Premio Max Aub (en diferido) I


Alguna vez lo he contado. Durante mucho tiempo fui un escritor clandestino. Sólo tres o cuatro personas muy queridas sabían de mi afición a juntar letras. Ya había ganado algunos premios y me habían publicado algunos cuentos en voluntariosas ediciones artesanales, pero ser escritor, que alguien me llamara escritor, se me antojaba demasiado grande. Se me sigue antojando.

Fue un lunes, a finales de mayo, a última hora de la mañana. Lo recuerdo perfectamente. Al otro lado de la línea, el director de la fundación Max Aub, circunspecto, me comunicaba mi condición de ganador del premio que convocaban. Ojos tristes, se llamaba aquel relato. Me hace ilusión que, quince años después de haberlo escrito, todavía algunos lectores me conozcan sólo por ese texto que había terminado seis meses antes de recibir aquella llamada del director de la fundación Max Aub. Antes de aquel día ya me habían hecho alguna entrevista, pero nunca había ido el fotógrafo de un periódico importante a mi casa para retratarme. Era raro, y lo sigue siendo: por una parte, el orgullo legítimo de haber ganado un premio importante; por otra, el pudor de que alguien me parase por la calle para felicitarme o decirme, sorprendido, que no se podía imaginar esa faceta mía.

Fui a recoger el premio justo un año después. Allí conocí a José Luis Borau y a Ignacio Soldevila, que ya no están, y a mi querido maestro José María Merino, con quien mantengo una entrañable amistad desde entonces. Ellos habían formado parte del jurado del premio al año siguiente de yo ganarlo. También formaron parte del jurado alguna vez Ana María Matute, Lourdes Ortiz, Augusto Roa Bastos o Mario Benedetti. Me acordaba de todo eso la otra mañana, mientras esperaba el cercanías en mi pueblo tomando notas para escribir esta entrada en el blog, justo trece años después de recoger el premio Max Aub en Segorbe, donde al día siguiente tendría que deliberar con Susana Fortes y Carlos Marzal sobre el cuento ganador de este año.
Pues sí. Seguro que lo habéis adivinado: catorce años después me llamaron para ser jurado del premio Max Aub. Una satisfacción íntima que se repetiría alguna vez durante el nuevo viaje a Segorbe. El orgullo pudoroso y discreto de haber cumplido un ciclo sin esperarlo.

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2014




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