Me gusta el fútbol


De niño apenas jugué al fútbol. No me gustaba o no me interesaba. Las dos cosas, seguramente. A lo mejor era porque el fútbol era lo único a lo que se jugaba en el recreo y la única actividad por la que te podía valorar el profesor de gimnasia, el tema de conversación preferido de muchos compañeros de clase. De un partido dependía el aprobado, el notable o el suspenso. El fútbol de cuando era niño lo recuerdo como una obligación. Ni entonces me gustaban ni ahora me gustan las imposiciones. Quizá por rebeldía infantil nunca tuve interés en aprender los nombres de los jugadores ni en recitar las alineaciones del Sevilla, del Betis, del Real Madrid o del Barcelona, ni me proporcionaba la menor emoción enterarme de quién había ganado la liga. Sólo recuerdo haberme interesado entonces por los mundiales, y el primero que consigo ubicar en mi memoria es el que se jugó en España en 1982. A partir de aquél ya los recuerdo todos.
De niño había ido algunas veces con mi padre al campo del Sevilla, y creo que pasaron más de veinte años hasta que volví a sentarme en la grada de un estadio. Tampoco he ido muchas veces, sobre todo por la aversión que siento hacia los lugares multitudinarios. Pero la cuestión es que de mayor es cuando he empezado a disfrutar del fútbol. Una afición tardía y quizá más desapasionada de lo que sería entendible. También rara, porque si les digo a mis amigos que soy del Sevilla pero me alegro mucho cuando gana el Betis y que, aunque en mi familia somos todos, o casi todos, del equipo de Nervión, siempre voy con el Betis cuando juega contra otro equipo que no sea el Sevilla, me miran extrañados y me dicen: normal, es que a ti nunca te ha gustado el fútbol... Allá ellos.
Hace un par de días lo pasé en grande viendo ganar al Madrid en Munich, y ayer, aunque no lo vi, me alegré mucho de la victoria del Atlético de Madrid en Londres, entre otras cosas porque nunca me han gustado los modales de Mourinho (a pesar del extraño desapasionamiento con que veo el fútbol, también tengo mis filias y mis fobias, qué le voy a hacer), y esta tarde no pienso romper la tradición de ver con mi padre el partido entre el Valencia y el Sevilla, a ver quién consigue el billete para la final de Turín.
Hace pocas semanas coincidí con Carlos Marzal en un encuentro literario, y empezamos a hablar de fútbol. No resulta tan raro en escritores, contra lo que algunos piensan. Los tópicos, ya sabéis. Carlos, del Valencia, mucho más entendido que yo en los asuntos balompédicos. Yo, del Sevilla. Y durante la cena me iba soplando el resultado del partido de los de Unay Émery con el Oporto, que había perdido en la ida 1-0, y el del Valencia, que debía remontar al Basilea un 3-0. Los dos pasaron la eliminatoria, y ahora se tienen que enfrentar. No dudo que Carlos Marzal estará esta noche frente a la tele o tal vez en Mestalla. Y yo, ya lo he dicho más arriba: no pienso romper la tradición de ver con mi padre un partido importante.
Quizá el fútbol tenga algo más de lo que yo nunca percibí cuando era un chaval.

Mayo de 2014

Comentarios

  1. Pues a mí me ha pasado lo contrario que a ti. De pequeño jugaba todos los días al futbol, ya fuera en el cole, con mis amigos en la calle o en el Polidemortivo, y poco depués en la videoconsola (Italia´90 se llamaba). Pero conforme pasaba la veintena y me aproximaba a la treintena el fútbol dejó de interesarme. Ya sólo veo algún partido si es realmente "importante"; dígase un mundial, una eurocopa, o una final de Champions si juega algún equipo español. Y de darles patadas a una esfera... pues irá ya para dos lustros. Atrás quedaron esos años en que me sabia la alineación del Barcelona, del Madrid, del Betis, del Sevlla, del Depor, etc.

    Antonio, Sanlúcar la Mayor.

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    1. Bueno, pero de algún modo te sigue interesando. Yo sólo veo, cuando los veo, los grandes partidos, como tú, y a veces lo paso bien. Un saludo,

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