La noche de los tiempos


Termino de leer anoche, muy tarde, La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina. Tenía en mi estantería la edición de bolsillo que compré hace ocho meses, pero hasta hace unas cuantas semanas no me puse a leerla. A menudo compro libros que sé que leeré pero no los empiezo inmediatamente porque antes tengo otros en cola o porque lecturas más urgentes requieren mi atención. También, una vez empezado, he tardado un poco más de lo que acostumbro en leerlo. Puede que al revés que mucha gente, cuando me gusta un libro prefiero leerlo despacio, como una comida sabrosa que disfruto cucharada a cucharada retrasando el momento de levantarme de la mesa. Por eso las casi mil páginas de La noche de los tiempos me han acompañado en todos los viajes que he hecho en las últimas semanas.

Los libros de este escritor no son del gusto de todo el mundo ―no lo son los libros de ningún escritor―, pero, en mi opinión, primero está Muñoz Molina y luego están ―estamos― todos los demás. Hay algo que me gusta mucho de La noche de los tiempos, y es la objetividad―por contradictoria que pueda resultar esta palabra en una obra de ficción― al retratar el horror del Madrid del 36: si en un bando eran unos bárbaros y unos asesinos en el otro no les iban a la zaga. “Ellos se sublevaron y ellos tienen la culpa de que empezara la matanza. Ellos merecen perder, pero nosotros hemos cometido tantas barbaridades y tantas estupideces que no nos merecemos ganar”, le dirá Ignacio Abel a Judith Bieley. Fantástico el retrato del impetuoso y vitalista Negrín, del amable Moreno Villa o el sectario Bergamín. A uno, que le interesa tanto esta época, le da que el listón para escribir ficción sobre esos años vuelve a estar muy alto. Demasiado.

Algunos amigos lectores me habían advertido que a la última novela de Antonio Muñoz Molina le sobraban bastantes páginas. No estoy de acuerdo: yo hubiera preferido que tuviera otras mil páginas más. Anoche la cerré, feliz después de haberla leído pero con un poco de pena también, porque cada vez que termino un libro que me ha gustado mucho me siento un poco huérfano y vago por mi biblioteca buscando otro que me lo haga pasar tan bien. No es fácil después de leer La noche de los tiempos. Pero, como el conde de Montecristo, confío y espero. Tampoco pido tanto: con encontrar una vez al año un libro que me haga disfrutar como éste me daría por satisfecho.

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© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2012

Comentarios

  1. El libro, efectivamente, es una delicia. ¡¡Yo lo tengo dedicado por él!!

    Nunca juzgo el número de páginas que tiene un libro. No lo hago porque considero que sólo el autor sabe hasta dónde llega su novela y por qué caminos, que si tiene mil páginas o cien es porque el autor ha querido que así sea. Y el autor, mientras escribe, antes de que el libro esté en la calle, es quien manda. En cualquier caso, si quisiera ponerme estupendo (que no es el caso), a qué libro no le sobran o le faltan un número indeterminado de páginas...de palabras.

    Un fuerte abrazo, querido Andrés.

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  2. Ah, y Muñoz Molina es el maestro, sí, eso por descontado. Yo empiezo cada día leyendo, en su blog, la sección "Escrito en un instante".

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  3. Como sobre gustos no hay nada escrito, hoy voy a discrepar. Yo también lo compré y durmió en una balda de la estantería durante mucho tiempo. Pero no me gustó, de hecho no terminé de leerlo. Bajo mi punto de vista, como novelista. Escribe bien, vale, muy bien, no en vano es académico de la lengua, ¿va a escribir mal? Pero ser novelista es un oficio, y Muñoz Molina no me gusta como tal. Sin embargo, soy fiel lector suyo de los artículos que publica. Según mi criterio, tirarte las cincuenta primeras páginas explicando como un tío sube a un tren, a mí me me cansó bastante. No obungdjustante, me alegro de que hayas disfrutado de la lectura. Un abrazo.

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  4. Juanma, sí. Tú y yo somos muy muñozmolinianos...

    Paco, cualquier discrepancia es bienvenida. Faltaría más. Pero no puedo estar más en desacuerdo contigo.

    Abrazos,

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