Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

Seguidores

martes 30 de agosto de 2011

I´m back

Uno viaja como vive, sin saber muy bien lo que se va a encontrar. Sin querer enterarse quizá. Igual que lee un libro del que no desea saber mucho más que el título o apenas un comentario escueto sobre la trama. Pero siempre encuentras algo, sobre todo cuando no estás buscando nada. Vuelvo de unos días fuera y es como si viniera de otro mundo. Ni Internet ni la globalización han empañado el entusiasmo de viajar a un país extranjero y en unas pocas horas encontrarte en un lugar tan diferente al que vives cada día. Es la misma ilusión de la primera vez fuera de España, hace ya tantos años. La misma extrañeza al volver a casa porque ya nunca podrás ser el mismo. Sonríes al leer lo que escribiste antes de irte sobre la melancolía, pero también sabes que volverá a pasarte antes del próximo viaje.

Como dice Paul Newman al final de El color del dinero, I´m back. Las vacaciones se han acabado. Mañana mismo empiezo a esbozar una nueva novela. Sin prisas (tengo una recién terminada en el cajón), sólo por el placer de dejarme llevar, a ver qué sale. No sé cuándo me pondré a escribirla. Puede que antes de finales de año. Tal vez a comienzos del año que viene. Quizá nunca. Es imposible saber lo que te va a pasar mañana. Y está bien que así sea. El otoño se presenta agitado, interesante. Aún trataré de largarme lejos otra vez antes de las Navidades. Ya veremos cuándo y dónde. Y durante los próximos meses he de resolver unos cuantos asuntos que no tienen nada que ver con la Literatura.

Pero, de momento, seguiremos viéndonos por aquí.

Encantado de volver a estar con vosotros.

www.twitter.com/aperezdominguez

http://www.facebook.com/pages/Andrés-Pérez-Domínguez/272070026881

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

lunes 22 de agosto de 2011

Una extraña melancolía

Sobreviene a veces, pero siempre de golpe, inesperadamente, antes de empezar un viaje. Estás haciendo las maletas, empaquetando tus cosas con cuidado para que quepan sobre todo los libros, por si hay retraso en un vuelo o un cataclismo te obliga a pasar fuera mucho más tiempo del que tenías previsto. Y ni siquiera la perspectiva de estar mañana en un país extranjero donde hablarás un idioma que no es el tuyo te logra apartar de una súbita y extraña melancolía que te afecta unas horas antes, como la tristeza de un domingo por la tarde, aunque sepas bien que desaparecerá dentro de un rato. Y mañana, cuando estés camino del aeropuerto, este raro quebranto no será más que un recuerdo misterioso, indescifrable, y la excitación de viajar comenzará enseguida, mucho antes de llegar a tu destino. Tal vez sea verdad eso que leí una vez, hace muchos años, sobre unos indios de Norteamérica que al viajar se sentaban de cuando en cuando para esperar a su alma, que se desplazaba más despacio. A lo mejor temo que un día pueda ir tan rápido que mi espíritu no pueda acompañarme.

www.twitter.com/aperezdominguez

http://www.facebook.com/pages/Andrés-Pérez-Domínguez/272070026881

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

sábado 20 de agosto de 2011

Harto

Hace demasiado calor, está nublado, el cielo barrunta tormenta y uno empieza estar un poco cansado del verano. Al final siempre me pasa, aunque no quiera: el verano se me hace demasiado largo. Pero este final de verano uno también está harto de leer las noticias, y el escepticismo se hace más grande al ver lo que está pasando en Madrid. Me gustaría pensar que hemos avanzado un poco, que al final, si nos empeñamos, algún día este país será un lugar civilizado, incluso educado, pero qué va. La iglesia nunca ha gozado de mis simpatías, pero no por ello me molesta que venga el Papa, y que, quien quiera, vaya a verlo y a pasar calor mientras los riegan con una manguera, como a Carmen Maura en La ley del deseo ―total, el éxtasis también tiene mucho que ver con aquella noche madrileña de Almodóvar y la religión―. Casi siempre me entero de estas cosas en las redes sociales, o mirando de cuando en cuando el televisor sin volumen mientras estoy buscando un billete de avión y un hotel para largarme muy lejos la semana próxima. Con la misma perplejidad me entero de que los fanáticos insultan a los peregrinos y un imbécil estaba dispuesto a rociar con gases tóxicos a los anticatólicos. Veo a Mouriño meterle el dedo en el ojo al ayudante de Guardiola y luego mofarse de él en la rueda de prensa y me digo que, aunque nunca he sido muy futbolero, este portugués barriobajero y maleducado va a conseguir que me saque el carné del Barça. Todavía no entiendo por qué Florentino Pérez no le enseña la puerta de salida.

Pero lo que más me duele, lo que más me asusta, lo que me hace estar más harto, más incluso que de este calor bochornoso que no acaba de convertirse en tormenta, son los modales de la policía, cada vez más lejos de los ciudadanos, cada vez con más ganas de sacar la porra y golpear a la gente. Da mucho miedo ver que algunos disfrutan con eso. Si alguien creía que en España habíamos avanzado, me temo que acabamos de reunir pruebas suficientes de que no. Aquí seguimos teniendo demasiada mala leche. Todos. Y no caben, parece, términos medios: o eres del Barça o eres del Madrid; del Betis o del Sevilla; quieres que el Papa se derrita bajo la mitra o eres un católico reaccionario; del PP o del PSOE; rojo o de derechas; facha o bolchevique, a estas alturas de la película. Todo llevado al extremo, como si el único final posible fuera la confrontación, y la policía pegando palos con la excusa cobarde de que son unos mandados. Ya puestos, para ver tanta violencia, lo mejor sería que volvieran a las televisiones cuanto antes Belén Esteban y Matamoros. Sus discusiones y malos modos en Telecinco son mucho menos perniciosos que los gestos de Mouriño en el Nou Camp o los cachiporrazos de la policía a una pareja de jóvenes muerta de miedo en un portal madrileño.

Mientras tanto, el que escribe esta entrada en su blog, ya tiene los billetes y el hotel para largarse muy lejos la próxima semana. Y, visto el panorama, lo que más le apetece es no volver durante una larga temporada.

www.twitter.com/aperezdominguez

http://www.facebook.com/pages/Andrés-Pérez-Domínguez/272070026881

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

miércoles 17 de agosto de 2011

Un clavo saca otro clavo

Qué raro que el tiempo pase tan rápido y el presente te haga olvidar de pronto el esfuerzo, los problemas o los sacrificios hasta haber alcanzado tu meta. Entre mis escasas virtudes se encuentra una memoria excelente, que a veces se me antoja un estorbo porque hay muchas cosas que uno debería no recordar, o si no, procurar olvidarlas, como hacía Sherlock Holmes con los conocimientos inservibles para su profesión (le traía sin cuidado, contaba perplejo su compañero Watson, que la tierra girase alrededor del sol), porque el olvido, parece, es un recurso espléndido para avanzar saludablemente. Yo no puedo evitar acordarme de caras y de nombres, de fechas remotas, del día de la semana o del mes en el que ocurrió algo, banal o importante, da lo mismo, cuando era un adolescente, y apenas pierdo unos segundos en buscar un párrafo que leí en un libro hace veinte o treinta años. Sin embargo, me afecta una tendencia estúpida a olvidarme enseguida del esfuerzo que me ha costado algo una vez que lo he conseguido. Cuando me paro a pensarlo no puedo evitar irritarme un poco conmigo mismo por no darle la importancia que debería.

Cuento esto hoy porque hace exactamente un año, un día tan caluroso como este, salí de mi casa por la tarde y dejé la ventana abierta. Nada raro, porque era verano, pero enseguida el cielo se cubrió de nubes negras, y llovió tanto que hasta los bomberos tuvieron que hacer horas extra para ayudar a los vecinos y el agua se llevó calle abajo unos cuantos coches. Los habituales de este blog sabéis (permitidme el tuteo) que al volver aquella noche me encontré tres cuadernos manuscritos de la novela en la que estaba trabajando para tirarlos a la basura. Se habían mojado tanto que las tapas estaban tatuadas en la mesa de mi despacho. Aún queda algún resto que no he querido borrar del todo, para que no se me olvide. Pero todo pasa y todo queda (hoy me levanté poético...), y aquella novela se terminó, con un poco de retraso, o tal vez cuando tenía que haberse terminado y ya está. Y ahora, apenas dos meses después de haberle puesto punto final, me afecta otra vez esa sensación tan rara (mucho de lo que tiene que ver con este oficio es bastante extraño): es como si no la hubiera escrito yo, como si el mazo de folios se debieran al esfuerzo de otra persona y ya no me perteneciera. Un clavo saca otro clavo (la poesía, otra vez), y ni siquiera pienso en ella o en los personajes con los que convivido durante tanto tiempo. Ahora lo que más me interesa es empezar una nueva historia que tengo en la cabeza y ya no me deja dormir, encontrar algunas imágenes en un viaje que tengo previsto empezar esta misma semana para usarlas en la próxima novela. Quién sabe, a lo mejor será esta alguna clase de compensación por no poder olvidar cuanto quisiera: cada vez que escribes la primera frase de una nueva novela, es como si el mundo empezara a girar otra vez, como estrenar una nueva vida llena de misterios en la que nada de lo que has escrito antes importa.

www.twitter.com/aperezdominguez

http://www.facebook.com/pages/Andrés-Pérez-Domínguez/272070026881

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

lunes 15 de agosto de 2011

¿Paraíso?

Hablo por teléfono con mi madre y me cuenta que la playa está llena de sombrillas. Me asomo por la ventana y apenas puedo ver un hueco libre en la arena, me dice. Sé que no exagera. Es quince de agosto, tampoco es para extrañarse. Quizá, como siempre, el raro sea yo, que prefiere estar tecleando este post sin escuchar más que algún sonido familiar en la calle a pesar de tener todas las ventanas abiertas: la conversación indescifrable de algún vecino, el tráfico escaso un poco más allá, en la carretera, los pájaros que buscan la sombra a esta hora.

Cada uno ha de encontrar su propio paraíso, supongo. Buscando un palmo de arena donde clavar la sombrilla frente al mar a mediados de agosto, o tal vez en las ciudades que en días como hoy se me antojan tan acogedoras como si hubiera sucedido un cataclismo nuclear o una epidemia hubiera barrido a sus habitantes. Aparcar en el centro sin tener que dar vueltas -incluso los gorrillas se han ido de vacaciones-, caminar protegido por la sombra de una calle estrecha, entrar en una tienda o en una cafetería refrigerada, meterte en un cine sin hacer cola o, simplemente, leer el periódico en silencio o dedicarte a programar tranquilamente tu próximo viaje sin agobios también puede ser bastante parecido a estar en el paraíso.

www.twitter.com/aperezdominguez

http://www.facebook.com/pages/Andrés-Pérez-Domínguez/272070026881

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

jueves 11 de agosto de 2011

Los perros de Viator

Escucho esta mañana en la radio que el ayuntamiento de Viator, en Almería, ha aprobado una ordenanza para multar a los vecinos que saquen a las terrazas o a los patios a los perros y a otros animales domésticos entre las tres y las cinco de la tarde y entre las diez de la noche y las ocho de la mañana. Lo escribo de memoria, pero creo que más o menos es así.

Puede que la medida resulte polémica, pero no sería mala idea que todos los alcaldes de España se fueran aplicando el cuento. Tener perro es algo estupendo (yo mismo he tenido perro muchos años), pero que los vecinos tengan que soportar los ladridos, quieran o no, ya no resulta tan agradable. A determinadas horas, cualquier urbanización o bloque de pisos que se precie acaba convirtiéndose en una tertulia canina. Y algunas veces es insoportable. Tal vez sus dueños no quieren darse cuenta. Es lo que pasa en España con el maldito ruido, que nos parece tan nuestro como las sevillanas, el paro o las peregrinaciones a la ermita del Rocío, y al que protesta enseguida acaban llamándolo aguafiestas. Pero bueno, de ruido ya he hablado aquí otras veces, y no me apetece repetirme. Es sobre todo, cuestión de educación, y en el mismo saco caben los dueños de los perros a los que no les preocupa que sus ladridos molesten a los vecinos, que la gente que deja el coche atravesado en un aparcamiento ocupando dos plazas porque le da pereza hacer maniobras, como el que tira el envoltorio del helado al suelo en lugar de buscar una papelera.

Y vaya por delante que adoro a los perros. Casi siempre más que a sus dueños. De niño y hasta bien entrado en la adolescencia, siempre he vivido en el campo, y entonces vivir en el campo significaba aislamiento. Que te instalaran un teléfono en un lugar apartado era tan insólito que cuando un día vinieron de Telefónica a ponernos la línea ni nos acordábamos ya de cuántos años habían pasado desde que la solicitamos. Eran otros tiempos, claro.

Muchos de los buenos recuerdos que tengo de entonces tienen que ver con los perros. He tenido muchos. Desde que tengo memoria. Me pasaba horas jugando con ellos cuando venía del colegio. Con ellos y con mis tebeos era feliz. Incluso tuve uno de raza fiera que hacía guardia en la puerta de mi habitación cada noche y acostumbraba a gruñir a mi madre cada vez que cruzaba el pasillo, o, si me acomodaba en el sofá, tenía que poner un pie en el suelo para que el animal se tumbase al lado. Si no lo hacía siempre se quedaba de pie, esperando cualquier movimiento mío para seguirme. Ya digo, yo tenía catorce o quince años y era feliz.

Desde hace por lo menos veinte años no he vuelto a tener perro. Y no por falta de ganas. Rara vez veo uno y me resisto a acariciarlo. Nunca me han dado miedo. Pero la vida cambia, y está muy bien que así sea, y ya no vivo en un sitio como el que vivía entonces, donde los perros podían correr y ladrar todo lo que quisieran sin molestar a nadie. Desde entonces he vivido en pisos, o en casas donde cualquier perro se sentiría enjaulado. Yo no lo soportaría. Prefiero no tener perro. Y tampoco que me gustaría que mis perros molestasen a mis vecinos.

Me temo que la ordenanza del ayuntamiento de Viator no va a servir para mucho, por desgracia. No sé si se podrá cumplir de una forma eficaz y satisfactoria y quien quiera podrá descansar o rascarse el ombligo disfrutando del silencio, y los dueños de los perros mentalizarse de que la retahíla de ladridos tendrán que aguantarlos sólo ellos. Y que esa ley municipal se extienda por todos los sitios de España sería tan utópico que casi mejor no lo pienso. O sí... ¿Por qué no? Al fin y al cabo, siempre he creído en las utopías...

www.twitter.com/aperezdominguez

http://www.facebook.com/pages/Andrés-Pérez-Domínguez/272070026881

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

miércoles 3 de agosto de 2011

¿Placeres culpables?

Debo de ser un tipo fácil, la verdad. Cuando me gusta un libro, una película o una serie de televisión, no me pongo a darle vueltas para buscar las razones por las que los disfruto, y, si no me gustan, tampoco pierdo el tiempo en averiguar los motivos por los que sí deberían gustarme. Escribo esto porque me entero de que hay un término que está de moda, guilty pleasure (en inglés, cuando tiene su equivalente, con el mismo número de palabras, en castellano), o sea, placer culpable. El placer culpable, por lo visto, es cuando te gusta algo inconfesable o que, al menos, no te hace sentir muy bien por disfrutarlo. Me he enterado de la existencia de este término curioseando sobre la sangrienta, lujuriosa, y sobre todo la mar de entretenida serie Spartacus. Por lo visto, a mucha gente le cuesta confesar que gusta esta serie.

En este blog he hablado más de una vez de muchas de las series que he disfrutado. Hace pocos días recordaba El ala oeste de la Casa Blanca; y en su día hablé de la espléndida Mad men o de Perdidos. Casualmente, es en verano cuando me suele llamar la atención una nueva serie. Este verano me lo he pasado muy bien con Juego de tronos (“Se acerca el invierno...”), y como la primera temporada me ha dejado con ganas de más, lo mismo me animo a leerme la serie de novelas de George R.R. Martin en las que se basarán las próximas temporadas de la serie.

Yo creo que es de estúpidos sentirte culpable por disfrutar de ciertas series, por muy poco intelectual que les parezca a algunos. Hace unos cuantos años, recuerdo una conversación con una escritora que se llevaba las manos a la cabeza, escandalizada, porque le dije que me gustaba la serie Los Serrano. Es imposible que te guste eso, se quejaba, y de pronto me di cuenta de que empezaba a mirarme por encima del hombro. ¿A que te gustan Los Simpson?, le pregunté. Asintió, claro. Tal vez si fuese una serie española no te gustaría tanto, le dije. Y, bien mirado, en algunos puntos la familia Simpson no me parece tan diferente a la familia Serrano.

Quiero decir que sí, que Mad men es una obra maestra, y que muchos episodios me han dejado con la boca abierta; y que da gusto ver al incomparable Paul Giamatti en la piel del presidente John Adams; y cada vez que empiezo a ver un episodio de Hermanos de sangre no puedo parar hasta el final. Pero también he disfrutado mucho con la amistad sin fisuras de los personajes de Los Serrano, y me he reído un montón con las paridas de Los hombres de Paco; Cuéntame es una de mis citas ineludibles cada otoño, y me dio mucha pena cuando me dijeron que La chica de ayer no se iba a emitir más allá de la primera temporada.

Si alguien cree que debería sentirme culpable por ello, sinceramente, es su problema.

www.twitter.com/aperezdominguez

http://www.facebook.com/pages/Andrés-Pérez-Domínguez/272070026881

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

martes 2 de agosto de 2011

Las nubes del verano

El verano es muy inestable. Pero la memoria meteorológica, dicen los que entienden, con resignación, es tan frágil que nunca nos acordamos. Nunca he sido tan consciente de lo traicionero que es el verano como desde que salgo a montar en bici por el campo. Rara es la tarde que no sopla un viento incómodo, seguro que por las mareas y la relativa cercanía del mar, y nunca puedes estar seguro de que al final de la tarde no aparecerá la lluvia, por muy al sur que vivas. Antes de salir me asomo a la ventana y escruto el cielo, como un viejo marino antes de embarcarse, y trato de calibrar la fuerza del viento por el modo en que se agitan las ramas de los árboles.

Pero también bastan unas cuantas horas de cielo encapotado, de gotas que caen por sorpresa y de aire fresco para que, a poco que se descuide, uno sucumba al falso espejismo de un verano más fresco o menos duro. Porque, al cabo, en verano hace calor y en invierno hace frío. Es lo que toca. Pero ayer daba gusto pasear por el campo. El olor de la tierra húmeda, uno de los que más me gustan, tan intenso y la amenaza no necesariamente desagradable en el cielo de una tormenta, y el aire fresco, como si le hubieran dado la vuelta al mapa y Andalucía estuviera al lado del Cantábrico.

Creo que a muchos nos gustan la lluvia y los días nublados en verano por la misma razón que nos agradan las mañanas soleadas de invierno en las que no hay rastro de nubes y el cielo parece una promesa de las vacaciones que aún quedan tan lejos. Ya lo dice esa canción de Fito & Fitipaldis: “Sé que no puedo dormir porque siempre estoy soñando, en invierno con el sol, con las nubes en verano”.

www.twitter.com/aperezdominguez

http://www.facebook.com/pages/Andrés-Pérez-Domínguez/272070026881

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011

lunes 1 de agosto de 2011

20 N

El viernes pasado, durante la rueda de prensa de Zapatero, hervían las redes sociales. Y después del anuncio de la elecciones anticipadas para noviembre, también. Daba la sensación de que nada en el mundo existía antes de la oficialización de lo que todos daban por hecho, y de que tampoco existirá después. Una vez más me sentía como un bicho raro porque, sinceramente, estoy tan cansado de los que están y de los que probablemente vendrán, y también de los que protestan sin llegar a enterarme de si de verdad pueden aportar alguna solución práctica antes de que nos vayamos al carajo, que hace mucho que procuro pasar las páginas del periódico en las que aparecen Rubalcaba, Rajoy o los indignados del 15 M. Desde el viernes no he comprado ni un periódico. No me interesa. No dudo que hace falta un cambio, o un revulsivo, pero me cansa el debate. Menos mal que aún tenemos todo el mes de agosto por delante, y a lo mejor nos queda un poco de paz hasta que empiecen los debates, de nuevo, a la vuelta del verano.

Ya puestos, casi prefiero ver otra vez las temporadas sexta y séptima de El ala oeste de la Casa Blanca. Recuerdo que cuando las vi la primera vez me intrigaba vivamente si al final Jimmy Smits sería elegido candidato demócrata y luego presidente, mientras que ahora, al ver a Rubalcaba y Rajoy en el telediario, tan solo me dan ganas de dormir la siesta.

www.twitter.com/aperezdominguez

http://www.facebook.com/pages/Andrés-Pérez-Domínguez/272070026881

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2011