Dossier de prensa
Os dejo esta entrevista que ha encargado la editorial Alianza para el dossier de prensa de Los perros siempre ladran al anochecer. Echadle un vistazo, si os apetece, pues en ella se cuentan algunas claves de la novela
Los perros siempre ladran al
anochecer (entrevista)
“Estoy convencido de que la
principal razón por la que alguien dedica su tiempo a leer ficción es para
disfrutar. A mí me gustan las novelas que cuentan historias, los libros en los
que pasan cosas, los que me emocionan y al terminar de leerlos me falta tiempo
para recomendarlos. No puedo sino intentar transmitir a mis lectores el mismo
entusiasmo.”
Andrés Pérez Domínguez
"Ésta no es una historia de fantasmas. Una historia
de terror, de las que dan tanto miedo cuando las ves en el cine y oyes a los
espectadores gritar o tal vez reírse para espantar el miedo. Pero no. Ojalá
fuera así. Por desgracia, la nuestra, la de Clara y la mía, es una historia
real y no de fantasmas."
Nueva novela en las librerías, un
par de años, más o menos, después de la última. ¿Lleva usted una carrera medida
hasta el punto de controlar la cadencia de las publicaciones o es casualidad?
No, qué va. Es casualidad. Pero
escribir es mi trabajo, mi modo de vida, vaya, así que, si no sucede nada raro,
lo normal es que antes o después alumbre una nueva obra. Pero puede ser dos
años después de la última, o tres, o cuatro. Eso no me lo planteo. Escribo y ya
está.
Con Los perros siempre ladran
al anochecer parece haber dado un giro a su carrera. Lo digo por varios
motivos: es una novela más corta que otras suyas, está narrada en primera
persona y sucede en la época actual.
No estoy muy seguro de eso. Me
refiero a lo del “giro a su carrera”.
Se trata de una novela breve, es cierto, de apenas 170 páginas. Pero novelas
mías como El síndrome de Mowgli también estaban narradas en primera
persona y suceden en la época actual. Y muchos de mis cuentos también. Lo que
sucede es que como escritor necesito cambiar de registro, hacer cosas
diferentes o ir un poco más allá. Si no, este oficio termina convirtiéndose en
una rutina, lo que significa aburrimiento. Para mí y para mis lectores.
¿Y no cree que eso implica cierto
riesgo?
Es posible, pero también el riesgo
es lo que no permite que aparezcan la rutina y el aburrimiento. Verá, yo
considero que en este oficio, y en la vida, hay que asumir riesgos de vez en
cuando. Lo más fácil para mí, hace una década, habría sido escribir la segunda
parte de La clave Pinner (es lo que me pedían entonces los editores: los
que me habían publicado esa novela y los que se pusieron en contacto con mi
agente para interesarse por lo que estaba escribiendo), pero entonces a lo
mejor no habría escrito novelas como El síndrome de Mowgli o El factor Einstein, de las que me siento orgulloso y me hicieron crecer como
escritor. Lo mismo sucedió hace cinco años con El violinista de Mauthausen:
lo fácil hubiera sido hacer otra novela igual, pero yo quería ir más allá y escribí
El silencio de tu nombre. No quiere decir que algún día no escriba la
segunda parte de una novela mía, pero será cuando me apetezca, si es que me
apetece. Además, escribir una novela corta es un reto importante: resulta mucho
más complicado de lo que puede parecer.
¿Por qué?
Es complicado porque tienes que
manejar con especial firmeza recursos como la precisión y la sugerencia. Eso
resulta estimulante para un creador. Le diré también que la novela corta es uno
de mis formatos favoritos, porque participa de la intensidad del cuento (un
género del que soy devoto) y al mismo tiempo te permite un desarrollo adecuado
de la trama y de los personajes.
Ha dicho usted que novelas como Los
perros siempre ladran al anochecer son una parte de su obra que podrían
incluirse en la cara B de un vinilo.
Sí, pero no hay
ninguna intención peyorativa en esa afirmación, sino todo lo contrario.
Cualquiera que haya conocido los discos de vinilo recordará que tenían dos
caras: en la cara A estaban las canciones más comerciales, y en la cara B las más
interesantes. Y a menudo las canciones de la cara B daban la sorpresa y
obtenían el cariño del público y duraban para siempre. Me he dado cuenta de que
con las historias que escribo sucede algo parecido: si pudieran encerrarse en
un vinilo, algunas encajarían mejor en la cara A y otras, sin duda, en la cara
B. Los perros siempre ladran al anochecer pertenece, sin duda, a la cara
B. Pero, si le digo la verdad, esa clasificación correspondería más a los
editores, a los libreros, y puede que a los lectores. Para mí no hay
diferencia: quiero creer que en mis novelas con vocación de best seller hay una
innegociable voluntad literaria y que en mis novelas más literarias hay una
evidente intención lúdica. Cualquier cosa menos aburrir al lector.
¿Debemos entender
que Los perros siempre ladran al anochecer es una historia de esas que
el lector no puede dejar hasta llegar al final?
Es lo que me
gustaría. Lo importante para mí es que el lector no pueda dejar de pasar las
páginas hasta llegar al final y que al mismo tiempo sienta un poco de pena
porque se acabe el libro. Una de las peculiaridades de Los perros siempre
ladran al anochecer es que se puede leer de un tirón, en una tarde.
Usted a
acostumbra a revelar el chispazo que lo empujó a escribir sus novelas. Es
interesante, pues no siempre los escritores dejan ver esa parte de su trabajo.
Recuerdo que, por ejemplo, la historia de El violinista de Mauthausen surgió
después de que viera en el metro de Viena a una pareja bailar un vals sin
música... ¿Cuál fue el detonante que le llevó a escribir Los perros siempre
ladran al anochecer?
Hace quince o
dieciséis años escuché a una mujer contar en un programa de radio que su marido
y ella se habían tenido que mudar del edificio donde vivían porque empezó a circular
un rumor terrible sobre su pasado y los vecinos empezaron a hacerles la vida
imposible. Se trataba de algo muy duro, tan horrible que le temblaba la voz al
contarlo y no podía evitar las lágrimas. Tomé unas notas y las dejé en la
carpeta donde guardo los apuntes de las historias que nunca sé si llegaré a
escribir. El caso es que ésta no dejaba de volver a mi cabeza de cuando en
cuando, hasta que tuve que ponerme manos a la obra. No dejaba de preguntarme
cuánto habría de verdad en lo que aquella mujer contaba, si ella y su marido
eran inocentes, como sostenía, o si mentía y eran los vecinos los que decían la
verdad. También me interesaba explorar literariamente el mecanismo del rumor,
tan rápido, tan extraño, un reguero de pólvora imparable cuando se trata de un
secreto terrible.
Inquietante,
parece.
Desde luego. La
novela tiene mucho de suspense psicológico, de turbadora. O eso espero. El
propio título, Los perros siempre ladran al anochecer, encierra una
metáfora inquietante.
¿Nos la puede
avanzar?
Lo siento. Si lo
hiciera desvelaría algo fundamental de la trama. Dejemos que los lectores de Los
perros siempre ladran al anochecer lo descubran por sí mismos.

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