La marea


A menudo recurro a una frase que me gusta mucho de la espléndida película Náufrago, hacia el final, Tom Hanks sentado frente a la chimenea de la casa de su amigo después de haber regresado de la isla y le cuenta que cuando estaba todo perdido y pensaba que jamás regresaría, un día la marea le trajo una vela para poder escapar de allí. Por eso ahora no debo estar triste, añadía, porque al final nunca sabes qué puede traerte la marea. 
                        
Hace un par de días andaba atascado en el laberinto del segundo acto de una nueva novela pero al salir a patear el campo volví con unas cuantas ideas que han sido como un soplo importante de viento para empujar el barco hasta el final de la travesía. Ayer por la mañana estaba enfadado y decepcionado por unas cuantas cosas que no vienen al caso, pero por la tarde recibí un paquete con unos cuantos ejemplares de la edición en bolsillo de El silencio de tu nombre. Los escritores, aunque a algunos no se lo parezca, somos personas normales, tan buenas o tan malas o tan cobardes o tan valientes o tan contradictorias como cualquiera. Y este oficio puñetero te regala tantas alegrías como decepciones. Pero a menudo te das cuenta de que merece la pena, y no siempre en forma de premios, palmadas en la espalda o reconocimiento de los lectores, y te reconcilias con todo a pesar de las dificultades y sabes que muy probablemente ya no podrás ser en tu vida otra cosa que un contador de historias. 

No suelo leer los libros después de haberlos escrito: me los sé de memoria y estoy tan aburrido de ellos como de un familiar o un amigo pesado que siempre se va demasiado tarde cuando viene de visita. Por eso hace casi dos años que leí El silencio de tu nombre por última vez, cuando estaba con las últimas correcciones antes de que se publicara. Pero decía que me llegó una caja con unos cuantos libros, y aunque sólo había sacado unos pocos para hacer una foto y colgarla en las redes sociales, luego los había vuelto a guardar todos menos uno que dejé en la mesa de mi despacho. Al caer la tarde lo abrí, sin saber muy bien por qué, al azar, sentado en la silla en la que trabajo cada día, y cuando me di cuenta llevaba dos capítulos, con esa distancia casi siempre imposible para un escritor cuando ha de enfrentarse a su propia obra. Durante algunos párrafos llegué a olvidarme de que yo mismo había escrito esas páginas hace tres años y los disfrutaba como si fueran los de un autor recién descubierto al que pienso seguir leyendo a partir de ahora. Enseguida vuelves a la realidad y se te olvida, y te sientes un poco ridículo porque tú eres el autor y porque, si se te ha olvidado, tu nombre está impreso en la cubierta, pero esos pocos segundos extraños en que tu trabajo consigue transformarte en uno de los lectores te dejan pensando, con una sonrisa de satisfacción que ya no perderás en toda la tarde, que tanto esfuerzo al menos tiene una recompensa íntima, impagable, un placer lejos de los focos y las entrevistas y las presentaciones y las sonrisas y las palabras amables de la gente. Descubrir, al menos por una vez, que tú serías uno de esos que compran tus libros.
Quizá sea eso a lo único que debas aspirar cuando dedicas tu esfuerzo a inventar historias.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2014


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