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Mostrando entradas de julio, 2014

Lo verde empieza en los Pirineos

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Consternado ando desde ayer porque me he enterado de que sólo el dos por ciento de la francesas de menos de treinta y cinco años practica top less. Destetarse en la playa o en la piscina ha caído en desuso en nuestros vecinos del norte porque quedarse sin la parte de arriba ahora es un acto poco femenino y propio de mujeres con ganas de llamar la atención por una causa noble; porque supone una sumisión a los deseos masculinos ―los hombres, siempre tan ansiosos por mirar tetas...―; o porque con las cámaras integradas en los teléfonos y las redes sociales cualquiera que se ponga a dorarse al sol corre el riesgo de acabar siendo el objeto del deseo de algún pervertido en en Facebook o Twitter. Ya decía yo que esto de las cámaras en los teléfonos móviles y las redes sociales al final nos iban a cambiar la vida para peor... Con la crisis los españoles ahora viajan menos al extranjero, pero, bien mirado, no tiene por qué ser una desventaja, porque parece que de momento las mujeres de aquí no…

España en un post

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Mirar las estadísticas de las visitas de un blog puede ser un estudio sociológico bastante curioso. Cualquiera que administre una bitácora lo sabe. No es que Internet sea malo o bueno, como sostienen algunos. La Red no es más que un reflejo de la vida, un lugar donde se repiten los mismos comportamientos ―solidarios, mezquinos, voyeuristas, envidiosos, generosos...―, un espejo de lo que ocurre al otro lado del ordenador. No hay que asustarse más de lo que uno se debería asustar en el mundo real. Las estadísticas, decía. Lo que mueve a la mayoría de la gente se puede comprobar de una forma precisa en el número de visitas de cada entrada. No resulta extraño que cualquier post con la palabra sexo en el texto tenga más lectores que otro en el que cuentas lo que te gusta pasear por el campo en verano. Y tampoco es raro que una entrada en la quien firma esta reflexión muestra su perplejidad porque Telecinco dedique un programa entero en la hora de máxima audiencia a glosar la figura ejemplar…

El gran Bernie Gunther

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Aprovecho el verano para ponerme al día con lecturas atrasadas. Son tantos libros acumulados que sé de antemano que resultará imposible, pero no me rindo. Libros apilados que llevo queriendo leer o releer desde hace mucho pero la tarea absorbente de escribir mis propias novelas no me deja. Este verano no se me pasa sin volver a zambullirme en El vino de estío, del maestro Bradbury, continuar con ese delicioso descubrimiento que ha sido Benjamin Black, o incluso adentrarme en la Prehistoria ―siempre encuentro un pretexto estúpido para no hacerlo― de la mano de Jean M. Auel y El clan del oso cavernario. Leer es mucho más placentero que escribir, sobre todo leer por la pura emoción de perderte en las páginas un libro y dejar pasar el tiempo, por el afán incansable de aprender y cerrarlo con la ilusión de que a lo mejor ya no verás el mundo de la misma forma. Para escribir una novela necesito leer muchos libros que a veces resultan tediosos pero indispensables, pero cuando no estoy trabaj…

Los motivos de cada uno

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¿Por qué escribes? Es una pregunta que te formulan antes o después en las entrevistas, o los lectores. Siempre me acuerdo de aquello que dijo Javier Marías y lo perseguirá siempre, aunque tal vez lo soltara sin pensarlo demasiado: “Escribo para no tener jefe y para no tener que madrugar”. No está mal, pero no me sirve porque soy un jefe insoportable cuando se trata de mí mismo, no me permito un descanso, y suelo levantarme temprano. Aunque me sigue gustando esa respuesta, creo que la pregunta correcta, cuando uno lleva ya un par de décadas estrujándose la cabeza para inventarse historias, debería ser: ¿por qué sigues escribiendo? El trabajo literario tiene muy poco de glamuroso. La mayoría de la gente sólo ve el resultado: los libros en las mesas de novedades ―si tienen la suerte de llegar ahí―, las entrevistas ―si las hay―, la celebridad incierta y engañosa que procura el salir en la tele y tu foto en la solapa de una novela. Pero eso dura muy poco, y para llegar a eso hay que pasars…

Un país de freaks

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En mi familia la Pantoja era una institución. Hace muchos años mi madre y mi hermana dejaban cualquier cosa que estuvieran haciendo para verla cantar en la tele. Nunca lo entendí ni lo compartí. Tampoco era grave. Le pasaba ―le pasa― a más de uno. Algo bueno debe de tener la folclórica si a tanta gente le gusta. Yo siempre he sido bastante impermeable a todo lo que tiene que ver con las fiestas autóctonas andaluzas ―bueno, no sólo andaluzas, porque tampoco me interesan mucho los Sanfermines o la tomatina de Buñol―, y ya hace años que ni siquiera me molesto en dar explicaciones cuando alguien levanta las cejas, extrañado, si me pregunta por el Rocío y le digo que la peregrinación anual a la ermita almonteña me interesa más o menos lo mismo que la vida sexual de los caracoles, aunque, ahora que lo escribo, no sé nada sobre la vida sexual de los caracoles y tal vez sea apasionante. Habrá que investigar. Respeto a quien le guste la Pantoja, faltaría más, pero anoche me pongo a zapear y me…

El tango de la Guardia Vieja

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Hace veintiún veranos que descubrí a Arturo Pérez-Reverte. Como escritor, digo. Ya estaba acostumbrado a verlo en la tele, micrófono en mano en la primera guerra del golfo, y sabía que era el autor de una novela que había sido adaptada al cine, El maestro de esgrima. Lo vi en una entrevista hablar de El club Dumas, que acababa de publicar, y en las páginas de ese libro encontré algo diferente: era entretenido, mucho, estaba muy bien escrito, y además casi todo sucedía en España. He leído, creo, todo lo que ha publicado el maestro Pérez-Reverte ―lo de maestro no es gratuito ni peloteo, sino una manera de mostrar respeto― desde entonces, y también las dos novelas que precedieron a la que protagonizaba Lucas Corso, el cazador de libros: El maestro de esgrima y El húsar. Dos décadas después del primer libro de Pérez-Reverte que leí, no soy el mismo, claro. Supongo que él tampoco. Además, ahora escribo mis propias novelas, el colmillo se me ha retorcido irremediablente, y me cuesta leer la…

Vagones silenciosos

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Parece que por fin van a poner unos vagones en el AVE en los que se podrá viajar en silencio, sin timbres de teléfonos móviles que dejen al descubierto el mal gusto de quienes los usan ni conversaciones que no interesan al que viaja en el asiento de al lado o seis filas más allá, según lo elevado del tono. Yo ya había estado en algún vagón de estos, hace años, fuera de España, y me alegra que, aunque con retraso, esa posibilidad también la tengamos quienes frecuentamos el trayecto entre Sevilla y Madrid ―parece que es el primer trayecto donde se pondrá en funcionamiento, y luego se extenderá a los demás recorridos del tren de alta velocidad―. Pero no sé hasta qué punto será posible en un país donde el ruido parece ser un acervo cultural tan arraigado como el folclore, si al primero que le recuerde en el AVE a un viajero con un politono hortera que está viajando en un vagón silencioso  lo llamarán aguafiestas o intolerante. Más de uno debería detenerse a pensar lo tolerantes que son ―q…

El niño que no quería ser astronauta

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Entrevista / Andrés Pérez Domínguez El niño que no quería ser astronauta
Óscar Gómez / SEVILLA Al mismo tiempo que un hombre pisaba por primera vez la superficie de la Luna, otro hombre veía por primera vez la luz del mundo en Sevilla. Y no deja de tener gracia que, cuarenta y cinco años después, diga que sus padres “se habrían sorprendido menos si les hubiera dicho que quería ser astronauta”. La afirmación la hace Andrés Pérez Domínguez, que con cinco novelas publicadas, más de un centenar de premios literarios y varias decenas de miles de ejemplares de sus libros vendidos, aún siente pudor de decir públicamente que es escritor. “Cuando relleno un formulario en el que tengo que escribir mi profesión, todavía dudo”, confiesa el autor, que termina el último borrador de su próxima novela, con una trama policial ambientada en la actualidad, en Sevilla. Asegura que su actividad como escritor fue absolutamente clandestina durante mucho tiempo: “sólo mi familia y un par de amigos sabían que es…