El gran Bernie Gunther
Aprovecho el verano para ponerme al día con lecturas
atrasadas. Son tantos libros acumulados que sé de antemano que resultará
imposible, pero no me rindo. Libros apilados que llevo queriendo leer o releer
desde hace mucho pero la tarea absorbente de escribir mis propias novelas no me
deja. Este verano no se me pasa sin volver a zambullirme en El vino de estío,
del maestro Bradbury, continuar con ese delicioso descubrimiento que ha sido
Benjamin Black, o incluso adentrarme en la Prehistoria ―siempre encuentro un
pretexto estúpido para no hacerlo― de la mano de Jean M. Auel y El clan del
oso cavernario. Leer es mucho más placentero que escribir, sobre todo leer
por la pura emoción de perderte en las páginas un libro y dejar pasar el tiempo,
por el afán incansable de aprender y cerrarlo con la ilusión de que a lo mejor
ya no verás el mundo de la misma forma. Para escribir una novela necesito leer
muchos libros que a veces resultan tediosos pero indispensables, pero cuando no
estoy trabajando sólo leo por gusto, lo que apetece en cada momento. Hace
cuatro veranos llegué por la recomendación de mis queridos Óscar Oliveira y
Gregorio León a las novelas de Philip Kerr, las que tienen por protagonista al
inmenso Bernie Gunther, y esta misma tarde he terminado de zamparme la séptima
de la serie, Gris de campaña, inmediatamente después de la anterior, Si
los muertos no resucitan.
Tengo las dos siguientes aún sin leer en la
estantería ―Praga mortal y Un hombre sin aliento― y ahora tengo
que resistir para no sucumbir a la tentación de liquidarlas antes de que acabe
julio. Pasaré a otra cosa, releer a Bradbury, probablemente. Como
dijo una vez Fernando Savater, las lecturas deben de ser como las dietas: lo
más variadas posibles. Pero sobre todo me contendré porque he leído en alguna
parte a Philip Kerr afirmando que ya no le queda cuerda para muchas más
novelas de Bernie Gunther. Entiendo al novelista porque ya son nueve y estará
cansado. Pero los lectores lo vamos a sufrir. No sólo porque el cínico ex
detective berlinés que ha participado en las dos grandes guerras del siglo XX
sea el mejor compañero ―y a veces, y a pesar de todo, el mejor ejemplo a
seguir― cuando la vida se complica, sino porque a cualquiera que le interese
saber lo que pasaba por la cabeza de un alemán decente ―ser mujeriego y bebedor
eran pecados veniales en esos años― cuando su país se despeñaba hacia el
desastre debería leer las aventuras del gran Bernie Gunther. Berlín, Ucrania,
Praga, Polonia, Munich, Austria, París, Argentina, La Habana, desde finales de
los años 20 hasta ―al menos de momento― 1954. Ahí es nada.
Dicen que la cadena HBO ha comprado los derechos para
convertir las novelas de Bernie Gunther en una serie. Si al final se rueda y
tiene el éxito que se merece, el nombre de este buen detective ―bueno en un
sentido profesional pero también moral, según su creador― pasará a pertenecer a
millones de espectadores. Es lo que tiene la televisión. Pero los lectores lo
vimos primero.
© Andrés Pérez Domínguez, julio
de 2014



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