Francisco González Ledesma
Se ha muerto Francisco
González Ledesma y albergo la triste pero me temo que también certera
sospecha de que poca gente sabía quién era. En España se lee poco, así
que no tiene por qué resultar sorprendente que más allá del gremio literario
y de los lectores del finado el nombre de un tipo que ha escrito más de cuatrocientas
novelas del Oeste y policíacas no resulte familiar. Si acaso, a los
lectores más viejos que compraban novelas baratas en los quioscos les
dirá algo el nombre de Silver Kane, el exótico pseudónimo con que el escritor
catalán firmó casi todas esas obras.
Viajo a Barcelona
con frecuencia, pero nunca conocí en persona a Francisco González Ledesma
a pesar de que acostumbraba a pasarse los sábados a probar el vino y los mejillones
en la librería Negra y criminal, ese templo que los amantes de la
novela policíaca del pintoresco barrio de la Barceloneta. Pero yo padezco una manía congénita que me empuja a escaquearme de la mayoría de los actos a los que me invitan, tiendo a rehuir de los saraos donde se juntan escritores y no puedo evitar sentirme ridículo si me hacen una foto junto a los que saben de verdad de qué va este oficio.
Quienes trataron a González Ledesma me hablaron muy bien de él. Me gusta mucho la foto que ilustraba ayer
en El País un recorrido por su larga vida y su prolífica
obra, a veces secuestrada por la censura: el novelista encorvado
frente a una máquina de escribir, en la penumbra de su despacho; los muebles
antiguos, las fotos en blanco y negro enmarcadas y algún diploma,
sumergido en su mundo mientras la vida pasa al otro lado de esa cortina arremangada
de mala manera por la que se cuela la luz.
Escribir no tiene
nada que ver con la fama, ni con las entrevistas en la tele o firmar
autógrafos. El oficio de escritor no es sino esta foto de Francisco
González Ledesma: encerrarte a teclear cada día, luchar para acomodar las
palabras en una frase, y luego otra, y otra más, por pura obstinación quizá,
hasta conseguir terminar una novela, y luego vuelta a empezar.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo
de 2015

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