El nombre exacto de las cosas


No he parado de hacer cosas durante el fin de semana, y aunque el viernes estuve trabajando a pesar de ser fiesta en Andalucía, el domingo por la mañana, después de escribir en el blog una breve entrada sobre los ensayos de Paul Auster, abrí el cuaderno que suelo usar para anotar palabras. Escribir es un ejercicio constante que uno nunca debería dejar de practicar (aunque, bien mirado, también podría ser un castigo o una maldición), no sólo escribiendo, sino también leyendo. En mi caso, saltando de un tema y de un autor a otro por el puro placer de cambiar. Desde hace muchos años, además de un separador de páginas, siempre hay un lápiz pequeño en cada libro que estoy leyendo, a menudo varios al mismo tiempo. Subrayo frases que me gustan o que no, a veces pongo un signo de admiración cuando un párrafo despierta mi entusiasmo y señalo palabras o expresiones que no conocía o me llaman la atención o, simplemente, me gusta como suenan. Luego, las voy recopilando en un cuaderno, una mezcla de diccionario personal y diario de lector. Ya tengo unos cuantos. Quizá uno no se preocupa del todo de usar las palabras adecuadas hasta que tiene que escribirlas negro sobre blanco y piensa que habrán de quedarse ahí para siempre.
  Es domingo, y a la hora de comer nos reunimos toda la familia. A mi sobrina, que acaba de venir de Roma de viaje de fin de curso, le recuerdo que no debe abusar del prefijo “súper” después de que lo use un par de veces seguidas mientras me cuenta lo bien que se lo ha pasdo. Se ríe y asiente. Se lo he dicho desde que era pequeña: el comodín “súper” es demasiado habitual, por desgracia, no sólo en la gente de su edad, sino en casi todo el mundo. Tenemos una charla interesante sobre las palabras, la diferencia que hay entre usarlas bien y usarlas mal: no es lo mismo “influir” que “influenciar” (bueno, significan lo mismo, pero es la preposición que sucede al verbo la que marca la diferencia), como tampoco “eficaz” y “eficiente” quieren decir exactamente lo mismo. Ni “rallar” o “rayar”, apunta su padre. 
No se trata de hablar (ni de escribir) con palabras rebuscadas que al oírlas los demás deban ir corriendo al diccionario para encontrarlas. Ese envaramiento lingüístico suele ser propio de quienes piensan que hablar (o escribir) bien es salpicar las frases de vocablos insólitos, que a menudo ni siquiera ellos mismos saben muy bien lo que significan, cuyo único resultado es el engolamiento o el ridículo. Basta con saber, o intentarlo, el nombre exacto de las cosas, darse cuenta de que el lenguaje, bien utilizado, es una herramienta tan hermosa como precisa.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2014




Comentarios

  1. Me ha encantado tu artículo, Andrés. Y de la conclusión, ¿qué decirte? Remata con acierto tu análisis y me recuerda a aquel poema de Juan Ramón tan en línea con ella : '¡Intelijencia', dame/ el nombre exacto de las cosas!
    Escribes como los ángeles ;) Un abrazo. Milagros

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    1. Hola, Milagros: es verdad que mucha gente piensa que hablar bien es emplear palabras rebuscadas. Casi siempre lo observo en personas con pocas lecturas, es curioso, y no tanto en gente con mucha cultura. Puede ser un problema de inseguridad, quién sabe...
      Muchas gracias por tu comentario y por tu amabilidad.
      Un abrazo,

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  2. engolamiento, me lo apunto a mi diccionario particular...

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    1. Es una palabra con una sonoridad estimable, ¿no te parece?

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  3. Imagino Andrés, que es querer demostrar que no somos tan tontos hablando, por eso buscamos la palabra rebuscada, yo me incluyo a veces, especialmente si es obvio que nos dirigimos a personas mucho más cultas que uno o queremos quedar por encima de otros. Pero es cierto que gran parte es por falta de seguridad, en otras ocasiones, es por ganar puntos ante nuestro interlocutor...

    Para mí, encontrar la palabra correcta en algunas ocasiones me obliga a balbucear, tengo un disco duro muy justito y mi procesador para colmo es extremadamente lento, por lo que tiende uno al final a no hablar y quedar como que estás de acuerdo... por tanto, disertar para mi es complicado ...
    Al final quedo como más tonto de lo que ya quedaba claro que era, jaja
    ¡es que más tontos no podemos ser!

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    1. Bueno, yo creo que sí, que puede ser por eso, por quedar bien. Lo ideal es relajarse, ser natural. Todo lo demás queda muy forzado

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