La cara B


Mañana sale a la venta Los perros siempre ladran al anochecer. Por fin. El matiz no es un adorno, sino el resoplido al llegar a la meta después de haber sudado la camiseta, la satisfacción impagable de no haberte rendido. En diciembre hizo siete años que concluí esta novela, en octubre cinco que resultó ganadora de la primera edición de un premio que el huracán de las crisis o la desidia de los organizadores se llevaron por delante. Entonces andaba metido en los últimos coletazos de la promoción de El violinista de Mauthausen y arremangado hasta los codos en la escritura de El silencio de tu nombre, conque encontrar una editorial adecuada para Los perros siempre ladran al anochecer no era una prioridad, y la experiencia me ha enseñado que, cuando mis libros no están armados con una trama de espías desencantados y una intriga sostenida a ser posible durante quinientas páginas ―y vaya por delante que soy el primer defensor de novelas con espías desencantados e intriga sostenida durante quinientas páginas―, mi agente frunce el ceño y los editores que me publican habitualmente me empiezan a dar largas hasta aburrirme (bueno, ya veremos, ahora no es un buen momento...) o me dicen que no, sin paños calientes (este libro nos va a costar mucho venderlo, no encaja en nuestra línea, ¿por qué no escribes otro como La clave Pinner?, ése sí estaríamos encantados de publicártelo). Pero la cuestión es que, para bien o para mal, soy muy cabezota, y hace muchos años, cuando tiré por la calle de en medio y escogí dedicarme a jugar a imaginemos, tenía claro que, además de la obligación de vender libros, también tenía el deber íntimo de escribir de lo que me apeteciera. Sobre todo, como escritor necesito cambiar de registro, hacer cosas diferentes.
Siempre que hablo de esto me acuerdo de los discos de vinilo, aquellos que tenían dos caras: en la cara A estaban las canciones más comerciales, y en la cara B las más interesantes. Y a menudo las canciones de la cara B daban la sorpresa y obtenían el cariño del público y duraban para siempre. Me he dado cuenta de que con las historias que escribo sucede algo parecido: si pudieran encerrarse en un vinilo, algunas encajarían mejor en la cara A y otras, sin duda, en la cara B. Los perros siempre ladran al anochecer iría, sin duda, en la cara B.
La pasada primavera me llamó Valeria Ciompi, la editora de Alianza, para decirme que estaría encantada de publicar la novela en su colección de bolsillo. Creo que no me alegraba tanto por una noticia así desde hace once años, cuando mi agente me escribió para comunicarme una oferta interesante por La clave Pinner, que ahora que lo pienso, también podría ir en la cara B del vinilo. En realidad, para mí no hay diferencia: quiero creer que en mis novelas con vocación de best seller hay una innegociable voluntad literaria y que en mis novelas más literarias hay una evidente intención lúdica. Cualquier cosa menos aburrir al lector. Lo importante para un servidor es que el lector no pueda dejar de pasar las páginas hasta llegar al final y que al mismo tiempo sienta un poco de pena porque se acabe el libro.
Mucha gente me ha preguntado estas últimas semanas de qué va Los perros siempre ladran al anochecer. La idea surgió de una historia que escuché contar a una mujer en un programa de radio hace catorce o quince años: ella y su marido se habían tenido que mudar de donde vivían porque empezó a circular un rumor terrible sobre ellos y los vecinos empezaron a hacerles la vida imposible. Tomé unas notas que mucho tiempo después seguían entre mis papeles, persiguiéndome. Pasa a menudo, y tiene algo de magia: algunas historias tiran de ti o te recuerdan que están ahí hasta que no te queda más remedio que escribirlas.
No puedo contar más sin desvelar la trama o la metáfora inquietante agazapada detrás del título, pero sí puedo copiaros lo que pone en la contracubierta de Los perros siempre ladran al anochecer: “Clara y Jorge acaban de mudarse a una urbanización de las afueras porque la convivencia con los vecinos del edificio donde vivían era insoportable. Esperan que ahora todo sea diferente, pero arrastran un secreto oscuro del que no pueden librarse y, aunque sus nuevos vecinos los acogen con entusiasmo, pronto descubrirán cosas terribles de su pasado que abrirán una grieta insalvable entre ellos. Es un relato de suspense que se lee de un tirón y que al mismo tiempo arroja luz sobre la condición humana, las dudas que lastran la existencia y la dificultad de enterrar el ayer para empezar de nuevo”.
Pues eso. El que quiera leerla, ya puede hacerse una idea.


© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2015




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