La torre Pelli
Hace
unos años me preguntaron en la tertulia de un programa radiofónico qué me
parecía el proyecto de un rascacielos en Sevilla. La construcción de un
edificio de dimensiones babélicas había levantado cierto revuelo en la
ciudad. Los más rancios decían que, según una costumbre no escrita, ningún
edificio sevillano debería superar en altura a la Giralda. Otros sostenían que
un edificio de esas características le daría a la ciudad un necesario barniz de
modernidad. A mí, como estas polémicas suelen importarme bien poco y no acostumbro
a dedicar el tiempo necesario para reflexionar sobre el asunto, respondí alegremente
que un rascacielos en la ciudad no sobraba. Además, entendía que algunos se
enfadaran si se fuera a levantar junto a la catedral o la plaza de toros, pero
que la Cartuja, donde la mayoría de los edificios son antiguos pabellones de la
Expo 92 —esto es, ninguno tenía más de veinte años— era el sitio correcto para
levantar el rascacielos.
Aun
a costa de que me consideren un tipo raro (parece que no eres de aquí, he
tenido que escuchar más de una vez), siempre he defendido una Sevilla distinta,
o al menos una Sevilla que no tiene por qué ser la más conocida ni la más
tópica. Una Sevilla que existe, por cierto, y que es tan real y tan respetable
como la de las postales. No soy devoto, pero respeto la Semana Santa y me
parece un espectáculo estético inigualable, casi nunca piso la feria y me
molesta mucho cuando fuera de Andalucía dices que eres sevillano y alguien
espera que enseguida se te ocurra un chiste gracioso. Aunque reivindico mi
acento andaluz con orgullo, no me gustan el seseo ni el ceceo, y si en una
novela mía sale un personaje sevillano suele estar en las antípodas de lo que
mucha gente espera. Así es como yo lo siento. Algunos sevillanos están de
acuerdo y otros no.
Pero
ahora que veo el esqueleto de la torre Pelli junto a Triana no me queda otra
que reconocer que en este asunto sí me había equivocado. Tenían razón quienes
decían que Chapina no era el sitio adecuado. Tan grande y tan cerca al mismo
tiempo. Duele verla desde la calle Betis o la Torre del Oro. Me acuerdo de uno
de los personajes de La piel del tambor,
la novela de Arturo Pérez-Reverte, que cuando cruzaba el puente de Triana
desviaba la vista para no enfrentar las modernas edificaciones de la Isla de la
Cartuja. Si lo hiciera ahora probablemente se desmayaría. O le darían ganas de
lanzarse de cabeza al río.
©
Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2013

Comentarios
Vamos a tener que convivir con el gigante.
Un saludo
Un abrazo,