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Mostrando entradas de 2015

Qué grande es Spielberg

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Una de las preguntas que los periodistas o los lectores acostumbran a formularte cuando te ganas los garbanzos pergeñando historias es cuáles son los elementos que debe tener una novela para llegar a la gente. Eso es imposible saberlo, respondo (si hubiera una respuesta todos los libros serían best sellers), pero yo creo que una novela ha de apoyarse en tres pilares: estar bien escrita, una cuestión moral sobre la que reflexionar y ser entretenida. Parece fácil, ¿verdad? Pues no: conseguirlo resulta mucho más complicado de lo que parece y tal vez esté al alcance de sólo unos pocos. El cine que me gusta ha de contener básicamente lo mismo: una buena historia, algo sobre lo que reflexionar y, si es posible, entretenimiento. Además de buenas interpretaciones, fotografía, música, y todos los aderezos que se le puedan añadir, por supuesto. Desde hace muchos años, pocos directores me obligan a revolverme en la butaca como Steven Spielberg: Tiburón, La lista de Schindler, Minority report, Mún…

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

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Queridos amigos y queridas amigas, seguidores y seguidoras de las redes sociales, del blog, lectores y lectoras de mis libros, padre y madre, hermana (no estoy discriminando, disculpadme, pero sólo tengo una hermana), sobrino y sobrina, cuñado y cuñada (si es que la tengo y no lo sé), tíos y tías, primos hermanos y primas hermanas, primos segundos y primas segundas, compañeros escritores y compañeras escritoras, escritores que me caen bien y escritoras que me caen bien, escritores que no me caen tan bien y escritoras que no me caen tan bien, ex novias (lo siento, pero aquí no puedo poner el masculino por más que me empeñe), compañeros y compañeras de tatami, editores y editoras que publican mis libros, correctores y correctoras que arreglan mis errores, jefes de prensa y jefas de prensa de las editoriales que se dejan las pestañas para promocionar las novelas que escribo, periodistas y periodistos que dedican su tiempo a leer mi trabajo y a entrevistarme, comerciales y comercialas de …

Nueva novela

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Queridos, una gran noticia que ya es oficial: Alianza publicará en la primavera de 2016 mi nueva novela, una historia ambientada en la Sevilla actual en la que he estado trabajando los últimos dos años, protagonizada por un inspector de Homicidios, un personaje honesto pero con un punto de oscuridad y de tormento, como me gusta crearlos, o es que quizá los protagonistas me suelen salir así... Lo más fácil sería calificarla como una novela negra, o policíaca, pero mentiría si lo hiciera. Quiero creer que en mis libros importa tanto la aventura interior que viven los personajes como lo que sucede en la historia. Y las etiquetas, en mi opinión, al final lo único que hacen es poner límites a la creación literaria. Algunos ya sabéis que digo siempre que sólo hay tres tipos de novelas: buenas, malas y regulares. O, como le escuché una vez decir a Juan Madrid, sólo hay dos tipos de libros: los que se venden solos y los que no se venden. El título me gusta mucho, pero lo desvelaré más adelante…

La Teoría de la Relatividad

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Se cumplen estos días cien años de la formulación de la Teoría General de la Relatividad, pero uno tiene la sensación de que los postulados de Albert Einstein apenas son entendidos por unos cuantos expertos. Se les notaba a los presentadores de los magazines radiofónicos esta semana cuando algún físico entraba en directo para ilustrar a los oyentes sobre las aportaciones de Einstein a comodidades varias de nuestro día a día (la célula fotoeléctrica, el gps...). Hace justo diez años sucedió lo mismo. Entonces se cumplieron cien años de la formulación de la Teoría Especial de la Relatividad (sí, hay dos Teorías de la Relatividad…), pero al que esto escribe le contaron sus amigos físicos que, de las dos, la pata negra era la segunda, la que celebramos ahora, la que pone sobre la mesa la curvatura del espacio y el peso, hablando en plata, de la luz.  A finales de 2005, también, el que esto escribe andaba zampándose todo lo que se publicaba sobre Albert Einstein y acorralando a sus amigos c…

La operación Mincemeat

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El Centro Andaluz de las Letras está realizando un esfuerzo notable este año para contar la relación, casi siempre desconocida y a menudo curiosa, entre la Segunda Guerra Mundial y el sur de España. Hace no mucho tuve la suerte de participar en una tertulia sobre este fascinante asunto en la biblioteca Infanta Elena, en Sevilla, y, puesto que una novela mía, La clave Pinner, tiene como arranque la célebre operación Mincemeat, los responsables del Centro Andaluz de las Letras me han pedido que participe en un acto en Huelva y otro en Málaga las próximas semanas. 

La operaciónMincemeat (carne picada), consistió en abandonar el cuerpo de un falso aviador de la RAF frente a las costas onubenses, en la primavera de 1943, para engañar a los alemanes sobre el futuro desembarco aliado en el Mediterráneo. Una maniobra tan determinante para el futuro de la guerra mereció una película, El hombre que nunca existió, en 1956. Un servidor será el encargado de presentarla y participar en un coloquio c…

Rusia

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Nunca vuelves de un viaje siendo la misma persona. Malo sería que te sucediera lo contrario. Viajar es la mejor forma que encuentras siempre de explicar la Teoría de la Relatividad: el tiempo se concentra en unos pocos días, y al volver has de contenerte antes de abrir la boca y preguntar absurdamente a los demás si todo sigue igual, como si en apenas una semana la vida hubiera podido cambiar tanto para los que se quedan. Eres tú quien ha regresado con una libreta repleta de notas y cientos de ideas burbujeando en la cabeza para esa novela que estás escribiendo y que ya sabes que no será la misma que habrías finiquitado sin recorrerte un continente desde el sur hasta el norte. 
Apenas llevas unas horas de vuelta y la pregunta que más te han hecho es si prefieres Moscú o San Petersburgo. Difícil elección. Cuando vas dejando un rastro de baba ante la interminable sucesión de palacios entiendes, a pesar de la subjetividad de la cuestión, por qué has oído tantas veces que San Petersburgo (…

Bond, James Bond

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No he leído ninguna de las novelas que escribió Ian Fleming, pero he visto casi todas las películas de James Bond. Tal vez el cinéfilo que llevo dentro sea capaz de disfrutar con otros estímulos con los que el lector de colmillo retorcido arruga la nariz. Suena un poco cursi, ya lo sé, o elitista. Así que dejémonos de tonterías: me gustan mucho las películas del 007 porque tienen lo que uno espera de ellas (a menudo más), y si tengo un hueco antes de emprender un largo viaje, me sentaré en un cine a ver Spectre. Solo o acompañado. Tanto da. La anterior, Skyfall, que también dirigió San Mendes, a mi cinéfilo entender, con ese punto de oscuridad que se amplifica de forma trágica en la parte final, es una de las mejores películas del agente secreto británico. Daniel Craig ha dicho que ésta habrá sido la última vez que vestirá el traje del 007, y ya se apuntan los nombres de Idris Elba, Tom Hardy o Henry Cavill. Un Bond negro (Elba) sería una apuesta original y moderna, ¿por qué no?; a To…

Diez días que estremecieron al mundo

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Tengo una costumbre que a muchos les cuesta entender: compro libros y a menudo reposan en la estantería durante años, cambian de casa conmigo y acaban colocados en otros muebles, junto a nuevos compañeros que ya he leído o esperan su turno. La experiencia me ha enseñado que no es un mal hábito, y tampoco nocivo, salvo para el bolsillo y la espalda después de cargar con ellos en tantas mudanzas. Con el tiempo he terminado pensando que un motor invisible, tal vez lo que llamamos instinto, me señala ciertos libros que debo adquirir porque alguna vez, sin que yo lo sepa todavía, necesitaré leerlos. La experiencia me ha enseñado también que los libros, cada vez más, igual que la ropa, pasan de moda o no se venden lo que algunos editores y libreros impacientes quieren y, salvo unos pocos escogidos por la fortuna, enseguida son retirados para ser sustituidos en las mesas de novedades por otros que, con toda probabilidad, correrán la misma suerte nefasta. En 2004, con La clave Pinner recién p…

Demasiadas series

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Hace unas pocas horas, en la gala de entrega de los premios Emmy se emitió un skecth que ilustra de una forma muy ajustada lo que me pasa desde hace bastante tiempo: en la breve pieza, el cómico Andy Samberg termina sintiéndose aislado en una cena porque todos sus amigos hablan de series que no ha visto y para presentar los Emmy ha de encerrarse durante un año y verlas todas. Leo que sólo en Estados Unidos se están preparando más de cuatrocientas series y no sé si me puede la pereza o un empacho anticipado. Hace poco más de una década contaba los días para que emitieran los dos episodios semanales de El ala oesteen la 2, lo pasé en grande con la primera emisión deHermanos de sangre(dos episodios semanales también) en AXN, y terminé enganchado irremediablemente a la trama inverosímil pero hipnótica de Perdidos; también disfruté con las dos o tres primeras temporadas de Héroes, un verano caí rendido ante la sutileza narrativa deMad men y otro me conquistó la ambigüedad de los personajes…

Negra y Criminal

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Me presentaron a Paco Camarasa hace diez veranos, en su puesto de libros de la Semana Negra de Gijón. Me sorprendió que supiera quién era yo y que conociera La clave Pinner, pero yo nunca había hablado con el librero ni estaba al tanto de sus conocimientos enciclopédicos sobre literatura negrocriminal, un género al que mi novela no pertenecía, por más que los organizadores del sarao asturiano hubieran tenido la amabilidad de invitarme. Me gustó la camiseta que llevaba con el nombre de su librería y le pregunté cómo podría conseguir una. Paco me dijo que las camisetas no estaban en venta. Si la quieres, me explicó, tienes que venir un día a la librería y hacerte una foto. Como la prisa no es un palabra que defina mi existencia, aún tardé casi cuatro años y dos novelas más en recalar en el singular enclave de la Barceloneta (el barrio ya ha salido en dos novelas mías: en El silencio de tu nombre y en otra que se publicará en 2016, supongo). Paco cumplió su palabra: me dejé retratar por …

El payaso Trump

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Los sesudos analistas políticos sostienen que el primero en saber que nunca llegará a ser presidente de los Estados Unidos es el propio Donald Trump, sobre todo si, como parece, la rival demócrata será Hillary Clinton. Los más optimistas están seguros de que ni siquiera alcanzará el premio menor de la nominación repúblicana. Yo tampoco creo que Donald Trump vaya a ser siquiera el candidato republicano, pero tengo mis dudas sobre si cada mañana al mirarse al espejo no sonríe prematuramente mientras se afana en dominar su pajiza cabellera bravía y descuenta otro día más para sentarse en el despacho oval.
Negar que Donald Trump es un hombre de éxito, esa suerte de self made mantan admirado en Estados Unidos, sería tan estúpido como admirar los exquisitos modales que gastan él, sus escoltas y algunos de sus seguidores más fieles cuando un periodista de origen mexicano le formula una pregunta incómoda (en España no estamos acostumbrados, pero a menudo la obligación de un periodista es hace…

Reinhard Spitzy, el nazi decente

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(Este texto fue un encargo de una revista en el otoño de 2012, cuando se publicó El silencio de tu nombre. Nunca llegó a publicarse y lo he encontrado haciendo limpieza en mis archivos. Los lectores de El silencio de tu nombrereconocerán enseguida qué personaje de la novela está inspirado en este fascinante agente secreto alemán)

“Sólo me reuniré con un nazi decente”. Ésas fueron las palabras que Allen Dulles, el hombre que llegaría a ser director de la CIA, espetaría a Max Hohenlohe, príncipe austriaco y representante en España de la empresa Skoda, cuando en febrero de 1943 estaba a punto de celebrarse en Suiza una reunión ultrasecreta entre espías aliados y alemanes para negociar una paz imposible. Pero Hohenlohe tenía al hombre adecuado. Protegido del almirante Canaris, jefe de la Abwehr, y de Walter Schellenberg, el hombre al mando de la sección extranjera delSD, y de Joachim von Ribbentropp, el jefe de la diplomacia de Hitler, Reinhard Spitzy (1912-2010) fue uno de los esp…

El doctor Zhivago

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Durante los últimos dos años, mientras escribía una novela que espero puedan disfrutar los lectores en 2016, me he zampado unos cuantos libros sobre la Revolución de Octubre, la guerra civil y el exilio ruso, para otra historia que estoy preparando, de la que ya tengo escritas unas doscientas cincuenta páginas. Aún tardaré en terminarla. No hay prisa. Además de la documentación, uno de los motivos que me ha empujado a meterme entre pecho y espalda las 747 páginas de El doctor Zhivagofue enterarme el año pasado del interés que se tomó la CIA en traducir la novela al ruso para introducirla clandestinamente en la Unión Soviética. Una de las reflexiones de la novela es la afirmación del individuo, el médico que da título al libro, frente a lo colectivo: lo contrario que propugnaban las consignas soviéticas. La propia historia de la publicación de El doctor Zhivago merecería una novela, incluso una película de intriga. El autor, ninguneado en su país, le entrega el manuscrito a un comunist…

600.000

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Esta bitácora lleva siete años abierta. He contado alguna vez que el motivo de la existencia del blog fue a primeros de 2008, cuando se me ocurrió que no sería mala idea disponer de un espacio para colgar las entrevistas y las reseñas que fueran saliendo sobre El factor Einstein, que acababa de publicarse. No tenía ni idea de cómo se podía fabricar una bitácora virtual, pero enseguida me di cuenta de que no resultaba complicado, y poco a poco se convirtió en una suerte de cajón de sastre donde acabaron recalando los artículos antiguos que había escrito durante años para Onda Cero y El Correo de Andalucía, y los que se emitían entonces en la desaparecida Punto Radio, en la sección que mi querido Cristóbal Cervantes bautizó como La separata, bautizando, sin saberlo, este lugar virtual. Yo no tenía cuenta en Facebook ni en Twitter, pero no importaba porque muchos lectores dedicaban unos minutos a visitar mi blog cada vez que colgaba un post. Con el tiempo, era imprescindible colgar la en…

James Salter

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Abundan en los periódicos estos días los panegíricos sobre el escritor norteamericano James Salter, y se me antoja con menos tristeza que resignación que al gran público su nombre no le suena de nada. No sin cierta malevolencia me atrevo a pensar que más de uno habrá leído su nombre por descuido, aunque tenga cierto dominio de la lengua inglesa, de una forma castellanizada, como el del famoso jugador del Real Madrid. Unas pocas líneas más arriba he escrito “gran público”, y cabría preguntarse si calzar ese concepto en la misma frase en la que se mencione a un escritor no será sino una descomunal contradicción. Pero eso daría para otro post.
De su fallecimiento me enteré ayer, al leer sendos artículos del escritor Eduardo Lago y de Sigrid Kraus, su editora en Salamandra, en El País. Me quedo con una frase de su editora: “...era un hombre modesto, que prefería hacer preguntas a hablar de sí mismo, lo que tal vez fuera un rasgo que hizo más difícil su reconocimiento en un mundo donde l…

Dejad que los niños se acerquen a mí

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Será porque pienso que aún tiene toda la vida por delante para que le sonría la suerte, todavía más que la tristeza de un niño me conmueve la de un anciano. Mi abuela es igual que una niña con muchas arrugas en la cara, me dijo una amiga hace muchos años. Creo que tenía razón: al cabo, las personas mayores y los críos no son tan diferentes en su fragilidad, en los tiernos ramalazos caprichosos y los brotes de alegría sinceros. En una sociedad donde los niños se me antojan saturados de estresantes actividades extraescolares y muchos abuelos acaban arrinconados en geriátricos, alegra encontrar una iniciativa, no sé si novedosa pero sin duda acertada, en la que una guardería se ha instalado dentro de una residencia de ancianos, un espacio en el que los chiquillos pueden estar jugando todo el rato con personas que les sacan siete u ocho décadas, y a las que sin saberlo les alegran el día. En Seattle están de enhorabuena. La idea es tan sencilla que debería extenderse como un virus por t…

¿La edad media?

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La otra noche me fui a cenar con mi sobrina. Dieciocho años, guapa como ella sola y con una inevitable y envidiable curiosidad por entender los mecanismos extraños que regulan las relaciones entre las personas, por saber dónde está el libro de instrucciones del mundo que todos nos pasamos la vida buscando sin llegar a encontrarlo. El camarero, que me ha servido otras veces la cena cuando me acompañaba alguna amiga, me regaló una sonrisa cómplice, que ahora erraba el tiro. 
No se la devolví.
No recuerdo por qué, pero terminamos hablando de las generaciones. De la suya, de la mía, de la de mis padres. Me contó que un profesor le explicó que sus abuelos habían vivido tiempos duros pero en general habían conseguido salir adelante y tener una cuota de felicidad aceptable, mientras que a su generación probablemente le sucederá lo contrario porque están acostumbrados a vivir muy bien desde que nacieron y quizá por eso, y por lo complicado del futuro, difícilmente llegarán a sentirse satisfecho…

Un post caduco

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Me gustaría que este post caducase antes de publicarlo, que incluso antes de terminar de escribirlo una de las noticias destacadas de hoy fuera la dimisión de Guillermo Zapata, el concejal de Cultura del ayuntamiento de Madrid. O tal vez que la recién elegida alcaldesa no se demorase ni un segundo más en cesarlo. Esto no tiene que ver con los colores. Hay cosas que no merecen ni un segundo de debate. No se pueden hacer chistes sobre el Holocausto, Marta del Castillo o Irene Villa y luego ocupar un cargo político. A Guillermo Zapata y a Pablo Soto, el otro concejal que hace tiempo también se despachó a gusto en Twitter, algunos los quieren disculpar por su juventud, pero ¿acaso no han sido la juventud y las ganas de romper con lo anterior unos de los principales activos de la campaña electoral?; ellos arguyen tontamente que cuando desbarraron en las redes sociales no se dedicaban a la política. Y eso qué importa. Muestra una forma de ser, un talante, una actitud, una preocupante ligere…

El escritor tranquilo

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Ahora que ha ganado el Premio Princesa de Asturias de las Letras quedaría muy bien decir que soy un lector habitual de Leonardo Padura, pero no es verdad. Del cubano hasta ahora sólo he leído la espléndida El hombre que amaba a los perros, que mi querido Gregorio León me recomendó con insistencia hace tiempo. Al Gregorio León real, que no se diferencia mucho del Gregorio León que habita en las páginas de El silencio de tu nombre, le debo varios descubrimientos felices (Phillip Kerr, John Banville), así que pronto caerán las novelas de Leonardo Padura protagonizadas por el detective Mario Conde sobre las que Gregorio tanto me insiste. Conocí al escritor cubano en la Semana Negra de Gijón, hace justo diez años, y con paciencia y amabilidad me dio algunas indicaciones para mi inminente viaje a La Habana. Lo recuerdo siempre en camiseta, pantalón corto, chanclas, la barba canosa y la piel morena. Estos días están saliendo en la prensa muchas fotos de Leonardo Padura, y a menudo se deja re…

Vuelta al cole

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Aunque es verdad que siento más aprecio por mi perro que por muchas personas, no voy a caer en el momento tonto de usar el mismo rasero si de animales y de personas se trata, pero esta mañana me ha venido a la memoria cuando mi madre me llevó al colegio por primera vez, hace cuarenta y dos años. Entonces no había guarderías y muchas mujeres no trabajaban fuera de casa, así que, a mis cuatro años, era la primera vez que me iba a encontrar con un puñado de mocosos a los que no había visto nunca y adivinaba hostiles, y con una profesora que quizá no tendría motivos para mostrarse cariñosa conmigo. Un mundo desconocido para un pequeñajo, vaya, lejos de sus tebeos y de sus juguetes, donde tampoco podría comer lo que me gustaba. Ahora lo recuerdo con cariño, como todo el mundo, y una sonrisa me amuebla la cara mientras lo escribo, pero tampoco soy capaz de olvidar las náuseas que me provocaban las granadas y las peras (hay que comérselo todo, me ordenaban, y lo cierto es que son dos frutas …

Relatos salvajes

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Ayer tuve una charla interesante con una editora. Entre otras muchas cosas hablamos de los cuentos. Qué pena, decíamos los dos, que en un país como éste, donde el nivel de muchos de los que escriben en distancia corta es más que notable, la mayoría de los lectores consideren a la narrativa breve un género menor. Lástima que el interés de muchos lectores se centre antes en el número de páginas de un libro que en la historia que cuente o en cómo está escrito. No es raro que al publicar una novela breve o un libro de cuentos un lector habitual te pare por la calle y en tono condescendiente te apremie a escribir pronto “una novela de las gordas”. Le decía a la editora que uno de los hándicaps a los que ha de enfrentarse un libro de cuentos cuando se trata de captar la atención de un lector poco habituado a la narrativa breve es el pequeño esfuerzo de cambiar de historia y de personajes cada pocas páginas. Ella, que sabe bien de qué va esto, asentía al otro lado de la línea, y como ejem…

Un mundo perfecto

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En un mundo perfecto debería haber una ley que prohibiera acercarse a los racistas borrachos a la Puerta del Sol o a cualquier espacio público. En un mundo perfecto tal vez existiera esa ley y además la policía se encargaría de hacerla cumplir a rajatabla. En un mundo perfecto la gente no se asustaría al ver a zoquetes uniformados con camisetas negras serigrafiadas con insignias de las Waffen SS, o luciendo músculos o lorzas y tatuajes de gusto dudoso en el torso mientras beben cerveza en la calle desnudos. No los dejarían entrar en el metro, amedrentando con sus cánticos y su falta de modales a todo el que ha tenido la mala suerte de cruzarse con ellos y no le queda más remedio que apretar los dientes y mirar para otro lado, con los dedos cruzados para que no se fijen en él. En un mundo perfecto, en lugar de a un hombre que sale del metro aterrado, la bestia borracha le daría una un manotazo y una patada a la persona equivocada, alguna que yo me sé, y se le quitarían las ganas de m…