Campeones
Mi sobrina de quince años hasta ayer no sabía lo que era un córner o un
fuera de juego pero sí conocía los nombres de todos los jugadores de la
selección y languidecía al decir que son guapísimos. Un par de horas antes de
que empezara el partido me llamó para animarme a que fuera a verlo con la
familia, y a pesar de que casi toda la noche del sábado la había pasado en vela
(el insomnio y el verano van de la mano cuando de mí se trata) conduje durante
una hora para ver la final con los míos. Ahora resulta fácil decir que estaba
claro que íbamos a ganar, pero yo era de los que no daba un duro por España.
Con mucha suerte, pensaba, llegaremos al final de la prórroga cero a cero y
luego en la lotería de los penaltis a lo mejor esta vez tenemos la suerte de espaldas.
Así que no voy a caer en el momento tonto de decir ahora que estaba claro que
ganaríamos. Pues no. Pero me alegro, claro que sí. Me alegro mucho. Por mi
madre, que ayer se removía en el sillón cada vez que España se acercaba a la
portería italiana; por mi hermana, que después de conseguir que me dejara
pintar una bandera en la mano, cada vez que marcamos un gol salió a la terraza
para reventar los oídos de los que andaban por el paseo marítimo; por mi
sobrina, que se reía porque su tío no daba botes y un segundo antes de que el balón
se estrellase en la red adivinara el gol, sin ponerse nervioso; por la cara de
felicidad de mi padre (cuarenta y tantos años sin ganar nada y ahora es una
locura), que se puso una camiseta de la selección para que le hiciera una foto
con su hija y su nieta, que habían llevado puestas las suyas durante todo el partido.
Está claro que el fútbol es mucho más de lo que parece. Yo, que nunca he
sido futbolero, he visto todos los partidos de España en la eurocopa y casi
todos los demás. Pero nada más terminar el encuentro ya había algunos aguafiestas
en las redes sociales hablando de la prima de riesgo, del paro, del manido pan
y circo. Ya sabemos que la cosa está jodida, pero anoche había que estar muy
amargado o muy aburrido para no celebrarlo.
© Andrés Pérez
Domínguez, junio de 2012


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