que no me haya acompañado algún libro. Leía todo lo que me apetecía, de un extremo a otro: El Padrino, de Mario Puzo, a los once años; El espía que surgió del frío, de Le Carré, Odessa, de Forsythe y La máquina del tiempo, de Wells, a los trece; Papillon, de Henri Charriere, El quinto jinete, de Dominique Lapierre y Larry Colins; Gorky Park, de M.C. Smith y El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald a los 14; El factor humano, de Graham Greene, a los quince; la incomparable serie Fundación, de Asimov, y 1984, de Orwell, a los dieciséis. El nombre de la rosa, de Umberto Eco, a los diecisiete... Fue la primera vez en mi vida en la que me zampé las últimas doscientas páginas de un libro en un día. Al escribirlo ahora es como recordar momentos muy precisos de felicidad. Hay muchos más libros y la lista sería interminable, pero así, de memoria, me acuerdo de estos.

P. ¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser escritor? ¿Cuál fue el primer texto que escribiste del que aún te sientes especialmente orgulloso? ¿Qué consejos darías a los jóvenes que tienen vocación literaria? ¿Y a sus profesores? ¿Piensas que se promociona lo suficiente la lectura entre los estudiantes?

R. Convertirte en escritor no es el resultado de una iluminación. Al menos yo no me levanté un día y me dije que quería ser escritor. Es un proceso largo, que te va sucediendo a la par que vas viviendo. En mi familia no hay escritores, y antes de ponerme a rellenar folios no conocía a ningún escritor. Para mí era una profesión tan ajena y tan extraña como la de astronauta, y aunque durante muchos años pensé, como estoy seguro de que le pasa a mucha gente, que me gustaría escribir un libro algún día, nunca llegué a planteármelo en serio. Una vez escribí un relato, pero no le di mucha importancia. Ni siquiera se lo enseñé a nadie, y no volví a pensar en ello. Aún tardé otro par de años en escribir otro. Lo hice cuando me apeteció. Y luego otro, y otro, y cada vez se acortaban más los tiempos entre un texto y el siguiente, hasta que un día decidí que tenía que dedicarle al menos un par de horas al día a sentarme a escribir historias para averiguar si eso podría llevarme a alguna parte. Llegó un momento en el que tenía bastante material acumulado, y no sabía qué hacer con él. Empecé a participar en certámenes de narrativa corta, y tuve la suerte de ganar bastantes. Luego llegó una novela, y otra, y otra... Y así hasta ahora.

Mi consejo para los jóvenes con vocación literaria es que lean mucho, sin complejos, porque de todo se puede aprender, y que, si de verdad creen en lo que hacen, que no se rindan. A veces las cosas salen bien y a veces mal, pero siempre queda el consuelo de haberlo intentado. Y que escuchen las opiniones de los demás, pero hasta cierto punto: nada vale tanto como el propio instinto.

P¿Nos podría contar alguna anécdota de su época de estudiante? ¿Qué carrera realizó? ¿Cuándo lo decidió? ¿Por qué?

R. No recuerdo ninguna anécdota literaria de mi época de estudiante. Ya digo, no conocí a ningún escritor entonces, y una de las cosas que procuro hacer siempre ahora, cuando me lo piden, es acudir a un instituto para hablar con los estudiantes. Creo que es mi obligación, y además me gusta. Cuando terminé el instituto estaba a punto de matricularme en Geografía e Historia, pero al final estudié Turismo porque pensé que era una decisión más sensata. Hoy no estoy tan seguro. Luego trabajé durante muchos años en mi propia empresa hasta que empecé a dedicarme a esto de juntar letras. Tampoco creo que si hubiera estudiado Literatura o Filología ahora sería mejor escritor. Escribir novelas no tiene mucho que ver con eso, sino con la pasión de contar historias y las ganas de emocionar a tus lectores, entretenerlos, y a lo mejor enseñarles algo.

P. En su novela "El violinista de Mauthausen" y en otras dos novelas más se basa en la Segunda Guerra Mundial para desarrollar la historia. ¿De dónde viene ese interés por esta época?

R. En realidad, la Segunda Guerra Mundial, o más bien los años 30 y 40 del siglo XX, es el marco. Porque la guerra en sí misma no sale en ninguno de mis libros. Me interesa más lo que la rodea: las pasiones, los sentimientos alrededor del conflicto. Sobre todo, lo que hay en esas novelas es una trama que tiene algo que ver con el espionaje, porque eso es muy novelesco, y hace que los libros sean entretenidos. También es verdad, que mirando algunos de los títulos que os he apuntado de mi adolescencia, a nadie extrañará esta tendencia mía a ambientar algunas de mis novelas en torno a una trama de espionaje. Pero insisto, solo algunas. Ni mis cuentos ni mis novelas cortas, que no son tan conocidos por el gran público, tienen nada que ver con esa época ni con el género de espías. Tampoco mi novela El síndrome de Mowgli, que es uno de los libros de los que más orgulloso estoy de haber escrito. Ya digo, siempre escribo de lo que me apetece, sin preocuparme de mucho más.

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