Un país de freaks
En mi familia la Pantoja era una institución. Hace muchos
años mi madre y mi hermana dejaban cualquier cosa que estuvieran haciendo para
verla cantar en la tele. Nunca lo entendí ni lo compartí. Tampoco era grave. Le
pasaba ―le pasa― a más de uno. Algo bueno debe de tener la folclórica si a
tanta gente le gusta. Yo siempre he sido bastante impermeable a todo lo que
tiene que ver con las fiestas autóctonas andaluzas ―bueno, no sólo andaluzas,
porque tampoco me interesan mucho los Sanfermines o la tomatina de Buñol―, y ya
hace años que ni siquiera me molesto en dar explicaciones cuando alguien
levanta las cejas, extrañado, si me pregunta por el Rocío y le digo que la
peregrinación anual a la ermita almonteña me interesa más o menos lo mismo que
la vida sexual de los caracoles, aunque, ahora que lo escribo, no sé nada sobre
la vida sexual de los caracoles y tal vez sea apasionante. Habrá que
investigar.
Respeto a quien le guste la Pantoja, faltaría más, pero
anoche me pongo a zapear y me encuentro con un programa donde una cámara sigue
las andanzas de Kiko Rivera, el hijo de la cantante. El Paquirrín de toda la
vida. No digo que no sea un buen chaval. Lo que me deja perplejo ―ni siquiera
me irrita, y eso me preocupa, en serio― es que unos cuantos periodistas se
pongan a debatir sesudamente ―es un decir: hoy me he levantado generoso― sobre su
figura, cual si fuera un premio Nobel o tuviera un talento artístico
incontestable. Kiko Rivera, que no parece que en su vida haya hecho otra cosa
más que beber cubatas y zamparse bocadillos, es otro de estos freaks que
tanto abundan en España, porque le gustan a la gente, eso es lo grave. Con
Belén Esteban sobran los comentarios, me parece; Rociíto y la Jesulina hicieron
sus pinitos en las pasarelas y en la tele, y el único mérito que les recuerdo,
por más que me esfuerzo, es ser hija de otra de esas folclóricas elevadas a los
altares y hermana de un torero. Cuánta gente con la cara dura que no ha dado en
su vida un palo al agua (que te paguen exclusivas por posar en la playa mostrando las lorzas o enseñar el careto en un programa para marujas en la tele
no es trabajar: que no me quieran dar gato por liebre). No tengo ni ganas de
escribir sus nombres aquí. Con cuatro ya es suficiente. Y cuánta gente se
apunta al carro de los debates televisivos para que la llama no se apague y
nunca deje de calentarlos. A todos. A los que viven del cuento y a los que
cobran por hablar de los que viven de cuento. Y cuánta gente aburrida debe de
haber en sus casas, gastando su vida empapándose de las andanzas de estos caraduras.
A veces pienso que nos podemos salvar. De verdad. Pero basta
un rato zapeando para darme cuenta de que tenemos lo que nos merecemos. Me
corrijo: basta un rato zapeando para darme cuenta de que todavía nos merecemos
más de lo que tenemos.
© Andrés Pérez Domínguez, julio
de 2014



Comentarios
Antonio, Sanlúcar la Mayor