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Mostrando entradas de 2014

McEwan

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Pasa diciembre tan rápido como todo lo que te rodea. Además de vértigo te afecta cierto desosiego porque no disfrutas cuanto quisieras de un mes que te gusta: empieza a hacer frío en el sur, por fin, y te encanta la sensación de hielo en las mejillas cuando sales a la calle muy temprano o por la noche. Han pasado casi dos semanas de diciembre y apenas has tenido tiempo de asomarte a ver las luces del centro. Siempre ocupado, trabajando en las últimas correcciones de una novela de la que estás orgulloso pero también se te antoja interminable. Muchos problemas por resolver, y no tienen nada que ver con la escritura, mientras la vida pasa al otro lado y los amigos y los libros, que a menudo se confunden, te esperan, o eso quieres creer. El mundo más allá de las paredes de tu estudio, amigos que hace mucho que no ves y libros que llevan meses, años, esperando en la balda cada vez más abigarrada de la estantería, donde colocas aquellos que quieres leer de verdad, esos que nadie te pide que…

El síndrome del por si acaso

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Qué queréis que os diga: no me sorprende que un pipiolo como el pequeño Nicolás haya estafado a más de un incauto. El otro día un psicólogo apuntaba que la razón por la que algunos han sucumbido a sus encantos es el “síndrome del por si acaso”, que no sé si está catalogado en algún vademécum, pero debería. Los ingenuos que han abierto las puertas de sus despachos, por si acaso, al remedo cutre de Frank Abagnale, ahora estarán preguntándose cómo me ha podido pasar esto a mí. Pero no sorprende, digo, que un chaval con la cara de hormigón se haya sabido mover entre las tuberías del poder para convencer a ciertos desesperados de su capacidad para deshacer entuertos administrativos y, de paso, salvar a España y ganarse un dinerillo. Pasa a menudo, vaya. Mirad a vuestro alrededor. Seguro que enseguida se os viene a la cabeza algún conocido que sólo vende humo, pero muy bien vendido, hay que reconocerlo. A mí se me ocurren unos cuantos nombres, pero me los reservo. Lo de Francisco Nicolás me…

Fundación

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Lo he dicho más de una vez: ponerse a discutir si un libro es mejor que una película inspirada en sus páginas, o viceversa, es perder el tiempo. No tiene nada que ver. Se trata de contar historias, sí, pero son medios diferentes. Quizá lo que mejor defina lo poco apropiado de comparar novelas y libros sea la viñeta de una cabra que se está comiendo un trozo de celuloide y le dice a otra: pues a mí me gustó más el libro... Hace muchos años leí un artículo de Isaac Asimov donde contaba por qué sus libros no se habían adaptado al cine. No le apetecía. Así de simple. Creo que la única relación del genio de la ciencia ficción con Hollywood fue Viaje alucinante, pero la novela fue posterior a la película cuyo guión firmó el escritor. El autor de Fundación lleva más de veinte años enterrado, conque esto pasaría, antes o después: la venerada cadena norteamericana HBO (Hermanos de sangrey Juego de tronos, ahí es nada) está preparando la adaptación de Fundación, la serie de libros que Asimov co…

Jalogüinizados

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Hace calor, mucho, en el sur. En septiembre y a primeros de octubre diluvió y hacía fresco como en un otoño anticipado que ahora se antoja un espejismo. Pero pronto, tal vez mañana o pasado empiece a hacer frío y al salir a la calle el olor del humo prematuro en alguna chimenea nos vaya acercando un poco más al otoño, o al invierno,  para el que no falta tanto aunque el cielo lo desmienta entre Despeñaperros y Algeciras. Cada año, en esta época en la que el verano nunca se acaba de ir y el otoño  no acaba de llegar, me quedo parado siempre un momento delante de los expositores con los mantecados en el supermercado, tan pronto, y veces me sorprendo probando alguno cuando todavía salgo al campo en pantalón corto y camiseta, como en verano. Pero aún más que los mantecados a destiempo me chocan los adornos de Halloween en España, más todavía en el sur y con este calor. Ayer vi un coche de caballos, tan andaluz y tan tópico, en cuyo asiento alguien había tenido la ocurrencia de colocar una…

¿Un escritor famoso?

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Seamos serios: ¿son famosos los escritores? Si nos atenemos a la definición de fama en el diccionario de la RAE, puede: “Opinión que la gente tiene de la excelencia de alguien en su profesión o arte”. Pero la fama de los escritores es muy pequeña si se la compara con la de los actores, cantantes o futbolistas. Y está muy bien que sea así. Si no, sería insoportable, creo.
Hace unos pocos días un chaval me hizo una pregunta que me ha empujado a reflexionar sobre el asunto, aunque mi respuesta fue sonreír, amable, que es lo único que se me ocurre cuando me pasan estas cosas para no quedar como un idiota o un pedante. Hace casi dos décadas, cuando mi nombre y mi foto empezaron a salir en la prensa por haber ganado algunos premios literarios, más de uno, convencido de lo que decía o porque se suponía que era lo que había que decir, me soltaba una frase que escuché muchas veces: te vas a hacer famoso. Al principio me molestaba en explicarlo (antes me molestaba en explicar cosas que ahora no m…

Un andaluz avergonzado

Cada vez que a un andaluz le da por hacerse el gracioso en la tele me echo a temblar, sobre todo si sospecho que exagera el acento ―tan hermoso y del que presumo― o lo convierte en una cadena de exabruptos y desórdenes sintácticos con el único fin de llamar la atención o hacer gracia a unos cuantos tertulianos que pretenden reírse de él. No es lo mismo hacer gracia que se rían de uno, vaya. Pero casi siempre es culpa del graciosillo, que además sabe que se mofan de él y no le importa. O lo busca. Al cabo, se trata de otro atajo hacia la fama.
No conocía a Álvaro Ojeda. Suelo ser impermeable a los asuntos virales en Internet, pero anoche me enteré de que este periodista jerezano ha grabado un vídeo dirigido a Pablo Iglesias, el líder de Podemos. Me enteré y lo vi, por curiosidad, lo confieso.

Vaya por delante que no soy uno de los seguidores de Podemos. Según decía Álvaro Ojeda anoche en la tele, los motivos de las críticas al vídeo que circula en la Red son su acento andaluz y la ideol…

La isla mínima

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Salto felizmente estas semanas de un estreno español a otro. Después de ver El niño, incluso antes de ir a verla, me picaba la curiosidad por la nueva película de Alberto Rodríguez. Aun sin quererlo, no podía evitar compararlas anticipadamente, puesto que eran dos historias de policías que suceden en Andalucía. Localismos aparte, de los que no soy amigo, es de celebrar que un par de películas cuyas tramas suceden al sur de Despeñaperros hayan suscitado tanta expectación. Salí de la proyección de El niñoencantado, con el orgullo castizo que uno siente cuando un español te demuestra que aquí se puede hacer lo mismo que al otro lado del océano con la décima parte de dinero y el triple de talento. Pero me mosqueaba un poco que el listón estuviera demasiado alto y cuando fuese a ver La isla mínima no fuera igual. Me equivoqué. Anoche, cuando aparecieron los créditos, tenía la sensación de haber disfrutado una obra maestra. Ya sé que mi calificación podrá parecer excesiva a más de uno, pero…

Un cuento chino

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Ya no sé qué milonga nos quieren vender con la recuperación económica. Salvo contadísimas excepciones (incluidos banqueros y dueños de multinacionales, que viven en otro mundo, el suyo), el que más y el que menos lleva cinco o seis años haciendo juegos malabares para tapar agujeros y llegar a fin de mes, y si todavía alberga esperanza de recuperarse a medio plazo es por eso tan humano de creer, sin fundamento, que tal vez mañana las cosas irán mejor. Escribo esta entrada muy cabreado, con el correo recién leído de un amigo periodista ―otro más― al que le han dicho que se busque la vida después de media vida dejándose las pestañas en la empresa, a una edad en la que es difícil reciclarse. Una edad en la que, después de haberse deslomado durante años, al menos debería avizorar la hora de la jubilación en el horizonte con la tranquilidad que se merece. ¿Pero qué hemos hecho mal?, se pregunta mucha gente que no ha especulado con el dinero de otros, no ha engañado a nadie, no ha vivido por…

El médico alemán

Casi siempre que termino una novela, mi agente o el editor que corresponda me sugieren que cargue un poco más las tintas en la acción o la intriga. Incluso algún colega me dijo una vez, hace años, que el problema de una novela mía es que “era demasiado buena”. Se refería a que tenía voluntad literaria, algo que, al parecer, ni la gran masa de lectores, ni él, por supuesto, apreciaban. Venderías  el triple si hubiera más tiros, más persecuciones y más sexo, añadió. No me lo invento. Palabra. Y tampoco le doy importancia. A veces resulta raro, y divertido, que a uno lo consideren un autor de novelas de intriga cuando lo que más le preocupa es explorar lo que les pasa a los personajes por dentro, pero ésa es otra historia. Mis lectores saben -espero- que la intriga, si la hay, es una excusa para que la historia avance mientras me entretengo en explorar otros asuntos.  La cuestión es que como escritor, como lector y como espectador prefiero las historias interesantes, con intriga y algo …

La clave Pinner, décimo aniversario

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Hace diez años, en septiembre, estaba muy atareado. Llevaba cerca de una década escribiendo y aún no me habían dado el bautismo comercial. Para mí era importante. Aunque tenía una columna semanal en un periódico, colaboraba regularmente en Onda Cero y gracias a los premios literarios que tuve la suerte de ganar conseguía mantenerme razonablemente con lo que escribía, sentía una poderosa curiosidad por ver cuál sería la reacción de los lectores ―los que merodean por las mesas de las novedades― al tener un libro con mi nombre impreso en la cubierta. Ya había publicado unos cuantos que fueron leídos y cosecharon reseñas elogiosas (Ojos tristes, Duarte, Estado provisional, Los mejores años, y algún otro: mis lectores más antiguos los conocen), pero no me valía. Yo quería comprobar si mi trabajo pasaría alguna vez el filtro de una editorial comercial y si al contar con una distribución adecuada encontraría su camino. En junio de 2001 había puesto punto final a una novela que sucedía casi t…

Oficios incomprendidos

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En septiembre, con suerte, me largaré unos días. Mientras tanto, paso agosto criando a un cachorro, leyendo libros que tenía pendientes y corrigiendo una novela breve ―entre 150 y 200 páginas― que se publicará en el primer trimestre de 2015. Sonrío estos días al releer un texto que escribí hace siete años, puliendo frases o eliminando redundancias que ahora no me parecen tan oportunas como antes ―se publica para dejar de corregir, dicen por ahí―, pero sobre todo al descubrir que sigo pensando igual que el protagonista y narrador deLos perros siempre ladran al anochecer, un dibujante de cómics ―tebeos, como él prefiere llamarlos, igual que un servidor― que se muda con su mujer a una urbanización a las afueras de una gran ciudad porque los vecinos del bloque de pisos donde vivían les hacen la vida imposible. Ya os contaré alguna cosa sobre esta novela más adelante. Sonreía el otro día, decía, y sigo sonriendo al recordarlo, cuando me topé con una frase en la que el protagonista reflexio…

Lo verde empieza en los Pirineos

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Consternado ando desde ayer porque me he enterado de que sólo el dos por ciento de la francesas de menos de treinta y cinco años practica top less. Destetarse en la playa o en la piscina ha caído en desuso en nuestros vecinos del norte porque quedarse sin la parte de arriba ahora es un acto poco femenino y propio de mujeres con ganas de llamar la atención por una causa noble; porque supone una sumisión a los deseos masculinos ―los hombres, siempre tan ansiosos por mirar tetas...―; o porque con las cámaras integradas en los teléfonos y las redes sociales cualquiera que se ponga a dorarse al sol corre el riesgo de acabar siendo el objeto del deseo de algún pervertido en en Facebook o Twitter. Ya decía yo que esto de las cámaras en los teléfonos móviles y las redes sociales al final nos iban a cambiar la vida para peor... Con la crisis los españoles ahora viajan menos al extranjero, pero, bien mirado, no tiene por qué ser una desventaja, porque parece que de momento las mujeres de aquí no…

España en un post

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Mirar las estadísticas de las visitas de un blog puede ser un estudio sociológico bastante curioso. Cualquiera que administre una bitácora lo sabe. No es que Internet sea malo o bueno, como sostienen algunos. La Red no es más que un reflejo de la vida, un lugar donde se repiten los mismos comportamientos ―solidarios, mezquinos, voyeuristas, envidiosos, generosos...―, un espejo de lo que ocurre al otro lado del ordenador. No hay que asustarse más de lo que uno se debería asustar en el mundo real. Las estadísticas, decía. Lo que mueve a la mayoría de la gente se puede comprobar de una forma precisa en el número de visitas de cada entrada. No resulta extraño que cualquier post con la palabra sexo en el texto tenga más lectores que otro en el que cuentas lo que te gusta pasear por el campo en verano. Y tampoco es raro que una entrada en la quien firma esta reflexión muestra su perplejidad porque Telecinco dedique un programa entero en la hora de máxima audiencia a glosar la figura ejemplar…

El gran Bernie Gunther

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Aprovecho el verano para ponerme al día con lecturas atrasadas. Son tantos libros acumulados que sé de antemano que resultará imposible, pero no me rindo. Libros apilados que llevo queriendo leer o releer desde hace mucho pero la tarea absorbente de escribir mis propias novelas no me deja. Este verano no se me pasa sin volver a zambullirme en El vino de estío, del maestro Bradbury, continuar con ese delicioso descubrimiento que ha sido Benjamin Black, o incluso adentrarme en la Prehistoria ―siempre encuentro un pretexto estúpido para no hacerlo― de la mano de Jean M. Auel y El clan del oso cavernario. Leer es mucho más placentero que escribir, sobre todo leer por la pura emoción de perderte en las páginas un libro y dejar pasar el tiempo, por el afán incansable de aprender y cerrarlo con la ilusión de que a lo mejor ya no verás el mundo de la misma forma. Para escribir una novela necesito leer muchos libros que a veces resultan tediosos pero indispensables, pero cuando no estoy trabaj…

Los motivos de cada uno

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¿Por qué escribes? Es una pregunta que te formulan antes o después en las entrevistas, o los lectores. Siempre me acuerdo de aquello que dijo Javier Marías y lo perseguirá siempre, aunque tal vez lo soltara sin pensarlo demasiado: “Escribo para no tener jefe y para no tener que madrugar”. No está mal, pero no me sirve porque soy un jefe insoportable cuando se trata de mí mismo, no me permito un descanso, y suelo levantarme temprano. Aunque me sigue gustando esa respuesta, creo que la pregunta correcta, cuando uno lleva ya un par de décadas estrujándose la cabeza para inventarse historias, debería ser: ¿por qué sigues escribiendo? El trabajo literario tiene muy poco de glamuroso. La mayoría de la gente sólo ve el resultado: los libros en las mesas de novedades ―si tienen la suerte de llegar ahí―, las entrevistas ―si las hay―, la celebridad incierta y engañosa que procura el salir en la tele y tu foto en la solapa de una novela. Pero eso dura muy poco, y para llegar a eso hay que pasars…

Un país de freaks

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En mi familia la Pantoja era una institución. Hace muchos años mi madre y mi hermana dejaban cualquier cosa que estuvieran haciendo para verla cantar en la tele. Nunca lo entendí ni lo compartí. Tampoco era grave. Le pasaba ―le pasa― a más de uno. Algo bueno debe de tener la folclórica si a tanta gente le gusta. Yo siempre he sido bastante impermeable a todo lo que tiene que ver con las fiestas autóctonas andaluzas ―bueno, no sólo andaluzas, porque tampoco me interesan mucho los Sanfermines o la tomatina de Buñol―, y ya hace años que ni siquiera me molesto en dar explicaciones cuando alguien levanta las cejas, extrañado, si me pregunta por el Rocío y le digo que la peregrinación anual a la ermita almonteña me interesa más o menos lo mismo que la vida sexual de los caracoles, aunque, ahora que lo escribo, no sé nada sobre la vida sexual de los caracoles y tal vez sea apasionante. Habrá que investigar. Respeto a quien le guste la Pantoja, faltaría más, pero anoche me pongo a zapear y me…