Vivir es fácil con los ojos cerrados
Se me escapó antes de los Goya y
por poco me la pierdo después de que ganase unos cuantos, pero anoche conseguí
ver en un cine Vivir es fácil con los
ojos cerrados. Me han gustado casi todas las películas que he visto de
David Trueba, y también un par de novelas suyas: recuerdo haber recomendado con
mucho entusiasmo a los oyentes de Punto radio la espléndida Saber perder. Vivir es fácil con los ojos cerrados es una historia sencilla que
encierra mucho más de lo que parece. Yo nunca había oído hablar de ese profesor
de inglés que interpreta Javier Cámara, quijotesco y obstinado en su empeño
de hablar con John Lennon para pedirle que los Beatles incluyan las letras de
las canciones en sus próximos discos, pero su aventura junto a otros dos
solitarios desubicados arrastra una carga mucho más profunda que el propio hilo
conductor de la trama, esto es: la ilusión del encuentro con la estrella de Liverpool.
No es fácil escribir una historia
como ésta sin caer en el sentimentalismo. Supongo que rodarla tampoco. Además,
hacer cine en España, según dicen los del negocio, cada vez se asemeja más a un
acto heroico. Quizá la pobreza del desierto de Almería en los sesenta, los
parajes abandonados, el sol, el viento o los actores noveles que cumplen con
dignidad su papel en Vivir con los ojos cerrados
(el dueño del hostal, con ese acento complicado; la bestia de manos enormes que
recibe su merecido de un épico Javier Cámara al volante de su Seat 850)
sean también un reflejo de que para filmar una historia tan hermosa no hacen falta
decorados faraónicos ni efectos digitales: basta con un buen guionista, un buen
director y unos buenos actores. Y de eso andamos por aquí sobrados. Lástima que
al ver las cifras de recaudación de la mayoría de las películas españolas a uno
le den ganas de echarse a llorar. Lástima escuchar decir a gente con mucho poder
y escasa sensibilidad que el problema del cine español es que es muy malo.
Lástima que los números manden. Yo he disfrutado mucho con Gravity, por ejemplo, ya lo conté aquí. Y seguro que me río un
montón con Torrente 5. Y algún listo
saldrá a decir que ésas son las películas que la mayoría de la gente quiere
ver, las únicas que hay que hacer, vaya. A mí que no me metan en el saco, desde
luego: la emoción no entiende de efectos especiales, y de igual modo que un día
uno puede revolverse en la butaca de un cine mientras disfruta de la aventura
de dos astronautas perdidos en el espacio, otro día puede sonreír satisfecho
ante otra aventura no menos épica y puede que más profunda de un profesor calvo, gordo y con gafas, incapaz de arrojar la toalla sin antes haberle
pedido a John Lennon que en el próximo disco los Beatles incluyan las letras de
sus canciones para poder enseñar inglés a sus alumnos.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo
de 2014


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