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sábado 19 de noviembre de 2011

Jerry Weintraub


Para determinadas cosas soy muy perezoso. Aún no me he preocupado de preparar mi antena de toda la vida para ver la TDT. No sé si me pierdo algo, pero como tengo Canal +, además de las películas puedo ver los canales de siempre: La 1, La 2, Antena 3... Y desde hace años un DVD grabador me facilita bastante las cosas: lo tengo programado para que grabe varias horas al día, y de vez en cuando reviso los archivos por si hay algo que quiera ver. Basta con pulsar el botón de borrar para quitar lo que no me interesa o editar lo que me apetezca conservar. Ni siquiera miro la programación para ver lo que ponen, y de cuando en cuando me encuentro sorpresas agradables en el disco duro. Así descubrí las series Mad men, Juego de tronos, Los Tudor o Spartacus; y, recientemente, películas que tal vez no me habría preocupado de ver y al final he disfrutado, como El americano, The town o No se lo digas a nadie.
Pero con cierta frecuencia programan en Canal + documentales tan interesantes o emocionantes como cualquier película. Y así, por casualidad, me empapé el otro día de la vida de Jerry Weintraub. Jerry Weintraub, el productor de las estrellas, se llama el documental. Sé que quedaría muy bien si escribiera aquí que ya sabía quién era Jerry Weintraub. Pero no. Jamás había escuchado hablar de él, y si había visto su nombre en los créditos de películas como Ocean´s eleven o Karate kid me había pasado desapercibido a pesar de que soy de esos pesados a los que les gusta sentarse a leer los créditos. Veo al septuagenario Jerry Weintraub sentado en una butaca de su mansión contando su vida y no dejo de sonreír durante la hora larga que dura el documental. Puede que exagere muchas de las anécdotas que cuenta, pero con que sean verdad la mitad de la mitad de sus recuerdos, os aseguro que merece la pena verlo.

Habla de otra época, de un mundo que jamás volverá; de Elvis Presley y su manager, el coronel Tom Parker, al que tuvo que estar llamando cada mañana durante un año para conseguir llevarse al Rey del rock de gira; de Frank Sinatra, que lo telefonéo un día a su oficina y le dijo que quería hablar con él y en el aeropuerto lo esperaba un avión para llevarlo a su casa; de su padre, que siendo muy jovencito le enseñó que si quería comprarse una chaqueta como la de James Dean en Rebelde sin causa tendría que buscarse un trabajo. Así es cómo funcionan las cosas, le explicó. Ya digo, el documental sobre Jerry Weintraub es una hermosa lección de vida. Yo lo he rescatado del disco duro y ya lo he visto un par de veces. Merece la pena.

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© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2011

lunes 14 de noviembre de 2011

El placer de la lentitud

Soy de los se empeñan machaconamente en acudir pronto a las citas, en salir un rato antes por si me pilla un atasco o pincho una rueda. Llegar demasiado pronto no me molesta, todo lo contrario, e igual que los lugares multitudinarios me agobian las prisas y encuentro un sinsentido correr sin necesidad cuando se ha tenido tiempo de sobra para hacer las cosas despacio.

Desde hace mucho no había tenido la oportunidad de corregir una novela con el tiempo suficiente para no correr. Llevo tres semanas puliendo mi nueva novela, a capítulo por día, sin prisas. Y luego habrá que corregir las galeradas. Aún queda casi un año para que esté en las librerías, pero esa fecha tan lejana en lugar de angustiarme o entristecerme me provoca una tranquilidad gratificante, una rara paz que otras veces se me ha escapado en mi trabajo.

Podría ir mucho más rápido, pero no quiero. ¿Por qué correr si aún queda tanto tiempo? Con todo un año por delante sobran días para hacer las cosas bien. Incluso puedo tener otra novela al menos mediada cuando ésta se publique. O no. ¿Quién puede ser tan imbécil como para creer que puede adivinar el futuro?

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miércoles 9 de noviembre de 2011

Cura de humildad

Se me acumulan felizmente las lecturas estos días. Hoy añado a la lista de libros pendientes otro regalo de un amigo muy querido. Vengo de un encuentro literario con José María Merino en Sevilla y, además del rato bien aprovechado, me traigo su última obra, que aún no estoy muy seguro de si se trata de una colección de cuentos o una novela o tal vez ambas cosas: El libro de las horas contadas, exquisitamente publicado por Alfaguara.

Los habituales de esta bitácora están al corriente de mi amistad con José María Merino. Nada nuevo que añadir porque no quisiera ser empalagoso. Pero tal vez por eso no les extrañará que al encuentro de esta tarde el escritor y académico haya venido con un libro dedicado para mí. Yo, que también he llevado libros dedicados para amigos muchas veces (hay unas cuantas personas muy queridas a las que jamás consentiré que compren mis libros), nunca dejaré de emocionarme cuando alguien como José María Merino hace lo propio conmigo. Y no puedo sino contarlo públicamente.

En el encuentro, José María Merino ha leído algunos fragmentos de El libro de las horas contadas y ha regalado reflexiones muy interesantes y lúcidas sobre el oficio de escritor, pero el tiempo que he pasado con él ha sido para mí, sobre todo, una impagable cura de humildad: basta un rato con alguien que lleva muchos años en esto de inventarse historias y sabe tantísimo y lo explica con una sencillez magistral como para preguntarte si no se aburrirán tus lectores cuando se encuentran contigo, si no serán demasiado benévolos quizá cuando te leen o te escuchan hablar.

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© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2011

jueves 3 de noviembre de 2011

Festín de cuentos

Igual que escribía aquí hace poco sobre Pedro Ugarte, hay más escritores de cuyos éxitos uno se alegra como si fueran propios. Félix J. Palma es uno de ésos. Me reía hace pocos días al abrir un paquete con dos libros que me ha mandado mi viejo amigo Félix. Uno es su colección de cuentos publicada el año pasado, El menor espectáculo del mundo. Ha tardado un poco en enviármela, pero al leer la dedicatoria tan hermosa uno siente que ha merecido la pena. El otro libro es la edición alemana de El mapa del tiempo. O sea, Die Landkarte der Zeit. Este verano yo había encontrado su novela en una librería de Munich. Me hice una foto con ella y se la mandé. Ahora Félix me manda su libro en alemán, y me acuerdo de cuántas veces hablamos, hace casi tres años ya, cuando El mapa del tiempo se acababa de publicar en España, y yo le decía que, a poco que le sonriese la suerte, le iban a llover las traducciones. Le vaticiné algunas cosas que se han cumplido. No me extraña que su imaginación oceánica y su prosa de orfebre lo hayan llevado tan lejos. Ya he perdido la cuenta de los países y las traducciones. Y como en febrero se publica la segunda parte de su trilogía (El mapa del cielo), como decía Buzz Lightyear en Toy story, hasta el infinito y más allá...

Desde que era un niño me obligo a leer un rato cada día. Miento: obligar no es la palabra, sino la forma de decir que me esfuerzo en buscar un rato al día para leer. La desventaja de ser escritor es que apenas te queda tiempo para leer por placer, pero yo sigo esforzándome para encontrar un hueco cada día en el que leer algo que no tenga que ver con lo que esté trabajando. Leo de todo lo que me apetece, saltando de un género y de un escritor a otro. Durante las últimas semanas me he dado un festín sabroso de cuentos: primero, la magnífica colección del vasco Pedro Ugarte, El mundo de los Cabezas Vacías. Sus cuentos me han llevado a revisitar los de Ignacio Aldecoa. Y en cuanto termine la novela que ahora me quita el sueño por las noches empezaré con los cuentos de Félix. La verdad, no es mala compañía.

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