Para manejarse por este blog y no perderse

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domingo 22 de mayo de 2011

FIN

Pues sí. Ya he llegado al final de mi nueva novela, pero eso no quiere decir que esté terminada. El lunes pasado, por la tarde, un año y seis días después de haber escrito la primera palabra, paré la pluma un momento, tomé aire, como si fuera a zambullirme en el agua, y escribí la palabra FIN, así, con mayúsculas. Ahora ando leyéndola con ojos de lector, lo que no es tarea sencilla. Se trata de apuntalar, pulir, corregir, cambiar bloques de sitio, eliminar párrafos que sobran y reescribir otros. Pero lo más complicado ya se ha terminado. Supongo que otros escritores encenderán un pitillo, satisfechos, o abrirán una botella que tienen guardada para la ocasión. No es mi caso, porque ni fumo ni bebo.

Algunos lectores y amigos me han preguntado en Facebook el título, o que les avance algún pasaje. De momento, prefiero no decir nada, salvo que esta novela que ahora estoy corrigiendo tendrá unas 150 páginas más que El violinista de Mauthausen o El factor Einstein (o sea, que, quien tenga intención de leerla, ya puede ir ejercitando los bíceps en el gimnasio...), sucede en 1950 entre Salzburgo, París, Berlín, Barcelona, Madrid y Sevilla, y en la trama aparece un personaje de El violinista de Mauthausen y otro de La clave Pinner. Yo estoy satisfecho con el resultado, y ese es el primer paso, creo, para que a los lectores pueda gustarles. No creo que se publique hasta el año próximo, si no más tarde. Con los libros nunca se sabe. La novela ha sobrevivido a muchos viajes, a una tormenta veraniega que se llevó por delante cerca de trescientas páginas manuscritas; a dos ordenadores, el de sobremesa y el portátil, que se fundieron para siempre; y a bastantes momentos de incertidumbre, los habituales, cuando no puedes evitar preguntarte qué demonios estás haciendo encerrado tantas horas al día en un mundo que no existe más que en tu imaginación. Pero escribir un novela también es igual que llevar un tesoro en tu cabeza durante muchos meses con la ilusión de poder compartirlo algún día con los demás.

De momento puedo enseñar a los lectores de esta bitácora el paisaje de mi mesa de trabajo después de una batalla tan larga: siete cuadernos manuscritos con más de setecientas páginas de mi puño y letra, cuatro cuadernos de notas, mi pluma favorita, dos botes de tinta vacíos, cuatro bolígrafos negros y dos rojos, dos lápices, nueve libros que he manejado para documentarme, y mi portátil nuevo.

Al menos le queda a uno la satisfacción del deber cumplido. Con eso, de momento, ya es bastante.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2011

miércoles 18 de mayo de 2011

Firmas en Sevilla

Hola a todos. Este sábado estaré firmando (o lo que se tercie) en la Feria del Libro de Sevilla.
De 19 a 20, en la caseta de Minerva, y de 20 a 21 en la de Acuario. Si alguien quiere pasarse, ya sabe dónde encontrarme.
Como decían mis queridos lobos de Kipling, buena caza a todos...

martes 10 de mayo de 2011

Entrevista en Cuadernos del Sur

Hace poco me entrevistaba el escritor Pedro Domene para Cuadernos del Sur. Pedro ha reseñado varios libros míos y, desde que leyó mis primeros cuentos publicados, hace ahora diez años, me atrevería a decir que, literariamente, es una de las personas que mejor me conoce. Mis novelas o mis cuentos le habrán gustado más o menos, pero, cada vez que me entrevista o escribe sobre mi obra, me queda la sensación, muy reconfortante, por cierto, de que sabe por dónde van los tiros y acierta de pleno en lo que pretendo cuando me siento a escribir. Eso no es fácil. De hecho, sucede muy pocas veces. Por eso os dejo aquí esta entrevista que me ha gustado mucho ver publicada hace poco en papel.
Gracias, Pedro.
Un abrazo.

Pérez Dominguez, ganador del Ateneo de Sevilla por El violinista de Mauthausen, acumula ya diez años de carrera literaria, de la que expone ahora algunas claves

1) Desde Estado provisional (2001) hasta El violinista de Mauthausen (2009), casi una década de fructífera obra, ¿cuánto lleva aprendido en el camino?

Mucho, la verdad. Tanto en lo literario como en lo personal.

2)Se lo pregunto porque sus primeros textos podrían considerarse “auténticos ejercicios literarios” por su brevedad, ¿es así?

Mis primeros textos fueron más breves, pero sobre todo porque al principio la idea de escribir una novela me imponía demasiado. Pero no quiero decir con eso que escribir relatos cortos sea más sencillo que escribir novelas. Son esfuerzos diferentes, aunque en realidad se trata de sentarte a escribir y hacerlo lo mejor que uno pueda. También necesitaba probarme, saber si lo que hacía podía gustar a los lectores, y encontré una salida muy interesante para lo que escribía en los certámenes literarios. La razón era que no quería pasarme un año, o más, escribiendo una novela sin saber si al final podría siquiera publicarla dignamente. No obstante, antes de La clave Pinner escribí varias novelas cortas y una novela con la misma extesión más o menos que aquella.

3)¿Fue La clave Pinner (2004) su auténtico estreno como narrador consciente de lo que presuponía ser un escritor profesional?

La clave Pinner fue la primera novela mía que se publicó en una editorial comercial. Antes publiqué otros libros que habían ganado premios y fueron editados por las instituciones que los convocaron. Quiero decir que cuando escribí La clave Pinner no sabía siquiera si se iba a publicar. De hecho, tardé tres años en verla en las librerías. Pero el hecho de que se publicara, tuviera muchos lectores y buenas críticas, sí es verdad que supone mi debut en el mercado editorial, y es un libro al que, diez años después de haberlo escrito, le tengo mucho cariño.

4)¿La visión de guerra y el espionaje tienen para usted el suficiente aliciente como para construir todo un monumento literario en torno a ella?

Me interesa sobre todo el espionaje, y más que la guerra en sí misma me gusta la atmósfera de los años treinta y cuarenta. Supongo que la publicación de La clave Pinner condicionó un poco, o bastante, la impresión que tienen muchos lectores de mí como escritor, y también que otras dos novelas mías, El factor Einstein y El violinista de Mauthausen, tienen el espionaje y esa época como telón de fondo. Pero soy un escritor bastante versátil y con varios registros, creo. Y mis otros libros no tienen nada que ver con estos temas, pero es verdad que no son tan conocidos. En realidad, lo que a mí me interesa son los sentimientos, y de eso hablo siempre en mis libros. Por eso exploro mucho la psicología de los personajes. El espionaje y esa época tan interesante y fascinante me permiten también escribir historias que sean entretenidas para los lectores. Para mí es fundamental que un libro sea entretenido, y que emocione a los lectores, y si se puede aprender algo sobre una época determinada, pues mejor que mejor. Y, concretando la respuesta, creo que sí, que se puede construir todo un monumento literario en torno al espionaje.

5)¿Se considera usted, entonces, una aventajado alumno de autores como Greene o Le Carré?

Responder afirmativamente a esa pregunta sería muy pretencioso por mi parte. Dejémoslo en discípulo, o alumno, sin adjetivos, o al menos no debo ser yo quien los ponga. He sido lector de Graham Greene y de Le Carré desde muy jovencito, y supongo que eso me ha formado, de alguna manera, como escritor. Pero también soy lector de Antonio Muñoz Molina, de Stephen King, de Pérez-Reverte, de Carver, de Conrad, de Stevenson, Dumas y de otros muchos escritores. Las lecturas, en mi opinión, deben ser como las dietas. Lo más variadas posibles.

6) La novela El síndrome Mowgli (2008) establece un paralelismo entre el niño criado en la selva por lobos, y Rafael Montalbán, el boxeador que se dedica a dar palizas por dinero, pero es alguien bueno ¿qué pretende ofrecer con esta visión sentimental de un mito?

Esta novela la escribí a partir de una metáfora, algo que no suele ocurrirme. Cuando leí El libro de la selva de pequeño, siempre me quedó la sensación de que el personaje de Mowgli era muy triste: lo crían los lobos, pero cuando se hace mayor tiene que irse de la manada porque lo consideran demasiado inteligente para vivir con ellos. El pobre se va a vivir a una aldea con los hombres pero también tendrá que marcharse porque los de su especie lo consideran un animal, y no le queda más remedio que marcharse solo a la selva. Se me ocurrió el término El síndrome de Mowgli para definir a la gente que, por razones diferentes, no acaba de encajar en ninguna parte. Esta idea surgió muchos años antes de escribir la novela, y el personaje de Rafael Montalbán creo que es la perfecta encarnación de alguien que padece El síndrome de Mowgli. De todas mis novelas, El síndrome de Mowgli es la más personal, y me da mucha alegría cuando alguien se refiere a la metáfora de El síndrome de Mowgli para definir a quien no acaba de encajar en ninguna parte. Es un término que ha acabado calando en la gente. Y lo más divertido es que hay gente que habla de El síndrome de Mowgli sin saber que la idea surge de esta novela.

7) ¿El mundo del boxeo sigue siendo un tema muy literario?

Yo creo que sí, porque habla de la derrota, del fracaso, y de ciertos ambientes muy apropiados para ambientar historias.

8) ¿Cuánto de ambición literaria tiene una novela como El factor Einstein (2008)

Mucha. Creo que es mi novela más ambiciosa. Después de La clave Pinner, escribí El síndrome de Mowgli, y me costó bastante publicarla porque los editores querían una novela en la misma línea de La clave Pinner, pero mientras tanto me enteré de que Albert Einstein estuvo a punto de convertirse en ciudadano español en 1933, y me puse a investigar y terminé en Long Island, en la misma casa donde Albert Einstein firmó una carta en agosto de 1939 para animar al presidente Roosevelt a construir la primera bomba atómica de la Historia. Escribir esta novela fue una gran experiencia y a pesar de que en principio pueda parecer que se trata solo de una trama de espionaje, en realidad es mucho más, pues plantea una compleja cuestión moral. Y, además, hay un importante componente emocional en las relaciones de los personajes de esta novela. Antonia J. Corrales, una escritora amiga mía, define El factor Einstein como un thriller intimista, porque hay intriga sin efectismos de género, y también mucha tensión emocional. Me gusta mucho esa definición, y creo que se puede aplicar también a otros libros míos.

9) El violinista de Mauthausen (2009), Premio Novela Ateneo de Sevilla, ¿marca un antes y un después en su obra literaria?

Supongo que sí, pero sobre todo porque ahora tengo más lectores. Y, si hay alguna diferencia entre antes de haber publicado esta novela y ahora, es en cómo me puedan percibir los lectores después de haber ganado un premio como el Ateneo de Sevilla. Para mí no hay diferencia. Me siento a escribir con la misma ilusión y la misma incertidumbre que cuando no me publicaban y no me leían más que unas cuantas personas.

10) Una vez más, la guerra como fondo, pero el amor sigue siendo muy importante en su narrativa, en casi todas, surge una historia amor, que sobresale en El violinista, ¿el amor frente al horror?

El amor está presente siempre en mis novelas. No es algo premeditado, me sale así. Y casi siempre, curiosamente, hay un triángulo amoroso. En El violinista de Mauthausen, además, era importante que la historia de amor equilibrase la novela. Me remito a la respuesta anterior, cuando decía eso del thriller intimista.

11)¿La historia de Rubén Castro podría haberse sido la de cualquier exiliado español en el París nazi?

Sí, yo creo que representa lo que pudo haber sido la historia de cualquiera de los españoles exiliados.

12)¿Por qué los españoles son las grandes olvidados del holocausto? ¿Su novela es una manera de hacer justicia y abrir un camino ese sentido literario?

Suceden varias cosas. España, como país, siempre ha estado al margen de los grandes conflictos internacionales del siglo XX, y por supuesto que la Segunda Guerra Mundial es uno de ellos. Pero los españoles sí participaron en la Segunda Guerra Mundial: espías (tenemos el caso archiconocido de Juan Pujol, alias Garbo), División azul y campos de exterminio. Los españoles que sufrieron en Holocausto son los grandes olvidados porque fueron unos héroes que apenas han sido reconocidos en España. Pero mi obligación como narrador se limita a contar una historia de la manera más eficaz posible para que la disfruten mis lectores. Si luego una novela como El violinista de Mauthausen puede servir para que mucha gente pueda acercarse a las vidas de los españoles que padecieron el Holocausto, pues mucho mejor. Pero eso son cosas que el escritor no puede controlar.

13)Para terminar, ¿en qué momento se encuentra ahora el escritor Andrés Pérez Domínguez?

En un momento tranquilo y en paz conmigo mismo, en ese estado placentero de invisibilidad que le queda a un autor cuando ha terminado una promoción tan larga y agotadora como la del Premio Ateneo de Sevilla. Sigo escribiendo, y ahora mismo estoy con los últimos capítulos de una nueva novela. No puedo estar sin escribir, y durante la promoción de El violinista de Mauthausen, a pesar del ajetreo de los viajes, las entrevistas y las firmas de libros, ya empecé con una nueva historia. Pero, como decía antes, es igual que hace diez años, cuando estaba escribiendo La clave Pinner: escribo sin pensar en que tal vez haya editores y lectores que estén esperando un nuevo libro. Es la mejor manera de mantener la ilusión intacta y los pies en el suelo.

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domingo 8 de mayo de 2011

Por fin ya es lunes

No suelo escribir los sábados ni los domingos. Es una costumbre que me impongo para apartarme saludablemente del mundo imaginario que habito durante muchas horas de lunes a viernes, y a no ser que esté de viaje o tenga algún compromiso que me impida inclinarne sobre mis cuadernos entre semana, los sábados y los domingos dejo a un lado la ficción. Reconozco que a veces es un alivio llegar al final de la semana y plegar velas hasta el lunes, pero otras veces, cuando te levantas el sábado o el domingo te sientes raro, y a veces tienes que luchar contra la tentación de sentarte en el despacho a jugar a “imaginemos que...”.

Este fin de semana ha sido uno de esos. Pasado mañana hará un año exacto que empecé a escribir mi última novela, y, arremangado hasta los codos con el último capítulo que estoy, si no hay una catástrofe por medio -crucemos los dedos-, estará terminada, en bruto, para el próximo viernes, o quizá para el lunes o el martes de la semana siguiente. Luego aún quedará mucho trabajo por delante -aunque corregir, pulir o zurcir párrafos cuando has llegado al final de la historia me relaja bastante-, pero estar a punto de concluir una novela en la que has habitado casi a diario durante los últimos doce meses termina empujándote a cambiar tus costumbres, como una tentación incómoda para alguien que cree a pies juntillas en la disciplina. Por eso ayer y hoy me ha costado mucho no sentarme para avanzar un poco en la conclusión de mi novela. Me paro a pensarlo y no estoy seguro de si por un lado me resisto a esperar unos cuantos días más para escribir el final, mientras por otro me sucede exactamente lo contrario, y lo que no quiero es dejar de convivir con unos personajes que llevan tanto tiempo haciéndome compañía.

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© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2011

sábado 7 de mayo de 2011

Feria y familia

El fútbol no me entusiasma, pero los últimos cuatro clásicos entre el Madrid y el Barcelona los he visto con mi padre. Con la Feria me pasa lo mismo: aunque de las tres celebraciones autóctonas de Sevilla es la que menos me disgusta (de las otras dos, una me resulta indiferente aunque siento un enorme respeto por la gente que la vive, y la otra, que sucederá dentro de muy poco, no la soporto), este año he vuelto a pisar el real de Los Remedios después de cuatro años, creo, y las últimas veces había ido a regañadientes para participar en directo en el programa de radio donde colaboraba. Pero, decía, con la Feria me pasa igual que con el fútbol: las ganas de estar con la familia me vuelven menos prejuicioso. Y en la Feria, al menos una vez al año, no está mal reunirte con la parte de tu familia a la que no ves tanto como te gustaría: tus primos, tus tíos. Sentarte a comer con ellos aunque no te gusten las sevillanas. Las sevillanas que se bailan, porque las otras, las que van vestidas de gitana, basta asomarse a la calle para empezar a padecer los primeros síntomas de tortícolis...

Cuatro años sin pisar el albero y este año he pasado bajo el arco de la entrada un par de veces, para estar con los míos, para dar una vuelta por la caseta de la Asociación de la Prensa y charlar un rato con algunos buenos amigos. No está mal para un tipo solitario que abomina de las aglomeraciones. Pero las ganas de estar con la gente que quieres son más grandes que las convicciones, los prejuicios o la indiferencia. Y está bien que así sea. Y esta noche, que juega el Sevilla con el Real Madrid, aunque el partido me da más o menos igual, lo más seguro es que a las diez esté sentado frente a la tele para verlo con mi padre.

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© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2011

martes 3 de mayo de 2011

El vecino de Bin Laden

Nunca lo habríamos imaginado así, creo. A fuerza de ser escurridizo, Osama Bin Laden se había convertido en una especie de entelequia: sabíamos que existía, o que había existido, pero ya habíamos perdido la esperanza de volverlo a ver. Algunas veces me ha dado por pensar que a lo mejor un día un agente secreto infiltrado lograba encontrárselo en alguna montaña recóndita, como en una novela escrita por Frederic Fortsyth, y que al espía, antes de matarlo, le empezaban a flaquear las convicciones. Otras veces se me ha ocurrido que Bin Laden estaba muerto, pero que eso era irrelevante, porque los terroristas que lo adoraban seguirían en la brecha aunque ya no estuviera su líder, como creo que, por desgracia, sucederá. Incluso el maestro Le Carré escribía un artículo poco después del 11 de septiembre de 2001 en el que decía que no le extrañaría algún día ver al propio jefe de Al Qaeda pilotando un avión para inmolarse.

Y no ha sido como ninguno lo habíamos imaginado, decía, ni en las montañas de Afganistán ni poniendo el morro de un 747 rumbo al Empire State, sino en una urbanización de una ciudad paquistaní. De lujo, dicen los periódicos, aunque cuesta imaginar el lujo en una casa en la que se ven paredes sin enfoscar y camas revueltas. Pero, sobre todo, lo que nadie hubiera sido capaz de vaticinar hace diez años era que un vecino de Bin Laden retransmitiría vía Twitter, sin saberlo, la operación de un comando de las fuerzas especiales de Estados Unidos. Es lo que más curioso me resulta de toda la operación: Obama, Hillary Clinton, el vicepresidente y unos cuantos más con los labios apretados en la Casa Blanca mientras asisten en directo al asalto de la casa de Bin Laden en Pakistán, mientras un vecino de la urbanización lo están contando en directo sin saber de qué se trata. Yo me imagino el cuadro, sentado en mi casa, de noche, dándole a las teclas del Twitter, y por la mañana me entero de que vivía junto a Osama Bin Laden. A lo mejor me plantería que ha llegado el momento de vender mi casa...

Si alguien dudaba que las redes sociales han cambiado el mundo, creo que se acaba de quedar sin argumentos.

Bueno, lo dejo por hoy. Aún debo escribir un rato. Hoy ha tocado jornada doble porque mañana tengo cosas que hacer fuera de mi despacho.

Ah, y, por si a alguien le interesa, hoy, por fin, he podido estrenar mi nueva bicicleta.

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© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2011

lunes 2 de mayo de 2011

Aislamiento

Hasta hace no mucho escribía con placer y a un ritmo constante las entradas de esta bitácora, pero desde hace unas cuantas semanas mis intervenciones se han reducido. Resulta inevitable cuando embocas el tramo final de una novela aislarte un poco más, involuntariamente quizá. No es que me haya sucedido nada, y tampoco estoy aburrido de escribir en el blog. Me sigue gustando. Pero a mediados de mes hará un año que empecé el primer borrador de una nueva novela, y esta mañana he finiquitado el penúltimo capítulo. Y uno celebra estar llegando al final de una larga travesía con la arboladura intacta y sin grandes brechas en el casco que amenacen con hundir el barco antes de llegar al puerto, pero también está muy cansado y deja un poco de lado el blog, porque son muchas horas escribiendo y lo que menos te apetece cuando terminas es escribir un poco más, aunque sabes que, como ahora mismo, bastan unas cuantas líneas para disfrutar con la creación de algo distinto, muy corto, aparcando por un rato a los personajes con los que llevas tanto tiempo conviviendo.

Llueve mucho en Sevilla, y aunque como dice el ripio tal vez sea una maravilla, uno ya está un poco harto, sobre todo ahora, que me acabo de comprar una bicicleta nueva y aún no la he podido estrenar. La tengo guardada en una habitación, reluciente, sin una mota de polvo ni una mancha de barro, y la miro como los niños miran a los juguetes que no pueden abrir hasta que llegue un día señalado. Tengo muchas ganas de salir al campo y perderme durante unas cuantas horas, y cuando me asomo por la ventana me acuerdo de los ciclistas que vi un verano en Escocia, protegidos con unos ponchos impermeables, tan habituados a la lluvia que seguro que les daría risa si me vieran asomado a la ventana y lamentarme porque aún no he podido estrenar mi nueva bicicleta.

Tal vez pedalear por el campo sea también una especie de feliz y voluntario aislamiento, igual que sumergirte durante meses en la escritura de una novela. Tan concentrado estaba esta mañana en mi trabajo, que no me he enterado hasta la hora de comer de que han matado a Bin Laden.

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© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2011