Tanta gente sola
A mitad de agosto el verano se
empieza a hacer muy cuesta arriba, por muy buenos propósitos que uno tenga. Si
por muchas razones ―y una de ellas es que odias hacer cola en la arena ardiendo
para pinchar tu sombrilla en un hueco entre miles de sombrillas― no estás en la
playa, al menos te queda el placer del silencio que a otros aplasta pero a ti
te gusta tanto en la calle vacía a mediados de agosto. Uno trata de soportar el
verano como puede, trabajando más si es tan tonto como para no ocurrírsele otra
cosa y procurando leer los libros pendientes durante las horas en las que
resulta imposible salir a la calle en el sur. Digo esto porque, alternando
lecturas y dejando para siempre en la estantería libros que ya sé que jamás
terminaré, me acabo de zampar de una sentada la mitad que me faltaba por leer
de la colección de cuentos de Juan Bonilla, Tanta gente sola. Quizá los
lectores buscan identificarse con las historias de los libros que abren, verse
reflejados en historias contadas por otros. No sé: llevo ya tanto tiempo
escribiendo que no sabría decir lo que lo busca un lector. Escribo y ya está.
Pero me he visto en más de uno de los cuentos de Tanta gente sola y no
quería dejar de decirlo.
No conozco a Juan Bonilla y es
posible que él ni siquiera sepa que existo, pero creo que he leído
todos los libros de cuentos que ha escrito, desde El que apaga la luz
hasta este que acabo de finiquitar, Tanta gente sola. No escribo reseñas.
No me gusta hacerlo. Tan sólo de vez en cuando no puedo evitar transmitir a
quien quiera escucharme las horas de placer que me ha deparado un libro. Hace pocos
días hablaba con un amigo escritor sobre el daño que las redes sociales y los
teléfonos móviles están haciendo a la lectura. A poco que te descuides estás
contestando a comentarios en Facebook o en Twitter o malgastando
la vida mandando whatsapps o mirando compulsivamente la pantalla del
móvil esperando recibir alguno que te alegre el día. Pero esta tarde mientras disfrutaba los cuatro últimos cuentos de Tanta gente sola era como si el tiempo
hubiera dado un salto hacia atrás, a esas lecturas felices de hace ya tantos
veranos, cuando era un niño al que para estar contento le bastaba leer en cualquier
rincón. Cuando no había teléfonos móviles, ni redes sociales ni maldita la falta
que nos hacía.
© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2013

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