Negra y Criminal
Como la prisa no es un palabra
que defina mi existencia, aún tardé casi cuatro años y dos novelas más en
recalar en el singular enclave de la Barceloneta (el barrio ya ha salido
en dos novelas mías: en El silencio de tu nombre y en otra que se
publicará en 2016, supongo). Paco cumplió su palabra: me dejé retratar por Montse en la puerta de la librería, y la camiseta de Negra y Criminal es el único
trofeo que guardo doblado en una balda del armario. Luego he coincidido con el
librero otras veces, en persona y por escrito, y puedo afirmar que no resulta
sencillo encontrar en este mundillo a un tipo tan amable y generoso como él.
La estadística siniestra arroja
la cifra de dos librerías que echan el cerrojo cada día en España, pero te tira
de espaldas que también le haya llegado el turno a Negra y Criminal. Lo
triste, cuenta el librero, es que ahora que la novela negra está más de moda
que nunca (mi próxima novela será una novela policíaca, o lo más parecido a eso que yo soy capaz de escribir), ellos, que tanto han contribuido a
popularizar el género (organizando eventos, recomendando libros a los lectores,
promocionando a los escritores) es cuando menos venden y ya no les salen las
cuentas. El cierre de Negra y Criminal es un mazazo de este final de verano.
Pero tal vez no inesperado. ¿Qué queremos? Todo lo que tiene que ver con la
escritura resulta muy atractivo: escribir (pero sólo para algunos, tampoco nos
engañemos: a muchos escritores o aspirantes a serlo lo que les gusta es ver su
nombre impreso en la cubierta de un libro para presumir; escribirlo es otra
cosa), asistir a presentaciones, ser invitado a bolos, hacerse fotos con el
autor, que te regalen el libro para reseñarlo si eres crítico, bloguero o
periodista (¿cuántos libros envían las editoriales para ni siquera ser
abiertos?). Cualquier cosa menos ir a una librería y rascarse el bolsillo. De la piratería mejor no hablamos.
Así que ahora no vale lamentarse por el cierre de Negra y Criminal.
Los lectores, y yo me incluyo,
tenemos lo que nos merecemos.
© Andrés Pérez Domínguez,
septiembre de 2015

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