Para manejarse por este blog y no perderse

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lunes 27 de junio de 2011

Calor

Antes era peor. Mis padres me lo dicen siempre cuando me quejo del calor estos días. Es la misma frase que les escucho cuando hace frío. Sonríen, como si yo fuera un ignorante. ¿Frío?, me preguntan, mirándose de reojo, cómplices. Frío era lo de antes. Quizá uno tarda demasiado en valorar lo suficiente, por desgracia, lo que ha recibido de otras generaciones, y a lo mejor solo se da cuenta cuando se queja de la ignorancia ensimismada que suele afectar, o nos parece, a los que vienen después.

Hace mucho calor estos días en el sur. Tanto que salir al campo a pedalear, o simplemente a dar un paseo, se convierte en un deporte de riesgo. En Sevilla, anoche, con el sol ya escondido, por fortuna, desde hacía rato, la gente buscaba las mesas de los bares colocadas debajo de los vaporizadores de agua, ese invento que se ha vuelto imprescindible en verano. Tengo que darme una vuelta por algún sitio para ver si coloco uno en mi terraza. En el centro de la ciudad esta mañana la gente buscaba el aire acondicionado de los comercios como un oasis en el desierto, y daba lástima ver a los turistas en los autobuses descapotables. Tanto calor hace que a las cuatro de la tarde las calles se antojan tan desiertas como si fuera madrugada, y solo caminan por ellas quienes no tienen más remedio o han perdido la razón. El frío es la civilización, recuerdo que decía Harrison Ford en La costa de los mosquitos. O algo parecido, porque cito de memoria, y cuando me pongo a pensar caigo en la cuenta de que hace veintitantos años que vi aquella película. Puede que no le falte razón, porque yo ahora tecleo esta entrada sentado en mi sofá, protegido de la ola de calor por el zumbido reconfortante del aparato de aire acondicionado. Y solo tengo que abrir el frigorífico para coger una botella de leche muy fría, que me gusta tanto.

Antes no era así. No puedo evitar recordar esa frase de mis padres, siempre un recuerdo amable del pasado, tan duro. Jamás una queja. Hace muchos años caminabas por la calle en verano y era como si el alquitrán se derritiera, te hundías en él, te subía por las piernas y ya no te abandonaba. Y en las casas no había aire acondicionado, ni frigorífico, ni siquiera un ventilador. Y tampoco podíamos pensar en una piscina o en ir a la playa. Eran lujos imposibles.

Seguirá haciendo mucho calor. Al final siempre es lo mismo, aunque la memoria sea tan frágil: es lo que siempre pasa en verano. Pero, a pesar de todo, nunca será tan duro como antes.

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© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2011

viernes 24 de junio de 2011

La compañía de los solitarios

Es muy extraño el momento de terminar una novela. En un oficio tan raro, en el que convives intensamente durante meses con gente que no existe, llegar al final de una novela es como salir a la superficie después de haber estado sumergido durante mucho tiempo, y es como si uno necesitara una cámara de descompresión muy particular para poder adaptarse a un ritmo incómodo, por muy placentero que parezca, en el que desde por la mañana no estés organizándote el día para poder encajar unas cuantas horas inclinado sobre el cuaderno. Es raro, y no es agradable, ni siquiera porque acabe de empezar el verano. Tal vez porque al terminar un nuevo libro uno se siente vacío, o lo asalta una soledad difícil de soportar. Y es que, quién sabe, puede que escribir sea la mejor manera de no estar solo. Hace un rato leía la entrevista con Sam Shepard en El País: “Yo escribo porque es una compañía constante. Llevo mis cuadernos a todas partes. Cuando escribo no me siento solo y necesito esa soledad para escribir. Es un conflicto sin solución.”

Estoy de acuerdo.

Esta tarde veía en el telediario un reportaje sobre unos maestros que acaban de jubilarse después de más de cuarenta años enseñando. Jubilación viene de júbilo, pero no puedo evitar sentir lástima de quien ha de abandonar su oficio a la fuerza, aunque también le apetezca descansar.

Lo bueno de escribir novelas es que la sensación de estar jubilado apenas dura unas semanas. Casi sin darte cuenta estás rebuscando en cuadernos viejos notas que escribiste apresudaramente para olvidar enseguida, y como si una mano invisible te empujase, estás otra vez en tu despacho, diseñando tramas y creando personajes, estrujándote la cabeza para contar algo que es mentira pero tu obligación es hacer que parezca verdad a los ojos de los lectores.

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© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2011

lunes 13 de junio de 2011

El Rocío

No me gusta el Rocío, y al escribirlo no puedo evitar una incómoda sensación de disculpa, como cuando digo que no me entusiasma la Semana Santa y que la Feria de Sevilla la soporto a ratos. Entonces, ¿a ti qué te gusta?, me han preguntado muchas veces, como si el mundo no existiera más allá de los farolillos de la feria, las procesiones de Semana Santa o el polvo del camino. Acabo de caer en la cuenta que hace muchos años que ya no escucho esa pregunta tan tonta, a lo mejor porque ser escritor te inmuniza contra la sospecha de ser un andaluz discrepante. Ya sabía yo que este tío era muy raro...

Pero no creo que sea el único. Y cada vez que llega el Rocío y veo las imágenes que las televisiones se empeñan en sacar en los informativos o en los programas del corazón, como si les fuera la vida en encontrar el tópico, me pregunto cuántos andaluces arrugarán la nariz, como yo mismo, y mirarán para otro lado, esperando que se pase pronto el bochorno. Visto desde fuera, parece como si todo el que se hubiera criado de Despeñaperros para abajo al escuchar los cohetes de las procesiones no pudiera evitar calzarse los botos, los zahones y el sombrero para empezar a beber vino desde por la mañana.

Lo decía más arriba, pero lo matizo aquí abajo: no comparto la pasión cofrade, pero las procesiones de Semana Santa en Sevilla, aunque yo no participe ni las conozca, me parecen un espectáculo estético impresionante. Y la Feria también tiene algo, aunque no me gusten las sevillanas (las que se cantan y se bailan, las otras sí, mucho...) Pero si no te gusta la Semana Santa ni la Feria, a no ser que vivas en el centro de Sevilla o en el barrio de Los Remedios, ni siquiera tienes por qué enterarte de que se están celebrando. El Rocío es diferente: carreteras cortadas durante una semana, atascos para que los peregrinos puedan ir tranquilamente a ver la Blanca Paloma y el sol andaluz en lo alto, como un castigo divino. No sé que le habrá parecido a Mario Vargas Llosa, que este año ha cruzado el Guadalquivir con la hermandad de Sanlúcar de Barrameda. Tengo curiosidad por escuchar su opinión. Mientras tanto, yo procuro emigrar estos días, irme los más lejos que pueda, a una playa donde no se escuchen cohetes ni sevillanas ni tambores.

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© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2011

jueves 9 de junio de 2011

El pisto de Pepa

Los lectores de un centro de adultos ―lectoras, en el caso de Palma del Río― suelen ser los más exigentes, los más agudos, y también los más amables y los más sinceros. Después de que yo estuviese en su pueblo el año pasado, las mujeres del centro de adultos de Palma del Río, en Córdoba, han estado trabajando El síndrome de Mowgli. De todas mis novelas, esta, que se publicó en septiembre de 2008 (hace menos de tres años, pero eso, en el mercado editorial, es como decir una década), creo que es la que menos lectores ha tenido, pero, también, me da la sensación, es la más apreciada por mucha gente. La culpable de que las mujeres de Palma del Río la hayan leído ha sido Pepa. El año pasado Pepa me dijo que, como sabía que yo iba a ir, antes quería leer un libro mío. Y el único que tenían en la biblioteca era El síndrome de Mowgli. La portada me chocaba, y el tema no me atraía, me contó, pero a pesar de ello empecé a leérmela. Vaya, siento que te la hayas tenido que leer si no te gustaba, le dije. De verdad que no hacía falta. Leer por obligación es una de las cosas más desagradables que se me ocurren. Qué va, respondió Pepa. Me puse a leer mientras preparaba la comida. ¿Y qué tal?, le pregunté, preparándome para escuchar algún cumplido fingido. Que estaba tan entusiasmada con la novela que se me quemó el pisto... Me eché a reír. Antes que una buena crítica con muchas estrellas en un suplemento cultural prefiero escuchar algo así de un lector. Para mí es el mejor cumplido y el mayor reconocimiento: que alguien se siente a leer algo que has escrito y se olvide del mundo. Luego he leído El violinista de Mauthausen, me dijo Pepa ayer, y te aseguro que cuando llegué a la parte en la que Rubén viaja en el tren sentía que me caía del sofá...

Uno no espera repetir en los lugares donde ya ha estado con lectores, porque piensa que lo más lógico es que quieran escuchar a otro escritor, o porque, tal vez, ya no tenga nada nuevo que contar y acabará repitiéndose, pero se pone contento cuando lo vuelven a llamar para volver al mismo sitio un año después. Y el encuentro de ayer con las mujeres de Palma del Río fue muy emotivo. Igual que Pepa (y creo que lo mismo le ha sucedido a muchos lectores), me dijeron que ellas nunca se habrían decidido por una novela cuyo protagonista es un ex boxeador, pero que cuando la empezaron estaban deseando que llegara el día de reunirse todas para poder seguir avanzando en la trama. La leía y era como si estuviera en Lisboa, me contaba una señora ayer. El protagonista dice muchas palabrotas, apuntaba otra, pero me gusta porque habla como cualquier persona normal. Qué mala es Lola (la protagonista), con lo buen chaval que es Rafael Montalbán (el protagonista), se quejaba otra.

Yo creo, les dije, que, de todas mis novelas, El síndrome de Mowgli es la más personal, y sobre todo es una novela muy romántica. A mí la cubierta me gusta mucho, pero también es verdad que los lectores pueden sentirse confundidos. Además, añadí, me gusta que los personajes hablen como la gente de la calle, que la Literatura sea lo más natural posible. Abomino de los libros de prosa engolada en los que tienes que pararte cada dos párrafos para buscar una palabra en el diccionario. A veces parece como si el autor quisiera demostrar a los lectores lo culto que es y lo ignorantes que son los demás...

Antes del acto, Pepa me enseñó unos libros que habían escrito sus alumnas con reflexiones al hilo de El síndrome de Mowgli, con ilustraciones inspiradas en la novela. Incluso una de ellas había escrito un poema para mí. Flor, la directora, me entregó un regalo que ahora mismo tengo en mi estantería. Me traje en la mochila esos recuerdos, lo mejor que te llevas de este oficio tan raro de inventar historias. Yo también les regalé algunos libros, y al final del acto estuve un rato firmando ejemplares y haciéndome fotos con ellas. Todas me daban las gracias por escribir, por haber ido hasta su pueblo para charlar un rato, pero soy yo el que tiene que darles las gracias a ellas, y además públicamente.

Uno escribe para que lo quieran más. Algunos dicen que la frase es de García Márquez. Otros que de Bryce Echenique. Una vez entrevisté a Alfredo Bryce Echenique y le pedí que me sacase de dudas. De ninguno de los dos, respondió. Pero los dos la suscribimos.

Yo también.

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© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2011

lunes 6 de junio de 2011

Ni muerto, ni de parranda

Tengo esta bitácora un poco descuidada últimamente. Tampoco hay obligación de escribir aquí, y ni siquiera lo hago con una periodicidad fija, aunque he descubierto que me gusta mucho, o que me he acostumbrado, y ambas cosas a veces significan lo mismo. Pero no estoy muerto, y tampoco de parranda... Llevo un par de semanas peleándome con mi nueva novela (corregir quinientos y pico de folios a un espacio después de más de un año escribiendo es agotador) y ocupado en otras cosas que nada tienen que ver con mi desempeño literario.

Pero sigo por aquí. Y espero dar mucha guerra todavía. El miércoles por la tarde estaré con los lectores de Palma de Río (Córdoba), en la Casa de la Cultura. Ya os contaré.

Hasta entonces, a seguir con lo mío, y, como decían mis admirados lobos de Kipling, buena caza a todos...

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© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2011