Dejad que los niños se acerquen a mí
Será
porque pienso que aún tiene toda la vida por delante para que le sonría la
suerte, todavía más que la tristeza de un niño me conmueve la de un anciano. Mi
abuela es igual que una niña con muchas arrugas en la cara, me dijo una amiga
hace muchos años. Creo que tenía razón: al cabo, las personas mayores y los
críos no son tan diferentes en su fragilidad, en los tiernos ramalazos
caprichosos y los brotes de alegría sinceros. En una sociedad donde los niños
se me antojan saturados de estresantes actividades extraescolares y muchos
abuelos acaban arrinconados en geriátricos, alegra encontrar una iniciativa, no
sé si novedosa pero sin duda acertada, en la que una guardería se ha instalado
dentro de una residencia de ancianos, un espacio en el que los chiquillos
pueden estar jugando todo el rato con personas que les sacan siete u ocho
décadas, y a las que sin saberlo les alegran el día.
En Seattle están de
enhorabuena. La idea es tan sencilla que debería extenderse como un virus por
todos sitios. Como en una curiosa simetría, muy cerca de donde vivo hay dos
guarderías y dos geriátricos. En la primeras, el murmullo alborozado de
pajarería de los chiquillos al salir al patio; en los segundos, el silencio
triste de los ancianos mirando el corto horizonte desde la silla de ruedas. Qué
bueno sería que los cuatro edificios no fueran sino uno, que al menos durante
un rato al día la vida fuera la misma fiesta para los que acaban de llegar y
para los que están a punto de marcharse.
© Andrés Pérez Domínguez, junio
de 2015
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