Escritores pobres, pobres escritores
Al relacionarme con amigos norteamericanos siempre me ha sorprendido la naturalidad con la que se habla de dinero. En una sociedad en la que se tiene asumido sin complejos el éxito como una meta importante en la vida no resulta extraño que alguien te cuente, y no necesariamente con petulancia, lo que le ha costado su casa o el dinero que ha ganado su hijo ese año, que además esta enfadado, te lo explica con una sonrisa, porque ha de pagar impuestos, o te pregunte abiertamente el dinero que ganas en tu oficio. En España es diferente, probablemente porque este país tiene una mayor e inevitable tendencia a la envidia y a la mala leche y hemos mamado eso de no hacernos notar, o será porque aún nos quedan ecos de siglos de Inquisición ―ya sabéis: con la Inquisición, chitón― o de la dictadura, y a todos nos enseñaron desde pequeñitos que, de política y de dinero, cuanto menos se hable mucho mejor. Puede que por eso jamás he preguntado a un amigo, por mucha confianza que tenga con él, cu...