Vagones silenciosos
Parece que por fin van a poner unos vagones en el AVE en
los que se podrá viajar en silencio, sin timbres de teléfonos móviles que dejen
al descubierto el mal gusto de quienes los usan ni conversaciones que no
interesan al que viaja en el asiento de al lado o seis filas más allá, según lo
elevado del tono. Yo ya había estado en algún vagón de estos, hace años, fuera
de España, y me alegra que, aunque con retraso, esa posibilidad también la
tengamos quienes frecuentamos el trayecto entre Sevilla y Madrid ―parece que es
el primer trayecto donde se pondrá en funcionamiento, y luego se extenderá a
los demás recorridos del tren de alta velocidad―. Pero no sé hasta qué punto
será posible en un país donde el ruido parece ser un acervo cultural tan
arraigado como el folclore, si al primero que le recuerde en el AVE a un
viajero con un politono hortera que está viajando en un vagón silencioso lo
llamarán aguafiestas o intolerante.
Más de uno debería detenerse a pensar lo tolerantes que
son ―que somos― quienes deseamos disfrutar del silencio y en verano tenemos que
estar en casa con las ventanas cerradas y el aire acondicionado por culpa de
las motos que circulan a escape libre o los perros cuyos dueños no los invitan
a compartir con ellos el interior de sus casas porque deben de estar sordos y
no oyen sus ladridos un día sí y otro también, a cualquier hora, a menudo de
madrugada.
Ganas van a dar muchas veces, si el experimento de los vagones
silenciosos funciona, de irse a vivir a un tren que viaje a toda velocidad, tal
vez la única forma posible de escapar del ruido.
©
Andrés Pérez Domínguez, julio de 2014


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