James Salter
De su fallecimiento
me enteré ayer, al leer sendos artículos del escritor Eduardo Lago y de Sigrid
Kraus, su editora en Salamandra, en El País. Me quedo con una frase de
su editora: “...era un hombre modesto,
que prefería hacer preguntas a hablar de sí mismo, lo que tal vez fuera un
rasgo que hizo más difícil su reconocimiento en un mundo donde lamentablemente
cada vez hay que hacer más ruido para ser valorado”.
Hace unos días dije algo parecido cuando le
concedieron a Leonardo Padura el Princesa de Asturias, premio al que James
Salter también optó el año pasado y terminó ganando otro espléndido novelista:
el irlandés John Banville. Antes que a los que hacen tanto ruido innecesario en
la redes sociales, prefiero a los escritores que escriben. Y esto no es una
redundancia descuidada, es una declaración de intenciones. Observo con cierto
alipori la manera en la que muchos colegas tratan de buscar lectores
en Internet: encendiendo polémicas, llamando la atención de alguien más famoso
con la esperanza de que le devuelva el dardo y tal vez más seguidores,
solicitando amistad en Facebook a cualquier lector potencial o bloguero al que
hacer la pelota... De alguna manera, todos los escritores de la era 2.0 estamos
sometidos a una sobreexposición que a menudo resulta poco saludable, pero, aunque
parezca antipático, y el otro día se lo comentaba a una bloguera que había
reseñado alguna novela mía, estoy convencido de que el escritor ha de marcar
una distancia prudente entre sus lectores y él, y sobre todo entre él y quienes
reseñan sus obras.
James Salter sólo
había escrito seis novelas y dos colecciones de relatos a lo largo de su vida,
lo que la mayoría de los escritores de ahora se mataría por publicar en una
década. Yo mismo he publicado seis novelas y un libro de cuentos en los últimos
diez años, sin contar otra novela que se publicará en 2016 y una recopilación
de cuentos aún inédita, pero cada vez estoy más convencido de la conveniencia
de publicar menos, de publicar más despacio, sin prisas; el mundo no se va a
terminar porque tardes un año más ―o dos, o tres― en publicar un nuevo libro.
Muchas veces me
pregunto si hubiera nacido unas pocas décadas antes qué tipo de escritor sería.
© Andrés Pérez Domínguez, junio
de 2015

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