McEwan


 
Pasa diciembre tan rápido como todo lo que te rodea. Además de vértigo te afecta cierto desosiego porque no disfrutas cuanto quisieras de un mes que te gusta: empieza a hacer frío en el sur, por fin, y te encanta la sensación de hielo en las mejillas cuando sales a la calle muy temprano o por la noche. Han pasado casi dos semanas de diciembre y apenas has tenido tiempo de asomarte a ver las luces del centro. Siempre ocupado, trabajando en las últimas correcciones de una novela de la que estás orgulloso pero también se te antoja interminable. Muchos problemas por resolver, y no tienen nada que ver con la escritura, mientras la vida pasa al otro lado y los amigos y los libros, que a menudo se confunden, te esperan, o eso quieres creer. El mundo más allá de las paredes de tu estudio, amigos que hace mucho que no ves y libros que llevan meses, años, esperando en la balda cada vez más abigarrada de la estantería, donde colocas aquellos que quieres leer de verdad, esos que nadie te pide que abras o que has de zamparte para documentarte. Coges uno, al azar, porque la intuición o la experiencia te sugieren que ninguno de esos libros apartados en un rincón especial te defraudará. Pero no esperabas disfrutar tanto. Ya habías leído a McEwan, pero cuando cierras las páginas de la novela del escritor inglés sientes algo que debe de ser lo mismo que te sacude cuando te toca un premio en la lotería. Te duele la muñeca de subrayar frases que te llaman la atención. Muy bueno, tanto que a veces resulta irritante. No te queda más remedio que reconocer a uno tan grande que no necesita demostrarlo. Y te preguntas si resulta oportuno que a ti también te llamen escritor sin que te embargue una incómoda sensación de bochorno.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2014

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