La casa de Ana Frank
La última vez que estuve en Ámsterdam
fue hace poco más de ocho años. A primeros de diciembre, recién llegado al
hotel, a última hora de la tarde, lo primero que hice fue acercarme a la casa
de Ana Frank. Faltaba poco para que cerrase, y pasarme por allí fue una gran
idea porque al día siguiente había una cola de gente que
daba la vuelta a la manzana esperando entrar. Cuando yo la visité sólo había
dos o tres personas. La casa de la familia Frank es uno de los lugares que,
igual que los campos de exterminio, debería ser de visita obligatoria, sobre
todo para esos cabezas huecas que a estas alturas de la película se empeñan en
negar el Holocausto.
Pero no quiero hablar de eso,
sino de un póster que compré entonces: un plano de la casa donde se escondían
los judíos, con sus dependencias, detrás del almacén de Otto Frank. Me lo traje
desde Ámsterdam a Sevilla con la intención de enmarcarlo y colgarlo en la pared
de algún lugar donde me instalase definitivamente, pero me he mudado varias veces desde entonces y el póster seguía enrollado junto a unos cuantos
diplomas que siempre encuentro una excusa para no exhibir en las paredes de mi casa.
Desde hace varios meses un buen
amigo me está ayudando a resolver las muchas dudas que me surgen en la novela
en la que trabajo. Hace poco estuve en su casa, y su hija pequeña me contaba
que había leído El diario de Ana Frank
y le había encantado. Yo también lo leí hace muchos años, cuando tenía más o menos
su edad, y a mí también me encantó. Además, uno no puede evitar encariñarse de
alguien cuyo entusiasmo le recuerda a su propia ilusión infantil, cuando se
alimentaba de libros y de tebeos y de películas mientras la mayoría de sus compañeros
fruncían el ceño o se daban codazos porque les parecía un bicho raro.
Esta mañana mi amigo me ha acompañado
a un sitio que suele estar vedado para la mayoría de la gente y que yo quería
visitar para conocer en vivo uno de los lugares por donde se mueven los personajes
que de momento sólo existen en mi cabeza y en mis cuadernos. Pero, si soy
sincero, yo quería ver a mi amigo, sobre todo, para llevarle un regalo: desde
hace semanas tengo el póster de la casa de Ana Frank enmarcado y guardado en el
maletero del coche para regalárselo a su hija. Tal vez Alba viaje a Ámsterdam dentro
de unos años y visite la casa de Ana Frank, ojalá, pero a mí me habría hecho mucha
ilusión que me hubieran regalado algo así cuando era pequeño.
Mi amigo me animó a quedarme en
su casa para ver la carita de su hija cuando descubriera mi regalo, pero se me hacía
tarde. Ahora, mientras tecleo, puedo imaginarla mirando las habitaciones, la
buhardilla, las ventanas, la cocina o las escaleras. Todo lo que tal vez sólo existía en su
imaginación y ahora de repente habrá adquirido para ella una apariencia real,
más inquietante o emocionante quizá.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero
de 2014

Comentarios