Un cuento chino


 
Ya no sé qué milonga nos quieren vender con la recuperación económica. Salvo contadísimas excepciones (incluidos banqueros y dueños de multinacionales, que viven en otro mundo, el suyo), el que más y el que menos lleva cinco o seis años haciendo juegos malabares para tapar agujeros y llegar a fin de mes, y si todavía alberga esperanza de recuperarse a medio plazo es por eso tan humano de creer, sin fundamento, que tal vez mañana las cosas irán mejor.
Escribo esta entrada muy cabreado, con el correo recién leído de un amigo periodista ―otro más― al que le han dicho que se busque la vida después de media vida dejándose las pestañas en la empresa, a una edad en la que es difícil reciclarse. Una edad en la que, después de haberse deslomado durante años, al menos debería avizorar la hora de la jubilación en el horizonte con la tranquilidad que se merece. ¿Pero qué hemos hecho mal?, se pregunta mucha gente que no ha especulado con el dinero de otros, no ha engañado a nadie, no ha vivido por encima de sus posibilidades, nunca ha gastado más de lo que ha ganado y se ha privado de tantas cosas para conseguir lo que tiene. Yo me hago esa pregunta también después de tantos años de sacrificios que ahora se antojan estériles. Nos hemos acostumbrado a vivir con la mitad, y luego con la mitad de la mitad, y así cada vez menos, hasta que el trozo de tarta que queda es demasiado pequeño.

Hoy andaba Rajoy contándole a los chinos las ventajas de invertir en España, ese país que por lo visto está llamado a ser el paradigma del buen hacer, el faro que iluminará en el futuro a los europeos, el lugar de la recuperación sin matices, hay que joderse, mientras el ministro Montoro tocaba las castañuelas en Madrid porque, según él, nos espera un espléndido 2015. Hay días en los que uno ha de fijarse bien en la programación cuando se dispone a ver el telediario porque, a poco que se descuide, puede pensar que han cambiado la hora de emisión de El club de la comedia.


© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2014


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