Para manejarse por este blog y no perderse

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viernes 29 de julio de 2011

La felicidad del verano

He pasado muchos años de mi vida diciendo que odiaba el verano cuando la única verdad, por mucho que me cueste reconocerlo, era que no me gustaban mis veranos. Con el tiempo he aprendido a volver a disfrutar del verano como cuando era un crío, o al menos lo intento. Y es que, si uno obvia o procura mantenerse lejos de las playas abarrotadas, de los chiringuitos donde los hombres se sientan a comer sin camiseta y de la cola interminable de coches los fines de semana, el verano no está tan mal.

Desde muy jovencito, cuando estudiaba procuraba trabajar en julio y en agosto, por una necesidad de sentirme útil o por un miedo incomprensible a instalarme en la pereza. Y luego, cuando ya no estudiaba y solo trabajaba, durante muchos veranos los días eran tan largos y había que echar tantas horas en el negocio que lo único que deseaba era que el verano terminase cuanto antes y esperar, sin éxito, que el siguiente fuese menos complicado. Fueron muchos veranos así, diez por lo menos. Y no puedes hacerte el remolón ni quitarte de en medio cuando trabajas en tu propia empresa.

Pero fue también un verano, hace justo dieciséis años, cuando me dije que, si quería buscarme la vida haciendo algo diferente ―y lo que yo quería era escribir― y respetarme a mí mismo a pesar de ser tan loco como para intentarlo, no me quedaba otra que encontrar un par de horas al día, de donde hiciera falta, para ver si era capaz de escribir algo que pudiera gustar o interesar a alguien. Fueron muchos veranos ―y también muchos inviernos y muchos otoños y muchas primaveras― intentándolo, y todavía no he perdido las ganas.

Y hace ya unos cuantos años, cuando mi principal ocupación era la escritura, me di cuenta de que había un montón de cosas que había dejado aparcadas ―porque no tenía tiempo, por resignación quizá― y que no quería perderme. Nunca he sido capaz de despojarme de ese terror a instalarme en la pereza, y durante los últimos veranos no he parado de escribir. Este mismo año, aunque hace apenas un mes que he terminado una nueva novela ya me desvelo algunas noches porque estoy dándole vueltas a varias historias que esperan su turno para ser escritas.

Pero, decía, con el tiempo también he conseguido disfrutar de estos meses tan calurosos. Intentar recobrar esa felicidad de cuando era un niño. Un verano aprendí a bucear, y descubrí lo que ya intuía: que, a veinte metros de profundidad, el mundo es muy acogedor, silencioso, incluso más bonito de como parece en los documentales a la hora de la siesta. Otro verano aprendí a navegar en catamarán, y también me di cuenta de que, lejos de la orilla, de las neveras, las sombrillas y los botes de bronceador, el mundo tamién se ve diferente, mucho mejor. Hace unos cuantos veranos recuperé el placer infantil de montar en bicicleta, y basta un rato pedaleando para llegar hasta un sitio donde el único sonido sea el de la brisa en las hojas de los árboles o los patos en el río. Hace dos veranos descubrí, y disfruté mucho, las series Perdidos y Héroes. El verano pasado me atrapó sin remedio Mad men, y ayer por la tarde vi el tercer capítulo de Juego de tronos, que había estado grabando pacientemente desde mayo en Canal +.

Y, en realidad, quizá sea todo mucho más sencillo: basta un tinto con casera y una buena compañía; alguna escapada, aunque sea breve, a ciertas playas que prefiero callarme; hacer una visita a un buen amigo para echar unas risas; quedarte adormilado mientras ves el telediario después de comer, con el ventilador encendido o el aire acondicionado si hace mucho calor; disfrutar de esos libros o esas películas que tenías guardados para cuando tuvieras tiempo; darte cuenta de que, por raro o por increíble que te parezca, ya no es como antes, ahora no tienes ninguna gana de que se acabe el verano.

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© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2011

miércoles 27 de julio de 2011

New York, New York

Tengo dos buenos amigos que me dan envidia estos días. La próxima semana, creo, mi querido Óscar Oliveira se marcha a Nueva York, y mi no menos apreciado Gregorio León hará lo propio, si no pasa nada, a finales de agosto. Para los dos es su primera visita a la Gran Manzana, y ayer les mandaba un correo para darles algunas recomendaciones. Después de haberlo hecho no he podido evitar acordarme de ese chiste del listillo que se cree un experto en Nueva York y le preguntan, “¿Pero tú cuántas veces viajas a al año a Nueva York”, y responde, avergonzado, “Una o ninguna...”. No es mi caso, desde luego, porque ni soy un experto en esa ciudad y en diciembre hará cinco años que estuve allí por última vez. Pero es verdad que Nueva York tiene algo especial, a pesar de que es cierto que a muchos viajeros los decepciona un poco, y de que puede llegar a ser un lugar sucio y agobiante. Lo curioso, y lo contradictorio, es que a un servidor, que abomina de las aglomeraciones y de las grandes ciudades, le fascina la ciudad de los rascacielos.

He estado cinco veces en Nueva York, a saber: en 1986, 1987, 1992, 1997 y 2006. La primera vez que estuve, a mis dieciséis primaveras, lo primero que recuerdo es que vi a un tipo en un Mercedes descapotable conducir por la Quinta Avenida, con una mano en el volante y un teléfono móvil enorme ―prehistórico ahora, pero impresionante hace veinticinco años, cuando un celular era un símbolo de poder incuestionable, igualito al que al año siguiente utilizaría Gordon Gekko, el inversor sin escrúpulos que interpretaría Michael Douglas en la espléndida Wall Street― en la otra. Una noche me crucé por la calle con uno de los actores de la serie Fama, y uno de los chavales que iba conmigo ―éramos todos estudiantes― me aseguró que había visto al mismísimo Paul Newman en el Hard Rock Café. Nunca he terminado de creérmelo, pero a lo mejor me dijo la verdad. Visitamos el edificio de la ONU y el Empire State, de noche, lo recuerdo como si fuera ayer, y de madrugada nos escapamos unos cuantos del hotel y nos fuimos andando hasta la calle 42, pero había muchos tipos con pinta poco recomendable y la aventura no duró s que un rato.

Volví en 1987 y en 1992, con un frío invernal aunque estábamos primeros del otoño. Cinco años después regresé a Nueva York con mi amigo Patricio ―que me consta que se asoma de vez en cuando por aquí―, y durante una semana de finales de abril nos pateamos la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Fue durante ese viaje cuando conocí las cadenas de librerías Barnes & Noble y Borders ―esta última, según tengo entendido, anda muy mal con la crisis puñetera―. Muy cerca del apartamento donde nos alojábamos Patricio y yo, en Tribeca, había una sucursal inmensa de Borders donde una mañana fui a desayunar maldiciendo en arameo porque con el aguanieve y el vendaval de finales de abril era imposible colocar el paraguas de una manera que sirviera para algo. Esa librería no estaba lejos de las Torres Gemelas, y creo que quedó sepultada bajo los escombros el 11 S. De aquel viaje recuerdo que Patricio y yo nos recorrimos medio Manhattan buscando los muñecos de Toy story para mi sobrino, y que, después de mucho preguntar, terminamos encontrándolos en un Toys are us (lo siento, pero no sé cómo se pone la R al revés). Creo que Patricio tiene un vídeo de entonces, hace catorce años. Aún no lo he podido ver. De vez en cuando le pregunto a mi amigo por la cinta, pero se encoge de hombros. No importa. Soy un hombre paciente.

Pero puede que los mejores recuerdos ―y las mejores fotos― que guardo de la ciudad, sean los de mi último viaje, en diciembre de 2006, cuando estaba dándole las últimas puntadas a El factor Einstein y Maribel y yo nos fuimos una semana para descubrir la casa donde el padre de la Teoría de la Relatividad había firmado una carta para animar al presidente Roosevelt a construir la primera bomba atómica de la Historia. Ya no estaban las Torres Gemelas, pero me agradó mucho ver la ciudad preparada para la Navidad: las luces, las tiendas abiertas hasta muy tarde, los tipos disfrazados de Papá Noel sacudiendo la campanilla. Me gustó encontrar la misma tienda del Soho, Evolution, ahora mucho más próspera y amplia, donde había comprado nueve años antes un pisapapeles con un escorpión que aún conservo para sujetar los mazos de folios en mi escritorio; y volver a entrar en una de mis librerías favoritas, el Barnes & Noble de Astor Place, donde recordaba haber visto a más de uno dormido junto a una ventana con un libro en la mano; y sentarme detrás de la cristalera del Starbucks, al otro lado de la acera, para tomar un capuchino mientras Maribel iba de compras. Visitamos la isla de Ellis, adonde llega mi querida Frida Klein en El factor Einstein en 1939 después de un largo viaje en barco; fuimos a ver un musical a Broadway y fotografiamos muchas de las casas del Village hasta encontrar la que podría haber sido del químico polaco Stanislaw Zukrowski (quienes hayan leído El factor Einstein sabrán de quién hablo). Cruzamos el puente de Brooklyn y en la otra orilla entramos en The River Café, y luego pasamos una mañana entera buscando los sitios por donde pasearía el bueno del profesor Alfonso Altamira, uno de los personajes principales de aquella novela que yo andaba terminando. Por fin, una mañana, muy temprano, nos subimos a un tren y localizamos, por casualidad la casa donde Albert Einstein había pasado el verano de 1939 y conocí a mi amigo Bob Rothman, que me contó muchas cosas interesantes sobre uno de los mayores genios de todos los tiempos. Fue un rato impagable. Irrepetible, creo. Pero esa ya es otra historia, y, en realidad, yo solo quería decir que Óscar Oliveira y Gregorio León me dan mucha envidia estos días porque se van a Nueva York.

Que lo paséis bien, amigos.

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martes 26 de julio de 2011

Terror escandinavo

Dan miedo los fulanos con barba que amenazan en árabe con la guerra santa, pero a lo mejor de tanto verlos ya nos hemos acostumbrado a convivir con el terror o la incertidumbre de que en cualquier momento todo puede volar por los aires. Pero qué susto saber que los fundamentalistas de la media luna tienen su réplica en tipos nórdicos tan locos o tan inconscientes o tan peligrosos como ellos. Tal vez más.

Noruega es uno de mis destinos pendientes. Este verano nos hemos planteado viajar tan al norte, y aún no lo habíamos descartado. Ni lo hemos descartado todavía. Uno quiere pensar, está claro que ingenua o benévolamente, que en los países escandinavos la vida es tan idílica que solo reina el silencio en los bosques y la paz en los fiordos, que la sociedad es tan civilizada y la gente tan educada que no queda más que sentir envidia, y aun cierto complejo, por vivir tan lejos de la verdadera civilización; que incluso el clima, tan duro, también debe de tener su encanto si te gusta el recogimiento y te imaginas sentado con un libro delante de una chimenea en invierno.

Pero, ya digo. Los locos, por desgracia, habitan en todas partes, y las bombas y el fanatismo no entienden de latitudes. La sombra de la ultraderecha se extiende desde el Círculo Polar. Parece que los libros de Stieg Larsson hablaban de eso. Hace un par de veranos me sentía un poco raro en el AVE o en la playa porque yo era de los pocos tipos que leía un libro que no era uno de la trilogía Millenium. Creo que ha llegado el momento de darle una oportunidad a Los hombres que no amaban a las mujeres, en cuanto acabe el que estoy leyendo ahora. Me ha picado la curiosidad.

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lunes 25 de julio de 2011

Facebook

Lo reconozco. Las redes sociales son unas de las varias contradicciones con las que tengo que bregar en mi vida. Otras son públicas, y algunos las conocéis, como que escribo mis novelas a mano ―y a ser posible con pluma―, pero tengo un blog que me gusta mantener activo. Y las contradicciones privadas, pues eso, son privadas... Desde hace un par de años tengo perfil en Facebook, y además hay una página, donde supongo que me instalaré definitivamente antes o después porque ando ya muy cerca de los 5.000 contactos (y porque aquí nadie puede mandarte aplicaciones o incluirte en grupos), y un grupo con mi nombre. Y aunque reconozco que la red social creada por Mark Zuckerberg ―o, no del todo, si hacemos caso a la espléndida película La red social (impresionante el final, por cierto)― es muy útil para mantener un hilo abierto con los lectores y con los viejos amigos, a veces resulta muy complicado relacionarte con todos. Pero no importa: siempre he dicho que para un escritor es un deber atender, en la medida de sus posibilidades, a sus lectores. Yo procuro contestar siempre a todos, y no quiero dejar de decir aquí que es un honor recibir el cariño de tanta gente que ha dedicado unas cuantas horas de su vida a leer un libro que has escrito. Para eso puse mi perfil personal de Facebook en la solapa de El violinista de Mauthausen. Y siempre que pueda ―y procuro poder siempre―, estaré dispuesto a echar un rato virtual con los lectores o los amigos, que, al cabo, suelen ser los mismos. Faltaría más.

El problema del Facebook, en mi opinión, son las aplicaciones que jamás he utilizado ni tengo intención de utilizar (granjas, tesoros, kisses, como se llame y estupideces varias), y, desde hace una temporada, los grupos en los que cualquier contacto que tengas te puede agregar sin pedirte permiso. Yo ya no sé cómo decirlo, de verdad, y si no borro para siempre mi perfil personal de Facebook es porque la mayoría de mis contactos, por suerte, es gente muy competente. A lo mejor es porque mi nombre empieza por “A” y a algunos les resulta muy cómodo hacer click con el ratón, pero raro es el día que no he de borrarme y pedir que no vuelvan a incluirme en un grupo que, generalmente, ni va ni me viene. A saber: a favor del aborto o en contra; a favor o en contra el PSOE o del PP; a favor o en contra de los indignados... Por lo visto hay gente que está muy segura de mi opinión o de mis afinidades puesto que, muy alegremente, me añaden a los grupos como si me invitasen a una fiesta. Luego, cada vez que alguien escribe en el grupo de turno, te llega un mensaje ―casi siempre me entero de que alguien me ha hecho el honor de pertenecer a un grupo nuevo porque me llega un mensaje―, y ahora, mientras tecleo este post, tengo 1.418 mensajes sin abrir porque, literalmente, no doy abasto. Y estoy seguro que entre esas misivas se pierde más de un correo de un lector amable que se me pasará por alto y pensará que soy un antipático o un desagradecido por no responderle.

Puede que a la larga esta sea la tumba de Facebook. Yo, desde hace poco, estoy en Twitter. Me gusta, es mucho más dinámico y divertido, y al menos aquí todo se reduce a 140 caracteres, y nadie te puede etiquetar en fotos en las que no apareces ni malditas las ganas que tienes de aparecer, agregarte a un grupo y luego mandarte mensajes privados para insultarte porque has pedido que no te vuelvan a añadir a ninguno.

En fin.

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jueves 21 de julio de 2011

El asedio

Vaya por delante que esto no es una reseña. Los que os asomais por aquí sabéis que no me gusta cuando los escritores se meten a críticos. Y estoy convencido de que el autor de la novela de la que voy a hablar muy difícilmente se asomará por aquí para leer lo que digo sobre su obra. Tan solo quiero transmitir, a quien le interese, como lo he hecho tantas veces en la radio, mi entusiasmo por un libro espléndido que terminé de leer hace un par de noches y, como ya le he dado tanto la lata a cuantos amigos me he encontrado mientras estaba felizmente perdido en sus páginas, me he dicho que por qué no dejar constancia también en mi bitácora.

Descubrí a Reverte como escritor el verano de 1993, muy poco después de que publicara El club Dumas, y al leer aquella novela tuve la sensación, tan gratificante, de haber encontrado algo diferente: la atmósfera, los libros viejos, el personaje de Lucas Corso. Lo he seguido desde entonces, y -como me pasa a mí y a todo el mundo, supongo- algunos de sus libros me han gustado más que otros. El caso es que, dieciocho años después, tenía El asedio en mi estantería desde hace tiempo, sin decidirme todavía a hincarle el diente. No sé si esta novela de Reverte se habrá vendido más o menos que otras suyas o si, en general, a los lectores les ha gustado. Para ser sincero, si había leído alguna reseña antes de leerla, no me acuerdo. Por eso la cogí sin saber muy bien qué me iba a encontrar, con la premonición vaga de que se trataba de la historia de un policía que investigaba unos asesinatos durante la Guerra de la Independencia en Cádiz.

El caso es que hacía mucho ―y cuando digo mucho, quiero decir mucho― que no lo pasaba tan bien con una novela. Y quizá con eso ya lo he dicho todo. Pero añadiré que, hace un par de noches, al cerrarla por última vez, me dio mucha pena darme cuenta de que ya no podré volver a acompañar al comisario Rogelio Tizón por las calles de Cádiz mientras trata de encontrar a un asesino al que le gusta matar a mujeres jóvenes en los mismos sitios donde caen las bombas de los artilleros franceses. Es culpa del talento del novelista que un hijo de puta con mayúsculas como Tizón ―un policía de la vieja escuela con mucho olfato y pocos escrúpulos que tortura, extorsiona y se aprovecha de la gente― acabe ganándote el corazón. No es tarea sencilla. Creedme: sé de lo que hablo... Con pena, también me he despedido de Simón Desfosseux, el aplicado artillero francés obsesionado con las parábolas, los vientos de Levante y las leyes de la Física; y de Felipe Mojarra, salinero, pobre y valiente, capaz de arriesgar el pellejo, empalmando la faca, para robar una lancha, con un par, a los gabachos. No volveré a saber nada del taxidermista Gregorio Fumagal, que sueña con un mundo mejor, ilustrado y afrancesado, si el enemigo consigue entrar en la ciudad. Y, bueno, del amor imposible entre la gaditana Lolita Palma y el corsario Pepe Lobo, mejor no hablo porque me pone de mal humor cuando pienso que ya he terminado la novela. Hay unos cuantos momentos impagables de estos dos en El asedio, pero no debo comentarlos para no destripar el argumento. Aunque sí puedo contaros que bastarían algunos pasajes para justificar la lectura de este libro: cuando el comisario Tizón se entrevista una noche con el corsario Pepe Lobo y su segundo, el valiente hasta la inconsciencia Ricardo Maraña; la noche que el corsario Lobo y el oficial Lorenzo Virués deciden tirar por la calle de en medio y saldar cuentas de la única forma que podían hacerlo en 1812 dos hombres como ellos: en un lugar oscuro y acompañados de sus padrinos; el momento en que el salinero Mojarra se planta delante de un funcionario y se palpa la faca, planteándose si tirar por la calle de en medio, menos porque todavía no le hayan pagado los 20.000 reales de recompensa que por los modales con que lo trata el tipo que viste uniforme.

Qué curioso, y que maravilloso también, que leas algo que es mentira y no puedas sino preguntarte si fue verdad. Qué alegria cuando, a uno que también se dedica a inventar historias, lo que ha salido de la imaginación de otro escritor pueda embaucarlo hasta el punto de robarle horas al sueño.

Pues eso. Que os recomiendo El asedio. No sé si os gustará, pero de verdad que yo ahora ando cabreado porque sé que me va a costar volver a encontrar un libro que me haga disfrutar tanto como éste.

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martes 19 de julio de 2011

Treinta y tantos veranos

En un viejo álbum tengo una foto que me gusta mucho: es de hace treinta y cuatro o treinta y cinco veranos, en la terraza de un hotel de playa. Como no tengo escáner ―y, también, porque cuando se trata de cosas demasiado personales pienso que es lo mejor― no puedo, o no debo, colgarla en el blog. Es una foto que me hizo mi madre, no sé si por la tarde o a última hora de la mañana, leyendo un tebeo de El guerrero del antifaz, mi héroe favorito cuando era niño. En la foto se distingue la portada del tebeo y, tantos años después, soy capaz de recordar que es el número 138, y que el héroe enmascarado estaba en una aventura en el norte de África junto a los hermanos Kir, a saber: Osmín, Soleimán y Shantal. Shantal Kir, también me acuerdo, llevaba mucho tiempo con la mosca detrás de la oreja porque la princesa Aixa, de quien estaba enamorado, andaba loca, como todas ―la mora Zoraida, la condesita Ana María, y cualquiera que se le pusiera por delante― por el atormentado Adolfo de Moncada, que ocultaba su verdadera identidad bajo una máscara.

De niño, si nos íbamos de vacaciones, apenas estaba un rato en la playa o en la piscina y me aburría. Enseguida estaba deseando subirme al apartamento para leer el cargamento de tebeos que había traído. Me bastaba con eso para ser feliz. Lo que más me gusta de esta vieja foto es que estoy absorto, sentado en la butaca, el pelo y el bañador mojados de la playa o la piscina, el tebeo agarrado como si no existiera nada en el mundo más allá de sus viñetas. Tan ensimismado que ni siquiera me di cuenta de que mi madre me retrataba.

Han pasado muchos años, pero siguen sin gustarme las playas abarrotadas ni los sitios donde haya mucha gente, y aunque vivo a menos de cien kilómetros de una playa estupenda pero demasiado bulliciosa, casi siempre conduzco durante muchos kilómetros para buscar algún sitio con menos veraneantes. Por suerte conozco unos cuantos rincones que todavía merecen la pena, pero sigo sin aguantar demasiado tiempo en la arena o en la piscina. Enseguida estoy mirando el reloj, impaciente porque hayan arreglado la habitación del hotel, para sentarme en silencio y leer. Siempre leer. Mañana es mi cumpleaños y no me queda otra que reconocer que me alegro por no haber cambiado tanto. Que, de alguna manera, el verano de ahora no sea tan diferente al de hace más de tres décadas. Esta mañana, antes de escribir esta entrada, he mirado la foto de ese niño que leía tebeos de El guerrero del antifaz sin poder evitar un escalofrío. Luego se me ha puesto una sonrisa en los labios, he sonreído, sacudiendo la cabeza, y le he dicho, como si pudiera hablar conmigo mismo a través del tiempo, sigue así chaval. Tú sigue así.

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domingo 17 de julio de 2011

El nombre de la Rosa en versión light

Leo ayer en el periódico, y no puedo evitar sentirme algo contrariado, que el próximo otoño estará en las librerías una nueva versión de El nombre de la rosa aligerada para que las nuevas generaciones de lectores la encuentren más accesible. Yo tenía dieciséis años cuando leí El nombre de la rosa. La tarde que me dieron las vacaciones de Navidad me senté en un sillón y me acabé las últimas doscientas páginas de un tirón. Nunca antes me había zampado tantas páginas de una tacada. El nombre de la rosa jamás me pareció un libro pesado, sino todo lo contrario. Muchos años después aún no he olvidado cuánto disfruté al leerlo.

¿Quizá me gustó tanto el libro porque cuando era un adolescente no tenía ordenador y no existía Internet? No lo creo, la verdad. Eso que se van a perder los lectores adolescentes del siglo XXI. Al menos espero que la versión íntegra de El nombre de la rosa, la de toda la vida, no desaparezca de las librerías. Si yo ahora tuviera dieciséis años, sería la que buscaría. Sin duda.

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sábado 9 de julio de 2011

Juego metaliterario

Acabo de ver en el muro de Facebook de mi amigo Gregorio León que recomienda El violinista de Mauthausen en la televisión. Ya lo he contado por aquí, y él lo sabe antes que nadie, como no podía ser de otra manera: Gregorio León me prestó su nombre y algunas cosas más para uno de los personajes principales de la novela en la que he estado trabajando durante los últimos catorce meses. Ambientada en enero de 1950, por mi nueva novela circulan algunos personajes de otros libros que he escrito, como el oscuro agente norteamericano Robert Bishop, al que recordarán los lectores de El violinista de Mauthausen. Alguna vez me ha dicho Gregorio que el de Robert Bishop es el personaje que más le gusta de El violinista de Mauthausen, y al verlo sostener el libro no quiero evitar una sonrisa: no podía imaginar Gregorio entonces que en mi próxima novela Robert Bishop y él iban a compartir unos cuantos capítulos... La vida real y la ficción se mezclan, y a veces hasta al autor le cuesta diferenciar dónde empieza una y dónde termina la otra.

jueves 7 de julio de 2011

Sabina y Millás

En los últimos años le he perdido un poco la pista y ya no busco sus discos con el entusiasmo de antes, pero yo siempre he sido muy de Joaquín Sabina. Era un niño cuando lo veía en el programa de Fernando García Tola, Si yo fuera presidente, en La 2, que antes se llamaba la segunda cadena. Creo que lo ponían los martes por la noche. Y apenas me había transformado en un adolescente cuando empecé a disfrutar de sus canciones. Era la época en la que el cantante empezaba a ser conocido, pero aún no era tan famoso como lo sería años después. En esos tiempos, cada vez que me compraba un disco suyo, lo primero que hacía era leer las letras antes de escuchar las canciones. Me las sabía ―me las sé― de memoria. Cualquiera que me conozca de largo podrá atestiguar cuánto me gustaba Joaquín Sabina, cuánto me han emocionado ―me emocionan― muchas de sus canciones. Qué curioso que puedas identificarte tanto con alguien tan diferente a ti.

Hace unos cuantos años, por casualidad terminé una noche sentado en una mesa con Sabina y un puñado de escritores. Estuve todo el tiempo en silencio, sin abrir la boca. Ni siquiera crucé una palabra con él. Me pareció ridículo decirle cuánto lo he admirado. El año pasado también coincidí en una firma con Luis Eduardo Aute, otro que también me gusta mucho, y tampoco dije esta boca es mía. Viene esto a cuento porque la otra noche vi un programa en Canal + en el que el escritor Juan José Millás pasaba un día con Joaquín Sabina. Entiendo que el cantante pueda no caer simpático a mucha gente, incluso que más de uno sea refractario a sus letras, porque el de Úbeda se ha ganado a pulso, quién sabe si con voluntad o con indiferencia, una fama merecida de tipo difícil. Pero hoy, durante una buena parte de casi seiscientos kilómetros de viaje en coche llevaba puesto un cd de Sabina. Algunas de sus letras me acompañan desde que era un adolescente, y sé que seguirán haciéndolo el resto de mi vida. Y, la otra noche, durante un momento del programa, ese tipo de voz cascada que confiesa sin pudor su pasión por las drogas y la mala vida y parece que todo le resbala consiguió emocionarme hasta que se me saltaron las lágrimas.

Y a mí eso me pasa muy pocas veces viendo la tele.

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lunes 4 de julio de 2011

Ateneo, con retraso

Quienes me conocen saben que tengo una tendencia inevitable al aislamiento, que odio el calor, que las fiestas en general y los saraos literarios en particular no me entusiasman, y que nunca acabo de sentirme cómodo dentro una chaqueta. Pero qué se le va a hacer: en la cena del Ateneo de Sevilla me salto invariablamente estos principios (sí, ciertos principios está bien saltárselos alguna vez), y a pesar del calor insoportable del miércoles pasado me puse un traje para ir a cenar a los Reales Alcázares de Sevilla (la ocasión y el sitio lo merecen, desde luego).

Da gusto encontrarte con viejos amigos. Mi querido Óscar Oliveira, el jefe de prensa de Algaida, me dio la gran alegría al anunciarme que Xurxo Fernández y Pemón Bouzas venían desde Santiago.

Aquí están de izquierda a derecha, Óscar Oliveira, Eva Millán, Gregorio León (la cámara era suya y por eso no he podido poner las fotos hasta ahora...), Xurxo y Pemón, refrescándose un poco antes de la cena.

Al sentarme a cenar mientras esperábamos el fallo del premio, me tuve que quitar la chaqueta. Ya sé que no es lo más elegante, pero el calor era insoportable, ya lo he dicho más arriba.

Después del acto estuvimos en una terraza con estas vistas. Se comprenderá que uno, aunque tenga alma de ermitaño, al final sea capaz de hacer un esfuerzo.

Aquí estamos, justo enfrente de la Giralda, Oliveira, Eduardo Cruz, Xurxo Fernández, un servidor, y Gregorio León, que, por cierto, ya lo he contado por aquí alguna vez, hace un papel estelar en la novela que acabo de terminar, reconvertido en agente secreto en el Madrid de 1950.

El jueves hacía tanto calor, o más, que el viernes, pero como no siempre tiene uno la ocasión de estar con tan buenos amigos, estuvimos aguantando el tipo bajo unos pulverizadores de agua (qué gran invento, por cierto) en la plaza de San Francisco.

Mucho calor, pero os aseguro que mereció la pena.

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© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2011