Isabel
Anoche
terminó la segunda temporada de la serie Isabel y supongo que la tercera
no se estrenará hasta después del verano de 2014. Mucha gente, entre los que me
incluyo, tiene ganas de verla. Vale que Isabel no tiene ese glamour
lujurioso de Los Tudor y que Rodolfo Sancho no transmite el mismo
magnetismo que Jonathan Rhys Meyers cuando se pone la ropa de Enrique VIII, o
se la quita... Vale que Isabel no tiene esa oscura épica de Juego de Tronos,
y vale también que las escenas de batallas no resultan creíbles por la falta de
medios o de ambición, o quizá por ambos motivos. Vale que podría ser mucho
mejor serie de la que es, pero a mí me gusta que se cuente ese momento tan
interesante de la Historia de España de una forma dramatizada, aunque se
permita licencias, como es preceptivo en la ficción para darle un barniz más
atractivo al espectador. Isabel resulta un producto más que decente. Ya
digo: no es Los Tudor, ni Juego de Tronos, ni Mad men o The
newsroom.
Ni
falta que le hace.
No
soy el único que piensa así. Menos mal. La audiencia respalda estos argumentos.
Y me alegro de que la serie siga adelante, porque parece que la primera
temporada estuvo mucho tiempo esperando la fecha de estreno, y cuando se emitió
el primer episodio ya se había tomado la decisión de no rodar la segunda y el éxito les pilló con la guardia baja. Con Cuéntame también pasó algo parecido:
estuvo dando vueltas por las cadenas sin que nadie creyese en el proyecto. Miénteme,
la llamaban algunos al principio, para mofarse. Pero ahora que lleva trece años
seguro que a esos mismos les parece un clásico de la televisión, una fotografía
acertada de varias décadas de la Historia reciente. Al final va a ser verdad
eso de que el que resiste gana. Al cabo, se trata de aguantar, porque son los espectadores
quienes tienen la última palabra.
© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2013

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