Para manejarse por este blog y no perderse

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sábado 24 de diciembre de 2011

Anuncios navideños

Igual que los petardos insoportables y los árboles de Navidad de los chinos, abundan estos días los cascarrabias nostálgicos de Scrooge que abominan de las fiestas, del buenismo hipócrita y la felicidad irreal o sospechosamente forzada de los últimos días de diciembre. Sin embargo, a mí me gusta la Navidad. Casi siempre, y aunque moleste a los aguafiestas, saca lo mejor de nosotros durante unos días. La vida ya es bastante jodida y hay demasiados hijos de puta sueltos por ahí como para no alegrarse de tener una tregua.

No soy de lágrima fácil, pero una de las cosas que más me gustan de la Navidad son los anuncios. No tiene nada de extraordinario porque los anuncios me gustan en cualquier época del año. Pero, sí, los anuncios navideños tienen algo especial. Desde los turrones El almendro hasta ese de hace dos o tres años, creo, en el que un padre aprovechaba para escuchar un “te quiero” de labios de su hijo gracias a una película; o el año pasado, el de la niña cubana que le regalaba por Navidad a su abuelo una bola de nieve. Pero el de Campofrío de este año me ha dejado tumbado, y cada vez que lo veo me emociono.

No sé si después de rodar el anuncio Florentino Fernández y Chiquito de la calzada han vuelto a pleitear por las imitaciones que el primero hacía de el segundo; tampoco sé si Pajares y Esteso sólo se han dirigido la palabra porque estaban las cámaras delante. Ni lo sé ni me importa. Me gusta mucho lo que veo. Punto. Y siento una bola en la garganta cuando suena el teléfono y aparece el maestro Gila. Pero es que, ya lo dije al empezar: yo soy de esos sentimentales que prefieren disfrutar de la Navidad.

Feliz Navidad a todos los que os pasáis por aquí.

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© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2011

jueves 22 de diciembre de 2011

Pasear por Madrid

Siempre persiguiendo el frío cuando llega esta época, deseando ponerme el lobo marino del capitán Ahab que abriga tanto, los guantes, enroscarme una bufanda al cuello y encasquetarme el gorro de lana si se tercia. Qué raras me parecen esas estampas navideñas de los países tropicales: Papá Noel en mangas cortas o la gente celebrando la nochevieja en bermudas. Para aprovechar unos días libres antes de que empiecen las fiestas, pero también para buscar un poco más de frío, paso unos días en Madrid, donde la temperatura no es mucho más baja que en Sevilla aunque con el inconveniente de entrar en la mayoría de las tiendas o en los bares impacientándote por que algún día inventen ―o comercialicen, si alguien la ha inventado ya― alguna clase de ropa que puedas enfríar o calentar según te apetezca: bastan unos minutos en una tienda para que el chaquetón y los guantes y la bufanda sean un estorbo y acabes haciendo posturas imposibles para sujetarlos, con lo que pesan, mientras tratas de echar un vistazo en la mesa de novedades de una librería.

Qué extraño también, qué paradójico: igual que disfruto de esta tranquilidad mientras tecleo la entrada en mi ordenador soy capaz de pasarlo tan bien en el centro de una ciudad como Madrid las vísperas de Navidad. Antes, hace no demasiados años, Madrid no me entusiasmaba, pero ahora disfruto la ciudad cada vez más. Tendrá que ver que buena parte de mi última novela transcurre en Madrid y he paseado por muchas de sus calles sin salir de mi despacho. Y es posible que la próxima novela que escriba, la que me muero por empezar pero todavía no puedo, también me lleve por las mismas calles aunque en otra época.

Mientras tanto, procuro pasear por Madrid de cuando en cuando, dejándome llevar. Sentarme en una taberna a tomar unas bravas o unos pinchos, ver a algunos amigos muy queridos, charlar con mis editores (en 2012 salen cuatro novelas mías en bolsillo además de la nueva: pronto lo contaré por aquí), dejarme un pico en los puestos de libros de la Cuesta de Moyano, entrar en el Prado para ver la impresionante colección de El Hermitage (no os la perdáis si vais por Madrid) o partirme de risa asistiendo a un monólogo. Me gusta Madrid, vaya. Quién se lo iba a decir a un tipo cuya idea de la felicidad se aproxima bastante a vivir en un sitio sin vecinos en un kilómetro a la redonda.

Termino de teclear, miro por la ventana y ya es casi de noche. Hoy es el día más corto del año. No me acordaba. La oscuridad. También me gusta.

Y, por cierto: feliz Navidad a todos (lo del "todos y todas", como siempre, ya sabéis: para los políticos... No es mi caso. Y tampoco tengo complejos...)

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© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2011

miércoles 14 de diciembre de 2011

In time

Voy a ver esta película con enorme curiosidad. Había visto el tráiler hace tiempo y enseguida se me despertó el interés. Me gustan mucho las películas de ciencia ficción, y últimamente había visto una que me gustó bastante, Destino oculto, con Matt Damon. A propósito: me gustaba mucho más el título en inglés, The adjustment bureau, algo así como El departamento de ajustes, que a mi entender define mejor la película pero quizá en español no suena tan bien. Pero, de todas las de ciencia ficción que he visto en los últimos años, incluidas Yo robot y Soy leyenda, por ejemplo, mi favorita es la inigualable Minority report. La primera colaboración entre Spielberg y Tom Cruise, y detrás de ellos la sombra de Philip K. Dick, como en The adjustment bureau. Cada vez que la veo (y ya va siendo hora de darle una vuelta más), le encuentro algún matiz, un detalle que me hace pestañear un instante.

Hablo de estas películas porque In time, sin, por supuesto en mi profana opinión, estar a la altura de Minority report o The adjustment bureau, también es de esa cuerda. He pasado un buen rato, intrigado, nada más comenzar a ver la película, por una sociedad donde la única moneda de cambio es el tiempo, y a partir de los veinticinco años cada uno ha de buscarse la vida lo mejor que pueda para ganar cada vez más tiempo porque, si el contador que llevan en el antebrazo se pone a cero, se acabó. Nunca ha sido tan evidente el dicho ese tan manido de que el tiempo es oro como en In time. Para que unos acumulen siglos bajo las mangas de la camisa otros deben morir jóvenes. Los pobres van corriendo a todas partes mientras que los ricos caminan tranquilamente, con todo el tiempo del mundo para gastar.

Uno va cumpliendo años y se va dando cuenta de que la vida es finita y nada es para siempre, y al ver esta película no es raro preguntarte si demasiadas veces no malgastas esos minutos que nadie te devolverá, si no deberías intentar aprovecharlos, exprimir un poco más los días. Al cabo, la vida que nos queda no es más que un contador digital implacable que todos llevamos tatuado en el antebrazo.

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domingo 11 de diciembre de 2011

Fernando Aramburu

Estaba en el extranjero y me enteré tarde, en el avión de vuelta a Madrid, de que Fernando Aramburu había ganado el premio Tusquets de novela. Tengo que confesar que no había escuchado hablar de Fernando Aramburu, o al menos no lo recordaba, hasta el otoño de 2006, cuando publicó Los peces de la amargura. Entonces yo recomendaba libros en la radio e inauguramos el espacio de aquella temporada con la espléndida colección de cuentos que hablaba con gran lucidez del País Vasco, del terrorismo, de un tema que parecía tabú, o casi. Al menos un servidor nunca había leído nada que lo abordara de una forma tan humana, abierta y sencilla.
Aquel libro, lo recuerdo perfectamente, es de los que recomiendas a los oyentes convencido de estar animándolos a probar algo que merece la pena de verdad. Al cabo, se trataba de buena literatura sobre un tema interesante. Y además emocionaba. No le pido mucho más a un libro.

Este año Fernando Aramburu publicó otro libro de cuentos: El vigilante del fiordo. No suelo acudir a los saraos literarios, pero lamenté no poder estar en Sevilla cuando el escritor vino a presentarlos. Me hubiera gustado al menos saludarlo, pero yo andaba liado con otras cosas y no pudo ser. Ahora tengo mucha curiosidad por leer su novela premiada, Años lentos. Creo que se publica en febrero, y me da que va a tener muchos lectores. Mientras tanto, los cuentos de El vigilante del fiordo harán menos larga la espera.

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viernes 9 de diciembre de 2011

El tiempo, tan extraño

Una de las razones, si no la principal, por la que no he acabado nunca de hacer las maletas del todo para no volver es porque soy de esos tipos a los que les gusta estar cerca de los suyos. No soy dado a la nostalgia ni a la melancolía, y aunque a menudo me gusta recordar el pasado prefiero mirar hacia delante. Quiero decir que no me costaría un día empaquetar unos cuantos libros y largarme para siempre, muy lejos. Pero igual que soy capaz de no echar de menos los lugares donde he vivido ―bueno, un poco sí, pero sólo lo justo―, con la gente no me sucede lo mismo. Con mi gente. De éstos no soy capaz de estar lejos mucho tiempo. Hoy han celebrado mis padres su aniversario de boda, y yo he estado con ellos, por supuesto. Uno cree irresponsablemente que los años no pasan, pero son las celebraciones las que te hacen pensar y te devuelven a la realidad.

El tiempo, ya digo, es algo muy raro: era ayer cuando yo tenía diecinueve años y mis padres celebraron sus bodas de plata, y de pronto sólo tengo muy pocos años menos de los que mi madre tenía entonces. Intento mirar hacia atrás y es como un pestañeo, como si las manos de un loco hubieran pasado a toda velocidad las hojas de un calendario.

Pero tantos años después seguimos aquí. La familia, al cabo, es lo único que importa. Por todo lo demás no hay que preocuparse demasiado.

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© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2011

martes 6 de diciembre de 2011

La conspiración

Desde que he llegado de viaje no puedo estarme quieto. Ahora, mientras tecleo en el ordenador, el cielo se ha puesto gris de repente, pero desde que empezó diciembre el sol luce espléndido en el sur de España, en Sevilla encendieron el otro día las luces de Navidad en las calles, y yo, qué queréis que os diga, no puedo evitar buscar cualquier pretexto para dar un paseo, con los auriculares tapándome las orejas, siempre escuchando la radio. Un vicio que me acompaña desde casi siempre, creo.

Alguien hablaba esta mañana en un programa de la Constitución y de las libertades. Quizá estamos tan acostumbrados que no nos percatamos de cuánto hemos avanzado desde 1978. Bastaría ver algunas temporadas de Cuéntame... Pero el día que celebramos hoy me trae el pretexto perfecto (como si necesitase alguno) para hablar de la última película que he visto. Hace un par de días había tres películas que me apetecía ver: Un método peligroso, In time y La conspiración. Cualquiera de las tres me hubiera servido para la noche del domingo, pero hace mucho que difícilmente voy a cines que no sean el Cervantes o el Alameda. Les tengo manía a esos macrocines con tropecientas salas en los centros comerciales, y adoro los cines donde las butacas crujen armoniosamente, como si se desperezaran; los cines donde hasta un ligero olor a humedad y a terciopelo viejo puede resultar reconfortante.

La conspiración la ponían en uno de mis lugares favoritos, así que la decisión estaba clara. Quizá la última película de Robert Redford no sea la más entretenida del año, y con toda probabilidad tendrá muchísimos menos espectadores que Tintín o la cuarta Misión imposible de Tom Cruise que se estrenará pronto, pero siempre es un placer ver los espléndidos Tom Wilkinson, Robin Wright y James McAvoy, que para mí ha sido un descubrimiento en su papel de abogado bisoño que me recuerda a los mejores personajes de algunas novelas de John Grisham. Ya sabéis: joven e inexperto abogado que se enfrenta a corporación poderosa. Pero La conspiración es muy interesante porque te hace reflexionar sobre la importancia de que alguien, hace siglo y medio o ahora mismo, se empeñe en conseguir, cueste lo que cueste, que cualquier persona, por muy culpable que parezca o por muy complicada que sea la situación de un país ―ni siquiera porque acaben de asesinar al presidente―, tenga derecho a un juicio justo y a ser defendida en las mejores condiciones posibles.

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domingo 4 de diciembre de 2011

Instantáneas de Budapest y Praga

Os dejo aquí algunas imágenes de los últimos días en Budapest y Praga, por si os apetece verlas.

En el Bastión de los Pescadores, en la orilla de Buda, con unas vistas impresionantes del Danubio y Pest.
En el búnker de la Ciudadela de Budapest, en un antiaéreo.
La Torre de la Pólvora, en Praga.
La Plaza Vieja de Praga, con mercado navideño incluido.
Lateral de la Iglesia de San Cirilo y San Metodio, en Praga. Si os interesa la Segunda Guerra Mundial y vais a Praga, no dejéis de visitar este lugar donde se escondieron los miembros del comando que mataron a Reinhard Heydrich. Os aseguro que merece la pena. Si os lo estáis preguntando, los agujeros del muro son de disparos, sí.
En el (nuevo) cementerio judío de Praga, buscando la tumba de Kafka.
Y aquí, en fin... Dejo a vuestro criterio decidir cuál es el monumento...
¿Lo habéis adivinado?

viernes 2 de diciembre de 2011

La imaginación desbocada


Llevaba más de una semana sin escribir y lo primero que hago esta mañana en mi despacho después de haber estado muy lejos es encender el ordenador para contar algo. Siempre digo que para qué, si no me hace falta, pero tengo que comprarme uno de esos netbooks muy pequeños que no pesan nada y ocupan en la maleta el mismo espacio que un par de libros. Cuando estoy de viaje echo de menos escribir cualquier cosa, y parece que mi libreta arrugada no es bastante. Además, con el tiempo he descubierto que me gusta mucho contar aquí lo que me va pasando para que pueda leerlo cualquiera que se asome.

A lo mejor algún día no puedo escribir más en el blog, o los lectores se hartarán de mí, o seré yo quien se canse de contar mi vida. Pero al menos, por lo que a mí respecta, ese momento aún no ha llegado. Tampoco me creo a esos que afirman escribir para ellos. No conozco a ningún escritor que sea feliz sin que le publiquen sus libros, sin lectores.

Uno sale de viaje y es como si la imaginación se desatara. No hace falta ir muy lejos, a veces basta un paseo o un rato conduciendo para que las ideas fluyan solas, como si se activase un resorte secreto con el movimiento. Ahora barajo varios proyectos nuevos, sin decidirme todavía por ninguno, pero estoy en un tren o en un avión y enseguida me vienen otras historias a la cabeza, como si antes hubieran estado atascadas o la rutina de mi vida fuera demasiado aburrida para reparar en ellas. Voy en el avión mirando de cuando en cuando el algodón de nubes al otro lado de la ventanilla y enseguida vuelvo al cuaderno para apuntar alguna cosa. Mi memoria puede ser muy buena, pero me gusta anotar lo que se me van ocurriendo.

Cuando levanto la cabeza veo en una pantalla la temperatura que hace en Budapest. Mucho frío, pero me encanta. Se encienden las luces en la cabina porque de repente se ha hecho de noche. Qué oscuridad cuando estamos a punto de aterrizar entre la niebla y apenas son las cuatro de la tarde. Estamos muy al este. Pienso en viajes interestelares, en viajes en el tiempo. Lamento no haber traído un ordenador para escribir aunque sea un rato por las noches. En Budapest los ordenadores no tienen acentos, ni eñes. Y en Praga tampoco. Y es muy engorroso escribir así.

Puedo escribirlo todo en un cuaderno y subir varias entradas al blog cuando vuelva, pero ya no será lo mismo. El blog tiene mucho que ver con la inmediatez, como un diario abierto en el que cuentas tus impresiones con la frescura de lo reciente. En diferido no es lo mismo. Tendrá que ser para el próximo viaje. Sólo diré que he disfrutado mucho pateándome ciudades, visitando museos, bebiendo vino caliente con canela y una pizca de naranja en esos mercados navideños que me gustan tanto y esbozando nuevos proyectos que ni aunque viviera dos siglos podría escribir.

Anoche, al llegar a casa, igual que la semana pasada al aterrizar en Budapest, pensé en los viajes temporales. Uno regresa tras unos días fuera y es como si hubiera estado en un agujero negro donde el tiempo se hubiera concentrado. Vuelve a su rutina y tiene la rara sensación de que todo ha cambiado, incluso pregunta a los suyos por las novedades. Pero nada cambia en una semana. Todo sigue igual. Y en el fondo es bueno que sea así.

Me alegro de volver a estar con vosotros.

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© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2011