Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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jueves 29 de septiembre de 2011

La playa en otoño

Basta apenas un rato conduciendo para llegar a la misma playa que hace unas semanas estaba tan abarrotada de veraneantes que sólo me acercaba para visitar a la familia. Aunque en el sur aún se mantiene un calor aceptable, el calendario dice que ya hemos estrenado el otoño, y en la playa la mayoría de los bares y tiendas están cerrados, y en los que aún resisten estos días con valentía o inconsciencia hay tan pocos clientes que una vuelta por el centro comercial tiene algo de fantasmagoría. En la orilla, si uno no vuelve la cabeza para obviar los bloques de apartamentos vacíos, no es muy diferente a estar sentado en una playa desierta: apenas algunas sombrillas muy espaciadas, muy de tarde en tarde un vendedor de relojes que sigue pateándose la arena como si aún no hubiera terminado el verano, siempre con la sonrisa resignada, una mancha blanca en mitad de la cara negra, cuando le dices, también sonriendo, que lo sientes, que no vas a comprar nada.

Menos gente todavía en el agua que en la arena, y celebro estos baños tanto como los primeros del año, al final de la primavera, incluso más, porque ahora la temperatura del mar es más agradable que en abril o en mayo. Paseo mucho rato, al caer la tarde, sin apenas encontrarme con nadie, y enseguida se me hace de noche porque ahora los días son más cortos. No me he traído el ordenador, no tengo conexión a Internet, y maldita la falta que me hace. Compro el periódico cada mañana: puede que sea un anticuado porque siempre preferiré leer la prensa en el ordenador o en esas tabletas que ahora se han puesto de moda. Apenas veo la tele. He traído unos cuantos libros que me hacen compañía. Duermo como un bebé a pesar de que la mayoría de los días no soy capaz de espantar el insomnio.

Qué sencilla puede ser la vida cuando todo se reduce a tres o cuatro cosas que te importan. Y a mí hay pocas cosas que me gusten más que la playa en otoño.

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© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2011

domingo 25 de septiembre de 2011

Unas cuantas cosas que he aprendido (IV): Los editores

No tenía muy claro si seguir con esta minisección, pero el otro día leí unas reflexiones del editor Mario Muchnik sobre los escritores y se me ocurrió que un escritor tiene el mismo derecho a opinar sobre los editores. Mario Muchnik en su ensayo El oficio de editor enumera “Las diez impertinencias que un editor no soporta de los escritores”. Quienes leen este blog se habrán dado cuenta, supongo, de que el corporativismo no es lo mío, pero el oficio de escritor ya es a menudo lo bastante amargo y esforzado (y no dudo que el de editor también pueda serlo) como para encima quedarse callado cuando alguien, aunque utilice el fino recurso de la ironía, se burle de nosotros.

Decía la agente literaria Carmen Balcells hace años en una entrevista que, por naturaleza, los escritores son seres endiosados y los editores son arrogantes. Yo creo que hay de todo: escritores endiosados y tipos normales; y editores arrogantes y personas amables y atentas. He trabajado con varios editores, y a casi todos los aprecio y respeto, pero no quiero dejar escapar la ocasión de contestar a algunos de los puntos del decálogo del por otro lado casi siempre interesante y lúcido Mario Muchnick.

Copio algunas de sus aseveraciones y, debajo, en el siguiente párrafo, escribo mi comentario.

Ni una coma
Así, Muchnik ejemplifica que existen escritores que “no admiten que se les toque una coma de su texto”, pese a que el editor cree que si no introduce modificaciones no se comprenderá lo que el autor ha escrito.

Es posible, pero también hay editores que para justificar su trabajo, incluso con buena voluntad, se empeñan en estropear un texto o traicionarlo. Y no hablemos de los títulos: con la misma buena intención el título que te propone un editor puede mejorar o estropear tu novela, o alejarlo de aquello que te gustaría que percibieran los lectores. No es lo habitual, desde luego, pero tampoco es tan raro que suceda.


La cubierta
Otro tanto sería el hecho del escritor que intenta “imponer su propia idea de cubierta” del libro.

En una carpeta de mi ordenador tengo varias propuestas de cubierta sonrojantes para algún libro mío que por fortuna no prosperaron. Además, ¿no es legítimo que un escritor pueda al menos opinar sobre la cubierta de su libro? Nadie es perfecto, ni infalible, creo.


Erratas
El autor de Oficio de Editor también señala a algunos escritores que entregan manuscritos sin corregir, para que sea el editor quien haga dicha labor. “Y luego rompen el pacto de fidelidad y se van con quienes les ofrecen condiciones mejores”, añade sobre este asunto.

Cuando uno escribe, llega un momento que es imposible ver con objetividad su propio trabajo, y eso también significa pasar por alto las erratas. Se supone que una editorial debe de tener a alguien competente que se ocupe de vigilar las erratas. Pero la segunda cuestión es la más interesante: el pacto de fidelidad. No se me ocurre ningún otro gremio, si acaso el de los futbolistas, en que el chantaje de la fidelidad se esgrima con tanta ligereza. A nadie parece importarle que cualquiera cambie su puesto de trabajo por otro donde le ofrezcan mejores condiciones o pueda progresar, pero a veces los editores parecen considerarnos a los escritores de su propiedad, como si el mundo de la edición fuera una suerte de feudalismo moderno. Y la fidelidad, no nos olvidemos, es un asunto recíproco. No he conocido a un editor que se comprometa a publicar cualquier cosa que escribas. Resulta (o debería resultar) evidente, que un escritor tiene el mismo derecho a cambiar de editor cuando le parezca o encuentre la oportunidad, del mismo modo que tu editor puede no publicarte tu próxima obra si no la considera adecuada para su catálogo o prefiere promocionar el libro de otro autor. Generalmente, los editores solo aceptan que te busques la vida una vez que ellos han decidido no publicarte. Muchas veces demoran la respuesta hasta que te aburres de esperar. Y no es infrecuente, cuando te vas con otro editor, aunque ellos no hayan querido publicarte, que te llamen traidor. Ya digo, la fidelidad, o el amor, ha de comprometer a las dos partes.

Amiguismo
Insoportable para el editor también es el amiguismo, tal y como se desprende de la siguiente reflexión de Muchnik. Así, el editor tiene que sufrir que el escritor proponga manuscritos de sus “amiguetes”, dice.

¿Seguro que el señor Muchnik no ha descubierto nunca una obra estimable a través de la recomendación de un escritor? Yo tengo amigos que son muy buenos escritores y he recomendado sus libros a mis editores, y a veces algún amigo escritor ha recomendado un texto mío a un editor. No creo que tenga nada que ver con el amiguismo.

Editor rico
A estas nueve –llamémoslas así- impertinencias, se une otra hasta sumar la decena. Es la que nos devuelve la imagen del editor más cercana a un mercader que a un artesano. Mario Muchnik lo expresa así en su ensayo: “Por ejemplo, los [escritores] que van por el mundo convencidos de que el editor se enriquece a costa de ellos”.

Por supuesto que un escritor no tiene que pensar que el editor se enriquece a costa de su trabajo. Pero a veces tengo la sensación de que ciertos editores piensan que los escritores somos tontos o nos pasamos la vida encerrados en una burbuja. Que nos conformemos con las liquidaciones, porque no nos quede más remedio o no merezca la pena discutir para al final no conseguir una aclaración satisfactoria, no significa que seamos imbéciles o no sepamos cómo funciona el mundo. El que más y el que menos ha hecho otras cosas en su vida, y las sigue haciendo, además de estar encerrado muchas horas al día inventándose historias. Vale que uno por ser prudente pueda parecer tonto, pero otra cosa es que lo sea.

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© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2011

martes 13 de septiembre de 2011

Tetas para Putin

Como saben los lectores de este blog, la política me aburre, y uno de los mejores antídotos para el insomnio es ver en el telediario después de comer a cualquiera que aspire a ponernos firmes después del 20 de noviembre. Y es que todo lo que tiene que ver con la política es demasiado gris. El remedio, parece, lo ha encontrado un chaval con tanta imaginación que algún candidato debería plantearse su fichaje: Sam Nickel, un ciudadano ruso, ha convencido a mil mujeres para que dejen tocarse las tetas con la excusa de que después estrechará la mano de Vladimir Putin y le transmitirá toda su energía positiva.

Así, como lo cuento. Sin trampa ni cartón. En este vídeo se puede ver la hazaña del chaval:

No sé cómo se habrán tomado el asunto los medios de comunicación soviéticos, pero en España que, a bote pronto, parece un país mejor dotado para el buen humor que la fría Rusia, no me imagino a un tipo con una cámara pateándose las calles para pedirles a las mujeres que se dejen tocar las tetas para transmitir su energía positiva a Zapatero o a Rajoy. Lo que no deja de ser una broma en la que, no nos olvidemos, la participación es voluntaria, me da que enseguida se convertiría en un debate en las tertulias de los medios de comunicación, con demagogos (y cuando uso el plural me refiero a demagogos y demagogas...) soltando un sermón sobre la explotación sexual de las votantes y estupideces varias. No sé, y, también, miedo me da imaginar a Belén Esteban ofreciéndose voluntaria.

Aunque no me digan que no sería divertido asistir al recuento cada noche en el telediario: tantas mujeres se han dejado tocar las tetas para mandarle su energía positiva a Rajoy, tantas tetas para Zapatero... Y los candidatos, mientras tanto, con las carnes abiertas y un ojo puesto en las encuestas y el otro, en fin, ya me entienden...

Y, antes de que se me encabrite alguna lectora: si alguien quiere ir por la calle pidiendo a los hombres que se dejen sobar el paquete para transmitir su energía a los políticos, ningún problema.

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jueves 8 de septiembre de 2011

El futuro

No soy muy dado a la melancolía cuando pienso en el pasado. Algunas cosas duran más, otras duran menos o ni siquiera suceden, y no hay que darle vueltas. Sin embargo, pensar en los años venideros sí me produce cierta angustia, supongo que porque, aunque parezca contradictorio, tengo cierta tendencia a instalarme en la incertidumbre, a no tener un sueldo siquiera, y prefiero no saber lo que me va a pasar mañana. Si algún día inventaran una máquina del tiempo yo no soy de los que viajarían al futuro, sino al pasado. Se me ocurren unos cuantos momentos históricos que me gustaría ver con mis propios ojos. El futuro, no. No me interesa conocerlo. Y tal vez lo agobiante del porvenir es tener una evidencia física de que llegará, invariablemente, aunque todavía falten diez años.

Esta tarde he ido a renovar el DNI, y antes de guardar el nuevo documento en mi cartera me quedé un momento en la puerta de la comisaría, mirando mi cara en blanco y negro y mi nueva cita con la policía en septiembre del año 2021.

La fecha de caducidad de tu DNI puede ser igual que una sentencia inevitable, una amenaza travestida de broma de mal gusto, la evidencia, quizá, de que no se puede burlar al Destino.

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© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2011

martes 6 de septiembre de 2011

100.000 en La separata

Ayer, creo, se asomó por esta bitácora el visitante número cien mil. Probablemente no significa mucho, quizá no significa nada, y habrá otros blogs, seguro, con muchas más lectores que éste, pero bueno, cien mil es un número redondo, para mí una cifra considerable, y a lo mejor es el momento de reflexionar un poco sobre esta ventana virtual que mantengo abierta desde hace tres años.

¿Por qué el nombre La separata?

Seguro que alguno se lo habrá preguntado. La respuesta es bien sencilla. En la primavera de 2008 llevaba ya varias temporadas colaborando en Punto Radio con un par de secciones en el magazine de mi querido Cristóbal Cervantes. Una de ellas, que se emitía los viernes, en la que opinaba de lo que me parecía, se llamaba La separata y, puesto que se me ocurrió que no estaría mal alargar la vida de los textos más allá de lo que tardasen en perderse en las ondas, el blog podría llamarse igual que la sección radiofónica. Por cierto, el nombre de la sección (y por tanto del blog) no fue idea mía, sino de Cristóbal Cervantes. Dicho queda.

¿Por qué un blog?

Ni siquiera yo mismo puedo responder con claridad a esta pregunta. Cuando nació La separata, acababa de publicar El factor Einstein, y además de éste, fabriqué otros blogs con los títulos de los libros que había publicado. Reconozco ahora que fue una decisión equivocada, porque no tardé en darme cuenta de que me resultaba imposible mantener tantos frentes abiertos y vivir al mismo tiempo, y que no podría estrenar un blog cada vez que publicaba un libro. Unos meses después resumí todos los blogs en este, y creo que no es difícil manejarse por aquí: en la columna de la izquierda están las etiquetas de cada libro (basta pinchar en cada una para acceder a toda la información), y en la columna de la derecha las entrevistas en diferentes medios. Aunque la primera entrada es de marzo de 2008, también colgué, con una paciencia que ahora no sé si tendría, muchos textos de opinión que había ido publicando en diferentes medios (Onda Cero, El Correo de Andalucía, etc) desde 1999.

¿Para qué sirve un blog?

Cuando un periodista te va a entrevistar y se preocupa antes de documentarse sobre ti, busca en Internet, y lo primero que aparece cuando alguien escribe mi nombre en el buscador de Google es esta bitácora. Si aquí se puede encontrar de una forma ordenada bastante información sobre mi trabajo, está claro que el blog facilita bastante las cosas a la prensa. Por eso acostumbro a colgar en el blog las noticias, reseñas y entrevistas que van saliendo sobre mi obra. Contra lo que pueda parecer, no es un ejercicio de egocentrismo, sino una razón bastante práctica. Quiera o no, mi blog es la puerta de entrada para la gente que teclea mi nombre en un buscador.

Y, además, me gusta escribir aquí, de lo que me da la gana, sin tener que dar explicaciones a nadie ni estar limitado por las líneas fijas de la columna en un periódico o el minuto y medio escaso de una pieza en la radio. Un amigo me decía una vez que tendría que ser más polémico, mojarme más, buscar la confrontación con algunos sectores. Así tendrás muchas más visitas, aseguraba, y muchos más lectores. Es posible, pero la polémica no va conmigo. Si alguna vez me topo con ella, estupendo, ningún problema, pero no es lo que más me gusta. Al escribir esto me acuerdo de los diferentes consejos que tengo que escuchar, sin pedirlos, de más de uno sobre cómo debo afrontar mi trabajo y mi vida. Quizá escriba sobre eso en la próxima entrada. Hoy no toca.

En definitiva, lo que quiero ahora es dar las gracias a todos los visitantes de este blog. A los que dejan un comentario y a los que se asoman sin hacer ruido. Casi nunca puedo responder a vuestros comentarios uno por uno, pero os aseguro que los leo todos. Y en un oficio tan extraño y tan solitario como éste, no sé si podéis haceros una idea de cuánto reconforta saber que tus palabras no caen en saco roto. Que hay alguien al otro lado.

Abrazos para todos.

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© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2011

viernes 2 de septiembre de 2011

Preludio de otoño

Es solo un espejismo porque mañana o pasado, o tal vez el lunes, volverá el calor con la misma insolencia que aparece en cuanto se apartan las nubes, pero da gusto sentarte junto a una ventana y escuchar relámpagos, cada vez más cerca, barruntando lluvia. Estos días que se parecen tanto al otoño, que me gusta tanto, se acabarán enseguida, y muy probablemente ahora que se va vaciando de veraneantes empezaré a visitar más la playa (recuerdo la felicidad de bañarme, con el agua todavía razonablemente tibia, hace un par de años, a finales de octubre), pero ahora el aire se parece tanto al del otoño que no puedo sino apartar un rato los ojos del libro que estoy leyendo (una entretenidísima biografía sobre un personaje que me interesa mucho) y mirar por la ventana.

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Hace un rato he hablado con mi madre y me ha dicho que en la playa hay tormenta. Pronto irá para allá, asegura. Ahora el aire se nota más frío y más húmedo, y los relámpagos suenan cada vez más cerca. Me gusta. Y las madres, como siempre, tienen razón.

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© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2011


jueves 1 de septiembre de 2011

Banda sonora


Iba a escribir una entrada sobre los músicos callejeros, pero me he acordado de que ya publiqué un artículo sobre este asunto, en diciembre de 2001, en El Correo de Andalucía. Lo copio y lo pego ahora. Diez años después sigo pensando lo mismo, y ahora lo ilustro con este vídeo grabado hace pocos días en Alemania. Espero que os guste.


Banda sonora


De la primera vez que estuve en Nueva York recuerdo una sensación que se ha repetido invariablemente cuando he vuelto a la ciudad de los rascacielos: sólo bastan unos instantes para sentirse muy pequeño, como Gulliver, flanqueado por los edificios enormes, para quedarse absorto mirando los taxis amarillos buscando a Robert de Niro con la cabeza rapada en la película de Scorsese, o sentir cómo lo habita el sonido tranquilizador de un saxo en la calle, unas notas que, después de haberlas escuchado, se da uno cuenta de que también son parte intrínseca de la ciudad que habíamos imaginado aun antes de visitarla por primera vez. De pronto parece como si los rascacielos, el río de gente que baja por las avenidas o los taxis amarillos hubieran perdido su identidad real para transformarse en imágenes de una película visitada muchas veces sin cansarnos y la música del saxo al caer la tarde no fuera otra cosa que la banda sonora de la ciudad.

Pasa en muchos ciudades, no sólo en Nueva York. Basta dar una vuelta por el metro de Londres o Madrid, por ejemplo, para percatarse, no sin cierto rubor, del gran número de músicos, y además buenos, que se patean las calles buscando una limosna, mimando las cuerdas de una guitarra o entonando una melodía con los ojos cerrados, ajenos al público que se arremolina en torno a ellos.
video
En Sevilla también los encontramos: no hay más que pasear por el centro una mañana, sin prisas y, a poco que nos entretengamos frente a un escaparate, escucharemos una música, primero a lo lejos, suavemente, como si la estuviésemos tarareando para nuestros adentros. Luego te das cuenta de que el sonido no procede del interior, sino del otro lado de la esquina, y allí están, unos músicos que parecen venidos de la Europa del Este, muy rubios, muy jóvenes y muy bien trajeados. Al principio resuelves pasar a su altura sin mirarlos, pero enseguida comprendes que no puedes, te quedas extasiado mirándolos, igual que mucha gente, hasta que, sintiéndote culpable, dejas caer una moneda en la funda del instrumento que descansa sobre el suelo helado, alegrándote de que el montón de calderilla vaya creciendo. Luego, para no molestar, retrocedes unos pasos con discreción, procurando no hacer ruido, hasta que pasas a formar parte del grupo de curiosos que forman corrillo alrededor de la orquesta igual que si estuvieran aliviándose del frío al calor de una hoguera, mientras escondes tus manos torpes en los bolsillos, y el tiempo pasa volando, tan rápido que te gustaría tener toda la mañana para quedarte a escucharlos, porque a veces sólo hace falta eso, que la música en la calle nos alegre un instante la vida, como si fuese su banda sonora.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2001
Publicado en El Correo de Andalucía