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Mostrando entradas de junio, 2015

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Esta bitácora lleva siete años abierta. He contado alguna vez que el motivo de la existencia del blog fue a primeros de 2008, cuando se me ocurrió que no sería mala idea disponer de un espacio para colgar las entrevistas y las reseñas que fueran saliendo sobre El factor Einstein, que acababa de publicarse. No tenía ni idea de cómo se podía fabricar una bitácora virtual, pero enseguida me di cuenta de que no resultaba complicado, y poco a poco se convirtió en una suerte de cajón de sastre donde acabaron recalando los artículos antiguos que había escrito durante años para Onda Cero y El Correo de Andalucía, y los que se emitían entonces en la desaparecida Punto Radio, en la sección que mi querido Cristóbal Cervantes bautizó como La separata, bautizando, sin saberlo, este lugar virtual. Yo no tenía cuenta en Facebook ni en Twitter, pero no importaba porque muchos lectores dedicaban unos minutos a visitar mi blog cada vez que colgaba un post. Con el tiempo, era imprescindible colgar la en…

James Salter

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Abundan en los periódicos estos días los panegíricos sobre el escritor norteamericano James Salter, y se me antoja con menos tristeza que resignación que al gran público su nombre no le suena de nada. No sin cierta malevolencia me atrevo a pensar que más de uno habrá leído su nombre por descuido, aunque tenga cierto dominio de la lengua inglesa, de una forma castellanizada, como el del famoso jugador del Real Madrid. Unas pocas líneas más arriba he escrito “gran público”, y cabría preguntarse si calzar ese concepto en la misma frase en la que se mencione a un escritor no será sino una descomunal contradicción. Pero eso daría para otro post.
De su fallecimiento me enteré ayer, al leer sendos artículos del escritor Eduardo Lago y de Sigrid Kraus, su editora en Salamandra, en El País. Me quedo con una frase de su editora: “...era un hombre modesto, que prefería hacer preguntas a hablar de sí mismo, lo que tal vez fuera un rasgo que hizo más difícil su reconocimiento en un mundo donde l…

Dejad que los niños se acerquen a mí

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Será porque pienso que aún tiene toda la vida por delante para que le sonría la suerte, todavía más que la tristeza de un niño me conmueve la de un anciano. Mi abuela es igual que una niña con muchas arrugas en la cara, me dijo una amiga hace muchos años. Creo que tenía razón: al cabo, las personas mayores y los críos no son tan diferentes en su fragilidad, en los tiernos ramalazos caprichosos y los brotes de alegría sinceros. En una sociedad donde los niños se me antojan saturados de estresantes actividades extraescolares y muchos abuelos acaban arrinconados en geriátricos, alegra encontrar una iniciativa, no sé si novedosa pero sin duda acertada, en la que una guardería se ha instalado dentro de una residencia de ancianos, un espacio en el que los chiquillos pueden estar jugando todo el rato con personas que les sacan siete u ocho décadas, y a las que sin saberlo les alegran el día. En Seattle están de enhorabuena. La idea es tan sencilla que debería extenderse como un virus por t…

¿La edad media?

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La otra noche me fui a cenar con mi sobrina. Dieciocho años, guapa como ella sola y con una inevitable y envidiable curiosidad por entender los mecanismos extraños que regulan las relaciones entre las personas, por saber dónde está el libro de instrucciones del mundo que todos nos pasamos la vida buscando sin llegar a encontrarlo. El camarero, que me ha servido otras veces la cena cuando me acompañaba alguna amiga, me regaló una sonrisa cómplice, que ahora erraba el tiro. 
No se la devolví.
No recuerdo por qué, pero terminamos hablando de las generaciones. De la suya, de la mía, de la de mis padres. Me contó que un profesor le explicó que sus abuelos habían vivido tiempos duros pero en general habían conseguido salir adelante y tener una cuota de felicidad aceptable, mientras que a su generación probablemente le sucederá lo contrario porque están acostumbrados a vivir muy bien desde que nacieron y quizá por eso, y por lo complicado del futuro, difícilmente llegarán a sentirse satisfecho…

Un post caduco

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Me gustaría que este post caducase antes de publicarlo, que incluso antes de terminar de escribirlo una de las noticias destacadas de hoy fuera la dimisión de Guillermo Zapata, el concejal de Cultura del ayuntamiento de Madrid. O tal vez que la recién elegida alcaldesa no se demorase ni un segundo más en cesarlo. Esto no tiene que ver con los colores. Hay cosas que no merecen ni un segundo de debate. No se pueden hacer chistes sobre el Holocausto, Marta del Castillo o Irene Villa y luego ocupar un cargo político. A Guillermo Zapata y a Pablo Soto, el otro concejal que hace tiempo también se despachó a gusto en Twitter, algunos los quieren disculpar por su juventud, pero ¿acaso no han sido la juventud y las ganas de romper con lo anterior unos de los principales activos de la campaña electoral?; ellos arguyen tontamente que cuando desbarraron en las redes sociales no se dedicaban a la política. Y eso qué importa. Muestra una forma de ser, un talante, una actitud, una preocupante ligere…

El escritor tranquilo

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Ahora que ha ganado el Premio Princesa de Asturias de las Letras quedaría muy bien decir que soy un lector habitual de Leonardo Padura, pero no es verdad. Del cubano hasta ahora sólo he leído la espléndida El hombre que amaba a los perros, que mi querido Gregorio León me recomendó con insistencia hace tiempo. Al Gregorio León real, que no se diferencia mucho del Gregorio León que habita en las páginas de El silencio de tu nombre, le debo varios descubrimientos felices (Phillip Kerr, John Banville), así que pronto caerán las novelas de Leonardo Padura protagonizadas por el detective Mario Conde sobre las que Gregorio tanto me insiste. Conocí al escritor cubano en la Semana Negra de Gijón, hace justo diez años, y con paciencia y amabilidad me dio algunas indicaciones para mi inminente viaje a La Habana. Lo recuerdo siempre en camiseta, pantalón corto, chanclas, la barba canosa y la piel morena. Estos días están saliendo en la prensa muchas fotos de Leonardo Padura, y a menudo se deja re…

Vuelta al cole

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Aunque es verdad que siento más aprecio por mi perro que por muchas personas, no voy a caer en el momento tonto de usar el mismo rasero si de animales y de personas se trata, pero esta mañana me ha venido a la memoria cuando mi madre me llevó al colegio por primera vez, hace cuarenta y dos años. Entonces no había guarderías y muchas mujeres no trabajaban fuera de casa, así que, a mis cuatro años, era la primera vez que me iba a encontrar con un puñado de mocosos a los que no había visto nunca y adivinaba hostiles, y con una profesora que quizá no tendría motivos para mostrarse cariñosa conmigo. Un mundo desconocido para un pequeñajo, vaya, lejos de sus tebeos y de sus juguetes, donde tampoco podría comer lo que me gustaba. Ahora lo recuerdo con cariño, como todo el mundo, y una sonrisa me amuebla la cara mientras lo escribo, pero tampoco soy capaz de olvidar las náuseas que me provocaban las granadas y las peras (hay que comérselo todo, me ordenaban, y lo cierto es que son dos frutas …

Relatos salvajes

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Ayer tuve una charla interesante con una editora. Entre otras muchas cosas hablamos de los cuentos. Qué pena, decíamos los dos, que en un país como éste, donde el nivel de muchos de los que escriben en distancia corta es más que notable, la mayoría de los lectores consideren a la narrativa breve un género menor. Lástima que el interés de muchos lectores se centre antes en el número de páginas de un libro que en la historia que cuente o en cómo está escrito. No es raro que al publicar una novela breve o un libro de cuentos un lector habitual te pare por la calle y en tono condescendiente te apremie a escribir pronto “una novela de las gordas”. Le decía a la editora que uno de los hándicaps a los que ha de enfrentarse un libro de cuentos cuando se trata de captar la atención de un lector poco habituado a la narrativa breve es el pequeño esfuerzo de cambiar de historia y de personajes cada pocas páginas. Ella, que sabe bien de qué va esto, asentía al otro lado de la línea, y como ejem…