Los padres de Supermán
Llevo media vida esquivando los multicines y buscando las
salas de toda la vida con agradable olor a rancio y butacas viejas y mullidas y
acaso con muelles oxidados, pero hasta ayer nunca me había dado pena entrar en un centro
de salas múltiples. A una hora punta la taquillera manipulaba
distraída la pantalla de su móvil porque no había clientes que atender y, al
subir, la misma chica que vendía las palomitas y los refrescos me picó la entrada.
Otra barra inmensa y desierta junto a las quince salas indicaba que algo no iba
bien. Los servicios enormes, vacíos, las hileras interminables de urinarios sin
mácula más por falta de uso que por haberlos limpiado concienzudamente. Aún
tengo el ceño fruncido cuando entro en una sala vacía y no quiero sentarme. No
creo que merezca la pena proyectar una película sólo para mí. Prefiero decirlo
y devolver la entrada, si se puede. Pero me alivia la culpa una pareja con un paquetón
de palomitas y unos refrescos. Son las nueve y media de una noche de principios
de verano, El hombre de acero la
estrenaron el viernes y sólo hay tres espectadores. Se supone que éste es el taquillazo, así que no quiero
ni pensar cómo estarán las otras catorce salas.
Hace treinta y cinco años que estrenaron el Supermán de Richard Donner y Christopher
Reeve, y recuerdo que los primeros fines de semana era imposible conseguir
entradas y mis padres nos llevaron a mi hermana a mí una tarde de un día
laborable a un cine que, como tantos, hace ya muchos años que derribaron para
levantar un bloque de pisos.
Yo no tenía pensado hoy contar la tristeza que nunca puedo
ahuyentar cuando veo una sala de cine vacía, pero al final uno se pone a
escribir y no es del todo consciente de lo que hace, o no quiere serlo porque
también es bueno dejarse llevar y que los dedos empujen las teclas sin pensar
demasiado. En realidad, lo que yo quería decir es que después de ver El
hombre de acero me afecta una sensación más honda, quizá, o más inquietante
que encontrar una sala de cine vacía. En 1978 los padres de Supermán eran Marlon
Brando (en Krypton) y Glenn Ford (en la Tierra).
Treinta y cinco años después han
sido sustituidos, y muy meritoriamente, por Russell Crowe y Kevin Costner. Pero no hace tanto que yo vi el rostro de Kevin Costner por
primera vez en una gran pantalla, en otro de esos cines que ya desaparecieron.
Quizá Los intocables de Elliot Ness
me gustó tanto que no había querido pensar hasta ayer que han pasado veinticinco años desde la primera vez que la vi. A Russell Crowe lo descubrí
más tarde, pero también hace muchos años, en L.A. Confidential, interpretando al policía duro enamorado de Kim
Basinger.Usted es más guapa que Veronica Lake, recuerdo que le dijo. Yo también lo pensé. Nunca imaginé que llegaría a verlos en el cine haciendo de padres de Supermán. A lo mejor los niños que ahora tienen la edad que yo tenía cuando vi el Supermán de Richard Donner nunca habían visto las caras de Kevin Costner o Russell Crowe. Quizá dentro de veinticinco años, en una nueva versión, los padres de Supermán serán Leonardo di Caprio y Tobey Maguire, u Orlando Bloom y Zack Efron, y al verlos pestañearán incómodos sintiendo el paso del tiempo, que siempre lo pilla a uno sin darse cuenta y acostumbra a presentarse de la manera más extraña.
Quién sabe. El caso es que a mí, treinta y cinco años después,
me siguen gustando las películas de superhéroes, aunque, como en El hombre de acero, en cuanto el
protagonista se pone las mallas azules y la capa roja, dejen de interesarme.
©
Andrés Pérez Domínguez, julio de 2013





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Un abrazo,