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Mostrando entradas de agosto, 2013

La memoria

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La otra noche tuvimos una reunión familiar divertida. Mi hermana me contó que había estado en un restaurante italiano repleto de fotos de El padrino. Me dijo que se acordó mucho de mí. Ella sabe cuánto me gusta la película de Coppola. Los entendidos dicen que la segunda es la mejor, y es posible que por su estructura o por detalles técnicos que se me escapan lo sea, pero mi favorita es la primera. Es de las dos o tres películas que más me gustan, si no la que más. Y he visto una cuantas... A los once años me zampé el novelón de Mario Puzo en una edición del Círculo de lectores que tenían mis padres. Tres años después vi la película. Con mi hermana. En una sala de Sevilla donde la reestrenaron. De eso hablábamos el otro día. Tengo una memoria tan buena que a menudo yo mismo me irrito por recordarlo todo. O casi todo. Era finales de septiembre de 1983. Sábado. Le recordé a mi hermana lo mucho que me dijo que le había gustado Al Pacino. Ella tenía entonces diecisiete años. La misma edad…

Sala de espera

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Con la celeridad que habitualmente me tomo estas cosas, ayer renové el pasaporte. Sólo llevaba diez meses caducado, una muestra palpable de que, como casi todos los que no tenemos cuentas en Suiza, cada vez soy un poco más pobre y viajo menos, o que si quisiera hacer cola en alguna frontera bastaría con acercarme a Gibraltar, que no me pilla tan lejos. Como la previsión para los asuntos administrativos tampoco es lo mío, hasta un rato antes no voy a hacerme las fotos para el documento. No sé cuántas tengo que llevar y no me queda otra que confiar en el fotógrafo. Él sabrá. Es lector de mis libros, y antes de marcharme de su negocio me pregunta cómo va el mío, y le respondo lo único que se me ocurre cuando no tengo muy claro lo que mi interlocutor espera que responda: no me puedo quejar. Un escritor nunca sabe cómo van las ventas de sus libros, y cuando lo sabe más le vale hacer un ejercicio de buena voluntad y seguir trabajando si, como decía el maestro Asimov en sus memorias, es tan…

Tanta gente sola

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A mitad de agosto el verano se empieza a hacer muy cuesta arriba, por muy buenos propósitos que uno tenga. Si por muchas razones ―y una de ellas es que odias hacer cola en la arena ardiendo para pinchar tu sombrilla en un hueco entre miles de sombrillas― no estás en la playa, al menos te queda el placer del silencio que a otros aplasta pero a ti te gusta tanto en la calle vacía a mediados de agosto. Uno trata de soportar el verano como puede, trabajando más si es tan tonto como para no ocurrírsele otra cosa y procurando leer los libros pendientes durante las horas en las que resulta imposible salir a la calle en el sur. Digo esto porque, alternando lecturas y dejando para siempre en la estantería libros que ya sé que jamás terminaré, me acabo de zampar de una sentada la mitad que me faltaba por leer de la colección de cuentos de Juan Bonilla, Tanta gente sola. Quizá los lectores buscan identificarse con las historias de los libros que abren, verse reflejados en historias contadas por…

Una de las grandes novelas de la década

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Quizá en verano hay menos cosas que contar y por eso es el momento de traer a esta bitácora algunas reseñas de mis libros que no había recogido aún. No puedo dejar de poner esta de Xurxo Fernández en El correo gallego. Sobre todo porque Xurxo es el único que ha reparado (o al menos el único que ha reparado en ello y me lo ha dicho) en el homenaje explícito que hay en el nombre de uno de los personajes de El silencio de tu nombre a El espía que surgió del frío, del maestro Le Carré. "Hace años que demostró palpablemente quién era, qué representaba, qué lugar ocupaba en el extraño, incierto y proceloso oficio de escritor. Y, por lo tanto, ha llegado un momento en que ya no tendría por qué dedicarse a demostrar nada. Pero, un libro tras otro, sigue empeñándose en ser cada día mejor. Afina, pule, trabaja lenta y despiadadamente para estar en la cumbre.  Hablamos, como es lógico, de Andrés Pérez Domínguez. Es, ahora mismo, uno de los mejores escritores españoles vivos. En su haber cuent…

Homosexuales en Rusia

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Yo pertenezco a una generación cegata en la que la homosexualidad todavía se entendía como una anomalía y en la que eran (todavía lo son, por desgracia) frecuentes los chistes sobre maricones o las bromas o el desprecio discreto o abierto hacia los de la acera de enfrente. Afortunadamente, las cosas han cambiado y quienes empezamos a ir al colegio en los últimos años de la dictadura nos hemos habituado a ver a hombres paseando cogidos de la mano, besándose como cualquier pareja, por muy raro que nos pareciera hace años. Pero la culpa de esa extrañeza es nuestra, o de quienes nos educaron. Y quienes no se hayan acostumbrado o les moleste es su problema, por haberse quedado atascados en algún momento de hace décadas y tal vez ya no poder salir nunca. Peor para ellos. En Rusia parece que ser abiertamente homosexual es una actividad de riesgo. Ciertos energúmenos se encargan de secuestrar, dar palizas, torturar e incluso matar a los homosexuales. Lo que pone los pelos de punta es que muest…

Tareas domésticas

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Durante años me he resistido. Lo confieso. Presumía de no necesitar que viniera nadie a casa para fregar el suelo o limpiar la cocina porque yo mismo podía hacerlo. Pero me he dado cuenta de que se trataba de la misma ingenuidad prepotente con que mucha gente saca pecho y presume de su capacidad de hacer cualquier cosa para la que se necesita experiencia y habilidad, aunque haga el ridículo. Esta mañana empecé a trabajar muy temprano, cuando amanecía. Había que adelantar porque tenía cosas que hacer a media mañana. Antes de irme le pagué a la asistenta, me despedí, y le pedí que se asegurase de haber cerrado bien la puerta. Al volver estaba todo tan limpio y las camisas tan bien planchadas que si yo hubiera tenido que hacerlo habría tardado tres días. Sí. Es que desde hace tiempo, y contraviniendo todos mis principios absurdos, acude una mujer a casa, cada semana o cada dos semanas, según, y al asomarme al salón o a mi despacho cuando se ha ido me siento ridículo. Siempre he sospechado…