Una de las grandes novelas de la década

Quizá en verano hay menos cosas que contar y por eso es el momento de traer a esta bitácora algunas reseñas de mis libros que no había recogido aún. No puedo dejar de poner esta de Xurxo Fernández en El correo gallego. Sobre todo porque Xurxo es el único que ha reparado (o al menos el único que ha reparado en ello y me lo ha dicho) en el homenaje explícito que hay en el nombre de uno de los personajes de El silencio de tu nombre a El espía que surgió del frío, del maestro Le Carré.
"Hace años que demostró palpablemente quién era, qué representaba, qué lugar ocupaba en el extraño, incierto y proceloso oficio de escritor. Y, por lo tanto, ha llegado un momento en que ya no tendría por qué dedicarse a demostrar nada. Pero, un libro tras otro, sigue empeñándose en ser cada día mejor. Afina, pule, trabaja lenta y despiadadamente para estar en la cumbre. 
Hablamos, como es lógico, de Andrés Pérez Domínguez. Es, ahora mismo, uno de los mejores escritores españoles vivos. En su haber cuenta alguna de esas obras por las que más de uno vendería su alma al diablo (la posibilidad de escribirla, digo; leerla es otra cosa; y no sé por qué esto me recuerda a Little Cesar, un personaje de Con faldas y a lo loco, un mafioso que dice algo así como “porque errar es humano, pero perdonar es divino...”, y se señala a sí mismo, mientras hace un guiño a sus matones para que se cepillen, allí mismo, a quienacaba de matar, a su vez, a unos colegas del César el día de San Valentín...). Pienso en El factor Einstein, en El síndrome de Mowgli, en La clave Pinner, y en la fantástica El violinista de Mauthausen.
Hace unos días aparecía, en Plaza y Janés, El silencio de tu nombre. El pasmo se ha vuelto a instalar en nosotros. ¿Cómo expresar lo que ha sido, sin lugar a dudas, la sorpresa del año? Porque esta novela es, para empezar, lo mejor que ha hecho Andrés en toda su vida. Y no sólo eso. Podría parecer, en una primera lectura lineal, un émulo modernizado del mejor John Le Carré (el personaje de Mundt, entresacado de El espía que surgió del frío) o de Graham Greene, por ejemplo. Pues hay –de forma manifiesta: he ahí una cita al principio de El tercer hombre; la cara de Harry Lime/Orson Welles que se ilumina en la noche cuando alguien descorre una cortina en una casa y la luz lo revela en un portal– referencias sobradas al
autor británico. Y permanece un cierto halo con aroma a Guerra Fría en toda la obra. Y hay espías de diverso pelaje: fascistas, nazis, comunistas sanguinarios del viejo PC…
 Pero, en una lectura posterior, hecha con cierta paciencia, uno puede exhumar fácilmente algo mucho más importante: el estilo apasionado de un Dostoievsky en plena juventud; justo aquél con el que escribió la eterna, la maravillosa Noches blancas. Y sería fácil retrotraernos a aquella obra angular y sacar en conclusión que algunas de las situaciones de la del ruso se reflejan en la del andaluz. O que aquel San Petersburgo de 1848 puede ser fácilmente el Madrid o el París de 1950. Y aquella Nastenka tan sexy se parece a esta Erika: nos enamoramos perdidamente de ellas. 
“He querido que este libro sea una lectura lo más poliédrica posible... He querido hacer una novela entretenida, en la que pasan muchas cosas, con muchas emociones, pero que tengan algo más; en todo caso, aquello que me ha dicho alguno de mis lectores: una novela de espías con mucho asco y mucho mal...”, nos dice. Y uno resumiría: Es perfecta. Es, simplemente, una de las grandes novelas de la década."

Xurxo Fernández (El Correo Gallego)




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